enero 16, 2012

Sociedad de la humillación

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

Podría pensarse que las imágenes que vimos no tienen ninguna relevancia social. Un hombre furioso pierde el control y descarga su ira contra otro. Agrede con las palabras más hirientes, insulta y golpea a una persona que no se atreve a defenderse. Sus compañeros, sintiéndose en condición de desventaja, contemplan la agresión sin hacer nada. Nadie confronta al pendenciero. Desde luego, en todas partes hay violentos que se encienden con cualquier desventura, por pequeña que sea. Si les sirven el café frío o demasiado caliente, le avientan la taza al que tienen en frente. En cualquier lugar puede aparecer el tipo que golpea a quien lo contradice o que insulta a quien lo mira. Es cierto: de un loco no podemos extraer lecciones de sociología. Pero, ¿no hay algo más que una patología personal en la breve cinta que se difundió recientemente? ¿Podría capturar algo más que una simple perturbación individual? ¿Dice algo de nosotros? Creo que sí.

Vivimos en una sociedad de la humillación. Humillación cotidiana, socialmente avalada, tan patente como invisible. El hombre acaudalado no ocupa entre nosotros simplemente una posición ventajosa para adquirir cosas, para darse lujos, para viajar, para disfrutar de su tiempo. El potentado se siente en una categoría superior que le asigna el derecho de tratar al otro como su vasallo, su esclavo, su trapo. La ventaja económica se convierte en un permiso para el atropello. El agresor capturado por la cámara está convencido de que los otros viven para servirle: existen para él y los suyos, no tienen más propósito que complacer sus caprichos. Cualquier reparo es la insubordinación inaceptable de un infrahumano. Lo más notable del video, lo más perturbador de la cinta que se conoció esta semana es la reacción de quienes contemplan el atropello. No hacen nada. No defienden al agredido, no contienen al agresor. Miran la escena y se alejan del rabioso. Con su respuesta parece que consienten de algún modo el atropello: lo padecen silenciosamente, resignados a una especie de régimen imbatible. Eso es lo que a mi juicio insinúa el video: se ha establecido entre nosotros un régimen de humillación que convierte en normal el atropello del rico, el insulto del acaudalado, el maltrato de quien tiene más. Uno ejerce el derecho a vejar, los otros tienen el deber de aguantar la descarga de odio, de desprecio.

El video del pudiente que arremete en contra de un hombre al que trata como basura, al que insulta con palabras y lastima con golpes es una cápsula de esa sociedad de la humillación en su expresión brutal, maniática. La sociedad de la humillación se expresa ahí, en la rabia de un hombre enloquecido. Pero la humillación no se afirma solamente en la locura de hombres como ése. La humillación es una experiencia cotidiana, la vivencia común, la normalidad de un país habituado a la impunidad ostentosa de una casta. La humillación es un hábito nacional. Tanto se ha enredado con nuestro paisaje que se confunde con la costumbre, con el lenguaje, con el humor. ¿No es nuestra televisión una gran maestra de humillación en sus expresiones de clase, de género, de raza? Los insultos que tanto indignan en boca del violento capturado por la cámara son las gracejadas cotidianas de nuestros comediantes en la televisión. Rutina es hablar del otro como objeto, hábito es tratarlo como animal.

El propósito central de la política, ha dicho el filósofo político Avishai Margalit, es combatir la humillación: fundar una sociedad decente donde las instituciones y las prácticas no humillen a nadie. Más que buscar la plenitud de la justicia, debemos esforzarnos en construir instituciones que traten dignamente a todos y regar una cultura que reconozca en cada individuo a un miembro de la misma familia. Una sociedad, pues, enérgicamente intolerante a cualquier gesto de humillación. Humillar a otro es arrebatarle con la palabra o la acción su condición de persona. Humillar a alguien es tratarlo como una cosa, como una máquina, como una bestia. Humilla la pobreza que estrangula y el paternalismo que nos trata como menores. Nos humillan los burócratas que nos ven como números y los fisgones que invaden nuestra intimidad. La utopía de la decencia es ganar, para todos, trato de humanidad.

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