enero 06, 2012

Diferencia de siglos

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

El día de ayer apareció una nota en la prensa internacional diciendo que en 2011 las ventas de música digital superaron por primera vez a las ventas de música “física,” por decirlo de alguna manera. Hace ocho meses ocurrió algo similar en la venta de libros, pero nada más para el portal Amazon. No encontré datos para el año completo, pero todavía falta un rato para que la venta de libros electrónicos supere a los impresos. Un rato que no creo que sea mayor a dos años. Con diferente avance, pero con la misma tendencia, los videos a través de la red sustituyen a los proveedores de cable.

Hay productos que no pueden proveerse digitalmente, pero sí venderse por ese medio. El mismo portal, Amazon, ha ido ampliando su gama a electrónicos, ropa, artículos de oficina y muchas otras cosas más. El mismo hecho de la venta, o más específicamente, del pago, es cada vez más una transacción digital en lugar de un intercambio de papeles y círculos metálicos. Ya puede hacerse parte de ese proceso a través de un instrumento de cómputo móvil, también conocido como teléfono celular. En pocos años, tal vez tres, la mayoría de las operaciones financieras ocurrirán a través de este instrumento.

No van a desaparecer los libros impresos, ni el efectivo. No van a cerrar las tiendas de ropa, o de artículos de oficina. Posiblemente no desaparezcan las tiendas de música. Pero la velocidad a la que está cambiando el mundo de los servicios debería llamarnos la atención.

Ayer mismo ocurrió en la ciudad de México una manifestación de franeleros en contra de los parquímetros recientemente instalados en Polanco. Como suele ocurrir, esto desató un intercambio en las redes sociales. Unos criticaban la manifestación, argumentando que los franeleros hacen uso de un bien que no es suyo (la calle), mientras otros los defendían, porque no tienen otra manera de ganarse la vida. Es decir, para estos últimos, la ley debe subordinarse a la necesidad.

Aunque creo que es muy evidente la diferencia entre los primeros párrafos y este último, permítame detallar. La sustitución de productos físicos por digitales, la venta digital de productos físicos, y la sustitución de efectivo por dinero digital son todos fenómenos que dependen, más que de la tecnología, de la definición clara de los derechos de propiedad y del cumplimiento de contratos. Sin estas condiciones, la tecnología es irrelevante. No hay forma alguna de que funcionen los servicios digitales sin estos fundamentos.

En consecuencia, aunque México tiene acceso a la tecnología (con los asegunes que se quiera), la posibilidad de hacer la transición a los servicios digitales es muy reducida, porque lo que no tenemos es esa base elemental. O como lo comentamos en las últimas semanas del año: en México la ley no se cumple y no se valora al creador de riqueza.

El ejemplo claro son los franeleros: no crean riqueza, la redistribuyen. Hacen uso de un bien que no es suyo (la calle) para extraer riqueza a quienes tienen un auto y quedarse con ella. No tienen derecho legal a la calle, pero según sus defensores tienen un derecho moral, porque no tienen otra forma de ganarse la vida. Esto no es nada claro, porque a diferencia de los franeleros, hay varios millones de mexicanos que no han logrado hacerse de un pedazo de calle para administrar y, sin embargo, obtienen ingresos. Es decir, si el argumento “moral” fuese correcto, habría que establecer un sistema de sorteo para asignar las calles a quienes las necesitan. La solución de los parquímetros es mejor: se asigna a la sociedad, a través de quien gobierna, y se le atribuye un precio que tiene que ver con la escasez relativa de espacio. Pero esto suena neoliberal, ¿no?

El problema de México, o si quiere sentirse acompañado, de América Latina, África y buena parte de Asia, tiene que ver con la dificultad de aceptar que el crecimiento económico sólo ocurre en naciones que tienen leyes que todos cumplen y en las que los creadores de riqueza son valorados. Estas dos condiciones son indispensables. El detalle de cuáles leyes (que es lo que genéricamente se ha dado en llamar “reformas estructurales”) es secundario.

La diferencia de temas: digitalización de servicios contra apropiación de rentas, es una diferencia de siglos. El siglo XXI contra el siglo XVIII. No podemos entrar a la modernidad, olvídese del futuro.

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