diciembre 08, 2011

Moreira y el “feuderalismo”

Alfonso Zárate Flores (@alfonsozarate)
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC
El Universal

Yo por eso no soy rico, por ser despilfarrador. Chava Flores, “La Bartola”

Lo que ocurrió en Coahuila durante el mandato de Humberto Moreira —el ejercicio de un poder sin límites, el nepotismo, la contratación de montos excesivos de deuda mediante la falsificación de documentos— no es una excepción. Son muchos los estados de la república en los que, a partir de la alternancia en la Presidencia, se erigieron cacicazgos sin el menor escrúpulo ni el menor contrapeso.

Una larga tradición autoritaria suele convertir jefes en amos. Transmutados en dueños y señores, sus órdenes no se discuten, se acatan, aunque esto signifique quebrantar la ley, poner en práctica disparates o faltar a elementales reglas éticas. La lealtad —cemento que cohesiona a los grupos políticos— deviene en complicidad, de allí el comportamiento irresponsable de legisladores que aprueban sin chistar la cuenta pública de los gobernadores (en ocasiones, para encubrir verdaderos atracos).

Quienes ocupan el vértice en las pirámides del poder hacen lo que les viene en gana porque no enfrentan el escrutinio en los espacios que fueron diseñados para controlar los excesos: el Congreso, el Poder Judicial, los organismos de transparencia y de defensa de los derechos humanos, significativamente. Por eso los gobernantes pueden distraer, sin recato alguno, cuantiosos recursos para la generación de clientelas, la operación político-electoral o la promoción de su imagen.

Miles de millones de pesos de los contribuyentes se despilfarran con la aquiescencia de las oligarquías locales y de muchos ciudadanos porque, aunque roban, “salpican”: otorgan contratos de obra pública a través de asignaciones directas o concursos simulados, autorizan concesiones de negocios lucrativos, entregan notarías públicas como “pago de marcha” para amigos, aliados y funcionarios cercanos... Así, de cada administración, como dijera Emilio Portes Gil, salen “camaladas de millonarios”.

Al grito de “el de atrás paga”, la mayoría de los gobernadores, sin distingo de partido, han endeudado a sus entidades y no existe una correlación entre el tamaño de la deuda y la obra pública, el crecimiento en los índices de desarrollo humano, la competitividad o la disminución de los delitos. En Nuevo León, con Natividad González Parás, la deuda se incrementó en más de 18 mil millones; en Veracruz, con Fidel Herrera Beltrán, creció en 17 mil 971 millones de pesos; en Jalisco, con Emilio González, aumentó 13 mil 588 millones; en el DF, con Andrés Manuel López Obrador, creció en 14 mil 809 millones…

En ese contexto, resulta alentador el surgimiento de iniciativas ciudadanas como México Evalúa, el Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Criminalidad y varios más que analizan los desempeños y denuncian los abusos del poder. En la academia, el CIDE ha desarrollado proyectos para evaluar el ejercicio de instituciones relevantes: los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, el IFE y el TEPJF. Ahora, el Centro ha puesto en marcha el portal México Estatal (www.mexicoestatal.cide.edu), una contribución relevante a la rendición de cuentas de los gobiernos estatales: datos como los altísimos niveles de dependencia de las transferencias y aportaciones federales (82% en promedio), el porcentaje de sus ingresos que destinan a “servicios personales” (20%) y muchas variables más (establecen mil 300) constituyen una sólida base de información para evaluar la calidad del desempeño de los gobiernos e inhibir los abusos de gobernantes que gastan sin ton ni son, se han vuelto adictos al gasto y no han hecho nada para mejorar la recaudación. En Oaxaca y Guerrero, por ejemplo, las haciendas estatales apenas recaudan 3.4% de sus ingresos totales; en Tabasco, 3.3%. Otras entidades apenas recaudan 5% de sus ingresos.



Posdata

1) Las piezas se acomodan en el PRI. El día de hoy Pedro Joaquín Coldwell será designado por el Consejo Político presidente del Comité Ejecutivo Nacional. Sólo que, como ha ocurrido en el pasado, en tiempos de campaña electoral la presidencia será testimonial; el partido se manejará desde otro espacio, el que ocupe el hombre de Peña Nieto: el coordinador general de la campaña (¿Miguel Osorio Chong, Luis Videgaray?).

2) Una sola pregunta: si no se hubieran descubierto los expedientes “negros” de Moreira y Enrique Peña Nieto llegara a la Presidencia, ¿el profesor coahuilense habría sido su secretario de Educación Pública?

De tapados y destapes

José Woldenberg
Reforma

Los mayores de esta aldea de seguro lo recuerdan. El momento estelar de los procesos electorales era el del destape y el juego más socorrido era el del tapado.

El destape sucedía un buen día en el que "los sectores" le anunciaban a la sociedad quién sería el candidato del Partido y por ello, sin duda, presidente de la República. En ese momento se develaba el nombre del Elegido y tras el nombre la cauda de virtudes que lo acompañaban. A nadie le quedaba ni la menor duda que el destapado ocuparía la titularidad del Poder Ejecutivo. Luego de ese día cargado de fuegos artificiales, declaraciones de adhesión y fiesta y matracas y serpentinas, seguía un proceso electoral rutinario, insípido, en el cual el ganador y los perdedores estaban absolutamente predeterminados. El script se seguía de una manera rigurosa y las sorpresas eran escasas, quizá nulas. El momento para ir a las urnas solo certificaba lo que ya todos sabíamos: el Presidente había sido designado con varios meses de anticipación, para tranquilidad de eso que a falta de mejor nombre llamamos sociedad.

El juego del tapado era el acompañamiento previo al destape. En los meses anteriores se desataba una especulación sin límites. En los medios, las escuelas o las cantinas, un tema recorría las conversaciones: quién sería el preferido del Presidente, quién sería favorecido por el dedazo. Se multiplicaban sesudas especulaciones, se leían signos indescifrables de la misma forma en que los astrólogos interpretan los horóscopos, se cruzaban apuestas, se hacían retratos hablados. Pero los precandidatos (si así se les pudiera llamar) se mantenían inescrutables, inmóviles, a la espera de lo que decidiera el Gran y Único Elector. "El que se mueve no sale", sentenció en alguna ocasión Fidel Velázquez, y en efecto, si bien se daban algunos golpes por debajo de la mesa, una calma chicha debía acompañar el comportamiento de los presuntos "competidores". Surgía una red de lectores de los códigos ocultos de la sucesión: que si en un discurso el Presidente había dicho... que si en una gira el Voto Que Cuenta había sentado a su lado a fulanito de X... que si la mujer del primo del hermano del sobrino había escuchado a una persona allegada decir que mandaran a hacer las pancartas con el nombre de... Total: opacidad y capricho. Cero competencia y absoluta certeza.

El destape y los tapados funcionaban porque había un Elector Privilegiado, el Presidente, el Destapador. Se trataba de la cúspide del poder político, del árbitro de los poderes constitucionales y fácticos. El Representante Verdadero de la Nación. Su voluntad, que no dejaba de hacer una serie de consultas, se manifestaba en el dedazo, el acto a través del cual era señalado el afortunado sobre el que recaería el privilegio y la responsabilidad de "conducir los destinos de México". Era un traslado de la estafeta que luego se formalizaba siguiendo al pie de la letra el ritual consagrado por la Constitución.

Era un país ordenado, vertical, con pretensiones de unanimidad, cohesión total, mando único. Y por fuera de la liturgia oficial, según el discurso hegemónico, solo había resentidos, incompetentes, fuerzas antinacionales, reaccionarios e incapaces.

Suena como si aquello hubiese sido un sainete, una obra chusca, una caricatura. Pero era una fórmula de trasmisión del poder que se apoyaba en varias construcciones: a) un partido hegemónico, b) una Presidencia con poderes constitucionales y metaconstitucionales (como los llamó Jorge Carpizo), situada por encima de los otros poderes, c) la inexistencia de opciones partidistas competitivas y d) unas normas y unas instituciones electorales fundidas con el aparato estatal.

Pues bien, todo eso desapareció entre 1977 y 1997 y las elecciones que están en curso en nada se parecen a las de nuestro pasado inmediato. Los tapados son piezas de museo, el dedazo voló por los aires y con él el momento estelar del destape.

Vamos a unas elecciones con partidos más o menos equilibrados, contamos con una Presidencia acotada por los otros poderes constitucionales y no se diga por los fácticos, y con normas e instituciones en la materia que están a años luz de las que funcionaron durante las largas décadas de un sistema no competitivo. Los humores públicos han demostrado ser cambiantes, las formaciones políticas tienen diversos grados de implantación a lo largo y ancho de la República, y uno puede apostar desde ahora que no habrá partido político que se lleve el "carro completo". Cierto que las encuestas hoy perfilan a un ganador, pero faltan más de seis meses para los comicios y en ese tiempo muchas cosas pueden suceder: desde los resbalones declarativos hasta los dos debates que por ley se llevarán a cabo, desde las campañas negativas hasta la formación de grandes constelaciones formales e informales en apoyo a los diversos candidatos.

Total que lo bueno de las elecciones que están en curso es que son eso: elecciones. Por lo menos en comparación a lo que teníamos apenas ayer.

Peña se despeña

Juan José Rodríguez Prats
Excélsior

A los hombres se les engaña
por unos días, a la historia
por unos años
pero los pueblos tarde
o temprano conocen
la verdad.


Benjamín Franklin.

Los productos artificialmente creados por la publicidad, al ser expuestos a la opinión pública sin sus habituales escudos protectores, suelen desinflarse. Adlai Stevenson, un gran político estadunidense, en los tempranos años 50 del siglo pasado, ya advertía del peligro de la mercadotecnia: "Hemos llegado a la peor degradación de la democracia: vender candidatos como cereales para el desayuno".

Enrique Peña Nieto, sin ningún escrúpulo y con actos anticipados de campaña prohibidos por la ley electoral y utilizando cuantiosos recursos del presupuesto del Estado de México, logró una gran penetración en la opinión pública y generó simpatías. Ciertamente ha pesado su atractivo personal, pero es notoria su pobreza discursiva y su problema para hilar algunas ideas sin recurrir a las tarjetas preparadas por sus asesores. Hoy afloran algunos problemas difíciles de vencer rumbo a la elección de 2012.

Peña tuvo la audacia de presentar el librito, que seguramente le hicieron, en la Feria Internacional del Libro, evento cultural de enorme relevancia mundial. México, la gran esperanza es una obra llena de lugares comunes y sin ninguna reflexión política de fondo. Fue una actitud atrevida, inconsciente e irrespetuosa utilizar esa tribuna para atraer los reflectores de la FIL. Grave error, en el pecado llevó la penitencia. Según Carlos Navarrete, Lázaro Cárdenas decía: "El hombre no llega hasta donde le dan sus capacidades, sino hasta donde se lo permiten sus limitaciones". Si Peña Nieto pretende seguir engañando con entrevistas a modo y con guiones preestablecidos, tendrá una tortuosa campaña y vivirá afligido esperando que llegue el uno de julio.

Peña fue cómplice y protector de Arturo Montiel, quien, ante amenazas de sus propios compañeros de partido de hacer públicos sus negocios, se vio obligado a declinar en la precampaña presidencial priista de 2006. En su libro, Peña Nieto alude a la corrupción en cuatro ocasiones. En la página 35 señala: "Durante los múltiples gobiernos del PRI se cometieron inaceptables actos de corrupción"; en la 53, como si descubriera el agua tibia, afirma: "Una democracia de resultados exige niveles de transparencia y rendición de cuentas veraces y oportunos."; en la 55, dice: "El gobierno debe poner el ejemplo y ser el principal promotor de prácticas que inhiban la corrupción". Por último, en la 172, otra vez al grito de ¡Eureka!, insiste: "Sólo con rendición de cuentas y transparencia del gasto lograremos fortalecer la moral de pago y la confianza de los contribuyentes". El problema más grave de México es la corrupción, eso es evidente. Por eso es lamentable que quien aspira a dirigir los destinos de esta nación no pueda decir: soy un hombre honesto y por eso quiero ser presidente.

La cultura de un político es tema recurrente desde las formas más embrionarias del Estado y son muchos los pensadores que han exigido sabiduría al hombre en el poder. Jesús Reyes Heroles hizo un ensayo de gran relevancia para refutar a José Ortega y Gasset, quien señalaba que no podía haber un hombre preocupado y ocupado a la vez. Esto es, un intelectual que ejerza el poder. Don Jesús lo rebatía señalando ambas profesiones como no compatibles, pero sí complementarias. Sugería un mínimo de preparación y de ideas claras de quien quiera ser político. Se refería también a la Historia como la maestra de la política.

No recuerdo a ningún gran líder sin una preparación profunda y sólida que le permitiera ser elocuente y convincente. En este caso, el PRI se deslumbró con las encuestas. En grave encrucijada se encuentra este partido: su candidato, único registrado ante la sumisión de todos sus correligionarios, cada vez se despeña más.

El nuevo gran animal que opina

Héctor Aguilar Camín (@aguilarcamin)
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Todo cuesta y cuesta caro en el universo de la opinión pública mexicana. Aquí, el que no cae resbala y el que no resbala es porque aprendió de la caída anterior.

El PRI ha perdido nada menos que a su presidente en una batalla opinatoria de pocos meses. Y el candidato del PRI ha mostrado lo fácil que es despeñarse por una pregunta inesperada.

Los adversarios que hacen cuentas alegres con estas caídas de sus adversarios tampoco salen bien librados. Acumulan sus propias pifias y los esperan adelante futuros y antiguos errores que la memoria social activará cuando haga falta.

La función apenas empieza.

Está en la naturaleza de la nueva opinión pública, en particular por su geométrica expansión en las redes sociales, desafiar y reducir famas políticas, llamar a cuentas, celebrar errores, improvisar burlas e improperios.

A mayor notoriedad del pifioso, mayor la tarifa de paso. No hay ya tal cosa como una celebridad sin chiflidos. La unanimidad y la etiqueta desaparecen en el rumor ácido y rápido, incesante, ubicuo, del animal que opina.

Atento, proteico, divertido, enfurruñado, inteligentísimo animal.

¿Nueva opinión pública mexicana? Es probable. Y si no nueva, al menos de una novedosa intensidad, compatible con la propagación malthusiana de sus instrumentos, no controlados por nadie, soberanías mediáticas de cada quién.

Se trata de un animal difícil de convencer o de engañar. Mira desde todas partes y es imposible satisfacerlo, porque pide cosas tan distintas como la misma sociedad donde vive: una diversidad sin llenadero.

Que lo digan si no los presidentes de México que reciben todos los días el baño ácido de agraviados, ironistas, adversarios y malquerientes. Y que lo digan las celebridades y los líderes, los antiguos conductores de pueblos y famas.

El animal que opina es más libre, diverso e impredecible que nunca. Más inteligente y más zafio a la vez, reticente con sus acuerdos y deslenguado con sus desacuerdos.

Es el fruto más acabado de nuestra democracia. Y es horizontal. Impone sus temas efervescentes y compensa su mal humor, su frecuente mala leche, con una diversidad a toda prueba y una libertad que no tiene entre nosotros más antecedente que la diatriba del diario íntimo, destinado antes a la posteridad, hoy al momento.

Nuestra intimidad es pública, nuestra molestia se siente con derecho a molestar, el corazón de cada quien aspira a ser la plaza pública de todos.