enero 15, 2012

¿Quién petrificará a la Esfinge mexicana?

Nadie pronuncia el conjuro que podría convertirla en estatua.

Francisco Javier Acuña (@f_javier_acuna)
fjacuqa@hotmail.com
Especialista en Derechos Humanos
Excélsior

Deseando la pronta recuperación de Alonso Lujambio

Según la mitología, la esfinge “era un demonio de destrucción y mala suerte”. Los acontecimientos avisan que se ha regenerado la Esfinge que nos persigue como nación a lo largo de la terca historia. Necesitamos las palabras que descifren el acertijo que aniquilaría a la Esfinge para que retorne la paz urgente y se alivie la patria del febril insomnio del pavor a la realidad que en lo trágico supera a la ficción.

De todas, la más famosa de las esfinges es la de Tebas, un monumento que desde su construcción anunciaba malas señales para esa región: miles perdieron la vida, equivocaron la respuesta a sus enigmas, Edipo, en cambio, acertó:

Le dijo: “Escucha, aun cuando no quieras, musa de mal agüero de los muertos, mi voz, que es el fin de tu locura. Te has referido al hombre.” Dicen los historiadores que “la Esfinge, espantada, huyó hacia el desierto, donde quedó petrificada y desde allí el dios del sarcasmo se burla de ella.”

La Esfinge predijo males para la civilización egipcia (hoy extinta) y para la humanidad entera; precisamente en el Oriente Medio —cercano al país del Nilo— crece el polvorín del odio que puede desencadenar la definitiva Tercera Guerra Mundial. La visita del mandamás iraní al hemisferio americano coincidió con una más de las torpes e imperdonables profanaciones de las tropas estadunidenses al enclave musulmán.

Misteriosamente, la Esfinge de Giza perdura y junto a ella las pirámides, como si las defendiera de la erosión y de las peligrosas manos humanas; son las únicas maravillas del mundo antiguo que permanecen de pie, milenarias e invictas a la destrucción, mientras muchas ciudades centenarias, que salvaron hasta hace poco sus rasgos ancestrales, se desmoronan ahora por la codicia destructiva de ignorantes y la omisión de autoridades encargadas de proteger esos bienes universales; un caso crítico es la ciudad de Zacatecas. Acaso ahí radica la Esfinge custodiada por Zetas.

El horror que ha traído la criminalidad extrema baja del norte y hace remolinos en el sur, sube y regresa con sequía que deseca la flora y diseca la fauna, estela hedionda que nos inunda de basura colmando las ciudades infestándolas —como al Distrito Federal— de desechos orgánicos e inorgánicos, aunque la basura más perniciosa es la conducta infrahumana; la Esfinge nuestra recorre el país impune. Nadie se atreve a pronunciar el conjuro que podría convertirla en estatua, y, esa sería la escultura sarcástica más representativa de la miseria humana de nuestra era.

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