febrero 28, 2012

Apodaca

Marcelino Perelló
Matemático
bruixa@prodigy.net.mx
Excélsior

Al sultán Omar,
que se empeña, obstinado,
en vivir en el futuro.
En su futuro.


Desde hace siglo y medio, el sueño, el ideal, el «punto omega» de la Revolución y los revolucionarios ha sido, de una manera u otra, en un plazo u otro, la defenestración del Estado. Del Estado y de sus estamentos e instituciones: del dinero y por lo tanto la banca, La policía, los tribunales y, con ellos, cualquier tipo de castigo, corporal o pecuniario, las cárceles incluidas; de la Iglesia, sus rituales, ordenamientos y prohibiciones de cualquier naturaleza, abstinencias, penitencias, matrimonios de cualquier rito o credo. La desaparición del comercio y las mercancías, y por lo tanto de la publicidad. En otras palabras, la desaparición del Estado conlleva, sin solución de continuidad, a la de cualquier tipo, modelo o jerarquía de autoridad.

Y por ende la de todas las formas de gobierno, manipulación y control.

No voy a insistir. La teoría del movimiento revolucionario es ancha y ajena. Y, sobre todo, no se trata de una teoría sino de muchas, muchas, y mal amalgamadas. Ahí dentro se encuentran en rescoldo —se encontraban debí decir, pues en la primera mitad del XX ya se habían enfriado—.

Aquellos lectores poco informados acerca de la historia del pensamiento y el movimiento revolucionarios y, en particular, en torno a los objetivos últimos con los que se inició esta entrega, los encontrarán probablemente irrealizables e incluso descabellados, pero quiero que sepa, escéptico, pero no por ello menos juicioso lector, que durante muchos decenios, millones de hombres en el mundo entero estaban y están convencidos no sólo de su validez, sino de que cualquier otro propósito social constituye una abyección.

En el más benevolente de los casos, considerará tal proyecto como una utopía. Término extraído de la literatura fantástica y que se ha ido degradando; no tan lentamente, hasta convertirse en sinónimo de irrealizable, de lo “deseable inalcanzable”, un cuento de hadas para niños pequeños o la alucinación de un alienado. El propósito ya no se sabe si de un sicótico en plena crisis paroxística o, ya puestos, de plano un desvarío: una jalada, una mafufada.

Cómo diantres va a existir una comunidad de hombres cuerdos y gentiles con iglesias, pero sin curas, con tiendas, pero sin dinero, con orden, pero sin policía. He ahí sólo algunas de las cuestiones clave a las que debe enfrentarse todo proyecto revolucionario serio. Con el paso de los años, las tragedias, los muertos y el aprendizaje de la represión y la sumisión, sin embargo, se han vuelto “de obvia resolución”, donde lo obvio no es la resolución, sino su manifiesta imposibilidad.

Imagine, como diría el pobre hombre (pobre en todos los sentidos excepto en el monetario, que es el menos importante), que en la habitación de Heliodoro suena el despertador a las seis cuarenta. “¡Chin!, se exclama sobresaltado; ya llegué tarde”. La mujer, molesta, se voltea y se cubre la cabeza con el edredón: “¿No puedes mentar madres en voz baja, carajo?” “Como si te pagaran”.

“Eso de pagar es cosa del pasado, Aurora; no voy a chambear porque es mi obligación, porque si no acudo, alguien del turno de noche tendrá que suplirme y llegar a su casa, ocho horas tarde. No me baño: Buenos días.”

Aurora no respondió y acabó de acurrucarse bajo las cobijas. Esa tarde, cuando regresó cansado de la chamba, fueron juntos al súper. Precisaban de comida para los perros, los gatos y la foca que tenían en el chapoteadero: pasaron por las cajas y les registraron las adquisiciones; no con el fin de cobrarles; sino únicamente para efectos de inventario.

En fin, la ilustración puede ir mucho más lejos, pero aquí no estamos haciendo ni literatura ni socio-economía: es simple periodismo. Y viene al caso simplemente porque se acaba de producir un caso, dramático, en el que “el Estado”, el Estado mexicano queda en entredicho; en grave entredicho:

El Estado, desde hace siglos, tal como lo definimos líneas atrás, más que un espacio de convivencia, es uno de combate por la sobrevivencia. Llegamos inocentes, a este valle de lágrimas, en el que el pecado, “la culpa”, nos es impuesta al nacer: antes mismo de nacer.

El domingo se produce un enfrentamiento armado con base en “puntas”, es decir, armas blancas artesanales, obtenidas al afilar perfiles, varillas y otras piezas metálicas.

En fin, los verdugos y las víctimas que mataron y murieron el domingo, hace una semana, en el penal de Apodaca, tal vez sin saberlo, se la jugaron y tal vez murieron, por el derrumbe del Estado, por el final de un Estado mortífero; por sus hijos y por los nuestros. Por la demolición de un aparato estatal podrido.

Las palabras se gastan y se confunden. A base de usarlas van careciendo de sentido. Y de tanto hablar de corrupción hemos olvidado que equivale, matiz más, matiz menos, a podredumbre. El Estado mexicano, edificado a sangre y fuego por nuestros próceres —de los buenos y de los malos— está encontrando su derrumbe también a sangre y fuego.

Los revolucionarios de tantas generaciones habíamos soñado tantas veces, y de tantas maneras distintas, en la desaparición del Estado burgués, ahora vemos azorados cómo la demolición se lleva a cabo desde adentro, obra de sus presuntos defensores. Y que el vacío que deja será rellenado, cual triste muñeco de peluche, de la borra más despreciable.

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