febrero 24, 2012

Odio y poder

Fran Ruiz (@perea_fran)
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Si no han tenido oportunidad de ver un documental reciente sobre Adolf Hitler, con imágenes inéditas y coloreadas sobre su vida, y quieren entender algo más sobre cómo la maldad infinita de un hombre contagió al pueblo alemán y luego degeneró en la mayor guerra de la historia, con más de 50 millones de muertos, no se pierdan la extraordinaria serie de National Geographic “Apocalipsis, el ascenso de Hitler”, con imágenes grabadas por el reportero austriaco Franz Krieger.

Yo acabo de verlo y creo que encontré, por fin, sentido a ese grito que me taladra el cerebro cada vez que pasan esas perturbadoras imágenes de los nazis desfilando ante el “fuhrer” o de cadáveres apilados de judíos. A la pregunta ¿Por qué? una simple y demoledora respuesta: por odio.

El odio fue el motivo existencial que llevó a Hitler a hacer lo que hizo. Hitler odiaba a la vecina Francia porque humilló a Alemania arrebatándole territorios; odiaba a los comunistas porque ellos fueron los primeros que vieron el monstruo que era; odiaba a los gitanos porque ensuciaban el paisaje bucólico germano; odiaba a los homosexuales porque no servían para perpetuar la raza aria (aunque él mismo nunca se preocupó en tener hijos); pero, sobre todas las cosas, odiaba a los judíos, con un odio tan grande e irracional que soñaba con su exterminio total.

Fue el odio lo que impulsó a Hitler a invadir media Europa y a llevar a millones de judíos a cámaras de gas en campos de exterminio, diseñados con la más alta tecnología alemana de la época. Tanto odio, claro, sólo podía acabar en lo que acabó, en una espantosa guerra. Las potencias de la época —EU, la Unión Soviética y Gran Bretaña— tuvieron que unir sus fuerzas para acabar con la locura asesina nazi; no tanto por un repentino interés de las potencias en salvar a los pocos judíos que iban quedando sino porque, tal como avanzaba la apisonadora bélica alemana, los siguientes en ser exterminados podrían ser cualquiera de ellos.

La Segunda Guerra Mundial, que concluyó con el lanzamiento de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, ha sido lo más cerca que hemos estado del fin del mundo. Si Hitler hubiera logrado antes que Estados Unidos el arma más mortífera y hubiera ganado la guerra, el mundo que conocemos habría llegado a su fin. Pero esto no ocurrió y bajo las ruinas de Alemania murió el régimen nazi, aunque no su ideología del odio, que como una garrapata esperó mejores tiempos para salir de su letargo y brotar en cualquier otro siniestro personaje.

El último ejemplo vivo de hasta dónde puede llegar el odio es el noruego Anders Breivik, quien asesinó a 77 personas, la mayoría jóvenes de ideología socialdemócrata, por apoyar una Europa “contaminada” con otras “razas inferiores”, como la árabe. El último ejemplo muerto, ya se lo pueden imaginar, Osama bin Laden, cuyo odio extremo a los “infieles” cristianos inspiró a decenas de jóvenes musulmanes, que se convirtieron en terroristas suicidas capaces de matar en pocas horas a miles de personas, sólo porque trabajaban en el símbolo del capitalismo occidental, las Torres Gemelas de Nueva York.

Pero al menos ninguno de estos dos personajes alcanzó el poder. Otro, en cambio, sí lo alcanzó y mucho me temo que es el odio lo que mueve su gobierno. Me refiero al presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, y su odio al Estado de Israel, que sueña con su destrucción.

Sólo el líder iraní sabe lo que tienen en mente, pero su actuación al frente del gobierno y sus intenciones no apuntan a nada bueno. Primero no dudó en ganar la reelección mediante el fraude masivo en las presidenciales de 2009; y luego no dudó en reprimir violentamente y perseguir a los miles de iraníes que protestaron en la calle. No sólo a opositores y simpatizantes, Irán es el país con más periodistas y blogueros presos, y condena a la horca a los homosexuales y a los que declare “traidores”, como los que abandonan el islam o los que disienten del régimen de los ayatolás. La represión interna es asfixiante, pero lo más preocupante es su programa militar, mejorado con misiles balísticos capaces de alcanzar todo Oriente Medio, y su polémico programa nuclear. Quien a estas alturas todavía crea que el uranio que enriquece en centrales secretas, a las que no pueden entrar los inspectores de la ONU, estará destinado exclusivamente para uso médico, peca de ingenuo, como pecaron de ingenuas las potencias europeas cuando creyeron que los nazis no iban a pasar de Polonia.

La provocación permanente de Ahmadineyad a Occidente, su velada amenaza de atacar Israel y su más que probable intención de hacerse con la bomba atómica, podría desencadenar lo que todos tememos: un ataque preventivo israelí contra Irán, que desencadenaría una guerra de impredecibles consecuencias. El mundo tiene que evitar que caigamos de nuevo en la locura de la guerra. El mundo tiene que evitar que los predicadores del odio se hagan con el poder.

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