enero 06, 2012

La “Inteligencia Nacional...”

Francisco Martín Moreno (@fmartinmoreno)
Escritor
fmartinmoreno@yahoo.com
conferenciasmartinmoreno@yahoo.com
Excélsior

Tal vez podamos empezar a incursionar en los inexpugnables espacios de la “Inteligencia Nacional”, remontando el vuelo a través de la historia patria hasta ubicarnos en la fundación de la Gran Tenochtitlan. A lo largo de nuestros estudios elementales en la escuela primaria, aprendimos cómo una buena parte de las civilizaciones asiáticas, africanas, americanas y europeas, entre otras tantas más, se iban asentando en las costas, en las márgenes de un gran lago, en las riberas o en la desembocadura de un caudaloso río. Nuestros antepasados fueron, desde luego, más originales: ellos no fundaron su ciudad capital en las orillas ni en las márgenes de un lago ni en las riberas o desembocaduras de un río. Ellos, los mexiqui, lo hicieron precisamente encima de un lago, el de Texcoco, ya que ahí, precisamente sobre la superficie, entre carrizos y patos dieron con la señal divina tan esperada: un águila devorando una serpiente, de acuerdo con la consigna ordenada por los dioses, según nos cuenta la leyenda.

El esplendor conocido en la gran Mesopotamia (los caldeos o los asirios) se dio entre dos ríos, el Éufrates y el Tigris. Los niveles de desarrollo alcanzados por los antiguos persas nos continúan sorprendiendo hasta nuestros días. ¡Baste citar el famoso código de Hammurabi! ¿Qué hubiera sido de las interminables dinastías chinas sin la generosa y vital presencia del río Yang Tse-kiang? ¿Qué papel desempeñó el Nilo en la deslumbrante expansión de la cultura egipcia? ¿Y los británicos sin su Támesis? ¿Y los alemanes sin su Rin, que tantas veces inspirara a Richard Wagner? ¿Y los franceses sin su Sena, los italianos sin su Tíber y los norteamericanos sin su Hudson o su Mississippi? Sí, sólo que nunca nadie asentó los cimientos de una urbe sobre la dorada superficie del agua…

Los tenochcas, efectivamente, a diferencia de chibchas, sumerios, olmecas, mayas, godos, visigodos, fenicios, griegos y romanos, sólo ellos, únicamente aquellos construyeron la Gran Tenochtitlan, el asiento de una gran civilización, nada más y nada menos, que sobre la superficie del lago de Texcoco. ¿Resultado..?

A pesar de las inundaciones que se produjeron siglo tras siglo y mataron a miles de personas, ya en el virreinato mismo, la capital de la colonia no fue cambiada de asiento por más que se intentara hacerlo por razones evidentes. (Resultó imposible ponernos de acuerdo y cuando finalmente logramos ponernos de acuerdo, entonces, al igual que acontece en la actualidad con la refinería de Tula, no se hizo nada...)

¿Qué sucedió? Que los mexicas modernos complicaron aún más la situación al inyectar cientos de millones de toneladas de concreto encima de una superficie lodosa y pantanosa. Como lo anterior parecía insuficiente, se permitió que la Nueva Tenochtitlan fuera poblada por más de 20 millones de personas hasta convertirse en el conglomerado más grande y amenazador conocido en toda la historia de la humanidad. Y aún faltaba más: como la ciudad se sostenía sobre el agua, era menester extraérsela para que ésta se hundiera nada menos que un metro cada diez años. En el siglo XX, la muy noble y leal Ciudad de México se hundió casi diez metros... ¿Qué tal..?

Es decir: se funda la ciudad sobre un lago y para enmendar el error se colocan sobre aquél cientos de millones de toneladas de concreto, permitiéndose el asentamiento gradual de millones y más millones de personas, siendo que para culminar la odisea se extrae el agua, la base de sustentación de la gran urbe, para que ésta se hundiera con el tiempo o se desplomara víctima de un temblor de grandes proporciones, como el de 1985. El suelo hueco no puede reportar mayor inestabilidad ni mayor riesgo de cara a las construcciones citadinas. Para un himno a la inteligencia, ¿no..? El PRI permitió durante siete décadas este suicidio colectivo de proporciones insospechadas...

Otra muestra de la evidente inteligencia nacional se pone de manifiesto desde que Hernán Cortés hizo saber a través de sus famosas Cartas de Relación enviadas a Carlos V, el emperador español, que en la Nueva España, recién invadida y conquistada, podían contarse 39 ríos navegables, como los que después fueron conocidos como el río de la Piedad o el de Churubusco o el Magdalena o el San Joaquín, entre otros tantos más. Por si la anterior riqueza hidráulica fuera insuficiente, todavía reveló que la Gran Tenochtitlan estaba rodeada de tres gigantescos espejos de agua: obviamente el de Texcoco, sin olvidar el de Chalco, ni mucho menos el de Xochimilco.

¿En qué convirtió la “Inteligencia Nacional” esos 39 ríos navegables y esos enormes espejos de agua, de 1521 a nuestros días? Muy sencillo: los ríos los convertimos en caños y secamos los lagos, salvo un par de gotas hediondas que todavía subsisten del otrora magnífico lago de Xochimilco, que inmortalizaran poetas, escritores, músicos y pintores. No, no sólo continuamos construyendo irresponsablemente sobre un lago en una zona altamente sísmica, sino que sobre esta superficie inestable llegamos a construir la ciudad más poblada del planeta. Acto seguido le extrajimos el agua, secamos los lagos y convertimos los ríos en caños mientras cantábamos felices sentados sobre la rama de un árbol que serruchábamos gozosos... ¿Qué sigue...? ¿La sequía...?

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