enero 13, 2012

El lobo, el zorro y el mosquito

Fran Ruiz (@perea_fran)
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Podría ser una fábula de Esopo contemporánea: para el zorro Barack Obama, Hugo Chávez es un mosquito y Mahmud Ahmadineyad es un lobo, pero no uno disfrazado con piel de oveja, sino uno de verdad.

Al venezolano me lo imagino incordiando todo el santo día, picoteando con su aguijoncillo, pero presto a salir huyendo a la menor señal de peligro. A esto se reduce Chávez, a alguien que vocifera contra el “imperio yanqui”, pero sin el que podría vivir porque es su mejor socio comercial. Pocos países del mundo dependen tanto de otro como Venezuela de EU; por eso, nada suena más falso que Chávez amenazando con cortar el petróleo a los “imperialistas”. No se atreve porque su régimen bolivariano colapsaría, para su desgracia y la de sus subvencionados Daniel Ortega y Raúl Castro.

Por otra parte, el bisonte norteamericano acepta con resignación los “ataques” del mosquito sudamericano porque necesita mucho petróleo y Venezuela tiene bastante y está cerca.

Ni siquiera el reciente anuncio de que hace dos años se gestó un complot contra el sistema informático de centrales nucleares estadunidenses, una plan presuntamente ideado por hackers de la UNAM y que habría interesado a la entonces agregada cultural de la embajada cultural en México, Livia Acosta, ha roto esta extraña pareja de enemigos que se necesitan. Sobre este caso, la Casa Blanca la expulsó del país, donde ocupaba desde hace un año el cargo de cónsul de Venezuela en Miami; pero nada más.

No vale, pues, la pena preocuparse más por el mosquito venezolano, por mucho que al lobo iraní le haga gracia su irritante zumbido alrededor del “enemigo yanqui”.

A quien hay que temer es precisamente al lobo. Mientras Ahamadineyad se marchaba a Latinoamérica para dejarse querer un poco, en Irán se sucedían tres hechos muy preocupantes.

El primero ocurrió nada más comenzar el año, cuando el Ejército iraní realizó maniobras navales, con lanzamiento incluido de misiles capaces de alcanzar Israel, a la vez que amenazaba con cerrar el estrecho de Ormuz —por donde pasa un tercio del petróleo mundial— si los países occidentales cumplían la amenaza de imponer nuevas sanciones al régimen.

El segundo hecho se conoció el martes. Irán anunciaba que está enriqueciendo uranio con un 20 por ciento de pureza. ¿Qué significa esto? Básicamente que sus científicos han cruzado el último umbral antes de entrar en la etapa final, que es el enriquecimiento de uranio al 90 por ciento, el necesario para fabricar bombas nucleares.

El tercero se conoció el miércoles. En Teherán, un desconocido en motocicleta pegó una bomba-lapa en el coche de uno de esos científicos que trabajan en el controvertido programa nuclear iraní. Falleció en el acto y corrió el mismo destino que otros cuatro colegas en los últimos dos años.

El atentado fue tan preciso, tan selectivo y tan misterioso que le sonó muy familiar a un ex dirigente del Mossad, Illan Mizrahi. No me imagino a agentes israelíes o de la CIA paseándose en moto por Teherán, pero sí los veo instruyendo en las artes del asesinato selectivo (de lo que saben mucho) a contrarrevolucionarios que combaten al régimen iraní, como son los Muyahidin Halq (Combatientes del Pueblo).

Estos tres sucesos están estrechamente relacionados y parten de una única preocupación: la posibilidad de que Irán se haga con la bomba atómica.

Teherán niega que tenga interés en la bomba y reitera que enriquece uranio para uso médico.

¿Ah sí? (me pregunto). Entonces ¿por qué lo hacen casi a escondidas, en un búnker, bajo una montaña? o ¿por qué no aceptan la propuesta rusa de venderle barato uranio al 20 por ciento? o ¿por qué llevan años negando la entrada a inspectores de la Agencia Internacional de la Energía Atómica?

No olvidemos, además, que sobre Israel pesa una amenaza existencial, ya que Ahmadineyad ha augurado en varias ocasiones que “el Estado sionista debe ser destruido”.

Ante esta crisis, el aspirante republicano a la candidatura republicana, Rick Santorum, propone bombardear Irán, pero Obama, afortunadamente, no tiene el mismo ardor guerrero. No es un bisonte, como George W. Bush, quien por mucho menos que esto invadió Irak, el actual presidente tiene más bien vocación de zorro. Él mismo lo dijo hace unos días cuando proclamó que había acabado la era de las invasiones terrestres, tan impopulares por la cantidad de soldados muertos y mutilados. Obama apuesta por la guerra cibernética, por más labor de inteligencia y de diplomacia, por el uso de cazas no tripulados (drones), por ataques quirúrgicos y con muy poco riesgo, como el que ya probó con éxito en la cacería de Osama bin Laden.

Bajo esta lógica zorruna, Obama parece estar convenciendo a muchos países de que dejen de comprar petróleo a Irán, a cambio de no desestabilizar al mundo con una nueva guerra.

Esta nueva estrategia está funcionando, ya que, tras cinco años de política de sanciones suaves, que no sirvieron para nada, la sola amenaza del boicot petrolero está dañando severamente la economía iraní y la moneda local se ha desplomado.

Ahmadineyad tiene ahora dos caminos: o entra en razón y somete todo su programa nuclear bajo supervisión de la ONU o se enroca en su negativa y se va quedando cada vez más aislado y empobrecido, gruñendo su rencor como un lobo expulsado de la manada, rodeado de los únicos que le escuchan ya: unos cuantos mosquitos latinoamericanos.

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