enero 17, 2012

Mentiras y deportaciones

León Krauze (@Leon_Krauze)
leon@wradio.com.mx
Epicentro
Milenio

En Estados Unidos hay una creciente indignación con las mentiras políticas. El asunto ha llegado a tal grado que el New York Times ha comenzado un debate, a través de su ombudsman editorial, sobre si los reporteros del diario deben, además de registrar lo que ocurre, funcionar como abogados del lector y desmentir a los políticos y sus dichos. Y no es para menos. Desde asuntos económicos hasta materia social, los republicanos nos han regalado joyas inolvidables. La lista es larga, pero quisiera concentrarme en sólo un asunto: la migración.

En los últimos días, Mitt Romney, el puntero republicano, se ha dedicado a descalificar el llamado Dream Act, que abriría un camino a la legalización para jóvenes que llegaron a EU siendo aún niños y que, para todos los efectos prácticos, no han conocido otra patria más que esa. En una muestra de insensibilidad e ignorancia, Romney lo ha llamado una limosna. Pero no sólo eso. Romney ha tenido el descaro de insistir en que está a favor de la “migración legal”, en contraste con lo que ocurre con los más de 11 millones de indocumentados que —y no exagero— mantienen viva la economía de ese país. Lo de Romney es de un descaro notable. En la práctica, las vías para emigrar legalmente a EU prácticamente no existen. La mano de obra calificada enfrenta un proceso muy largo. Para todos los demás, el proyecto de emigrar con todas las de la ley a este país es simplemente un martirio. La realidad es que, desde el 11 de septiembre de 2001, EU se ha aislado. En detrimento de su dinamismo y productividad, se ha vuelto una suerte de fortaleza xenófoba. Por eso, decir que uno está a favor de la migración legal es, al menos, un recurso retórico barato.

Pero la hipocresía no se limita al Partido Republicano. El gobierno encabezado por Barack Obama no canta mal las rancheras cuando se trata del maltrato a los migrantes. La política de deportación de Obama es una vergüenza. Por momentos, el celo policial estadunidense nos ha dejado viñetas cómicas, como la noticia de una chica afroamericana que fue detenida, quiso ponerse creativa y dio un nombre falso en español para, entonces, ser confundida con una colombiana buscada por la Interpol. ¿Resultado? Fue deportada a Colombia siendo menor de edad, donde se embarazó y, parece, se prostituyó. Una joya, pues. Pero la mayoría de las historias son de verdad trágicas. El diario Los Ángeles Times reportó, de manera brillante, la historia de Luis Luna, un joven mexicano que llegó a EU a los tres años de edad de manera ilegal. Ahí vivió 15 años; aprendió inglés, estudió, trabajó, se hizo de una novia con la que planeaba casarse. Todo se terminó cuando lo detuvo la policía por una falta de tránsito. Le ordenaron dejar el país. Desesperado por los imposibles trámites para migrar legalmente de vuelta a su hogar en EU, quiso volver debajo de un tren de carga. Ahí lo encontró un perro de la migra, que le abrió una herida de diez centímetros en el vientre. Fue literalmente aventado de vuelta a territorio mexicano, en la inhóspita franja donde habitan innumerables hombres y mujeres como él: deportados, sin dinero, con medio idioma, huérfanos de país. Luna vive hoy entre albergues, tratando de regresar al único hogar que conoce. Una historia de verdad indignante.

El gobierno de Felipe Calderón ha hecho un buen trabajo tratando de apoyar a los migrantes deportados, especialmente a los niños (imaginemos la historia de Luna pero con un niño de 11 años: dantesco). Pero no ha sido suficiente. El siguiente presidente de México tendrá que llegar a Washington con la espada desenvainada. Tendrá que apelar a los medios de comunicación para contar la verdadera historia de los deportados y sus familias. Deberá tener imaginación de estadista para negarles a los políticos estadunidenses la comodidad de la mentira y así ayudar a los que, como Luis Luna, sufren un vía crucis indigno de nuestro tiempo.

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