marzo 28, 2012

Apología del iPad

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

La oferta era irresistible: un montón de meses para pagar el costo del artilugio —y, encima, sin intereses (pero, digo, de verdad, al precio anunciado y nada más, sin trampas)— y uno, que es gente adicta a los gadgets y comprador compulsivo, pues, qué quieren ustedes, se dejó engatusar y salió corriendo a la tienda a comprar el famoso iPad de tercera generación que, vaya pretensiones de los de Apple, no ha sido bautizado como iPad 3 sino, miren, así nada más, como el señor iPad universal y dominador, amo absoluto en el reino de las “tabletas” (en mis tiempos te las comías, a las tales, pero hoy día se han trasmutado en un objeto que no se puede digerir por exceso de metales y otros materiales tan exóticos como perjudiciales para la salud).

Pero el asunto es el siguiente, más allá de cualquier posible frivolidad consumista: en lo personal, en tanto que viajero muy frecuente y escribidor a sueldo, llevo años enteros buscándole un sustituto a esa dichosa computadora portátil que no termina de ser lo suficientemente ligera, delgada, liviana y utilizable en condiciones adversas como para que le puedas conferir una condición de accesorio en vez de atribuirle poderes —y, derechos— de amo y señor. El iPad, en ese sentido, parecía el candidato ideal para desempeñar funciones gerenciales, secretariales, literarias, periodísticas, contables y hasta espirituales: esencialmente portátil, venía siendo una especie de promesa de comodidad eterna y absoluta. Y, en efecto, luego de la compra compulsiva, no he tenido otra opción que intentar garrapatear mi columna de todos los días en la formidable pantalla del aparato —una vez descargado el software de Pages— y comprobar, de paso, si la opción de utilizar una “tableta” en vez de un ordenador estorboso es viable.

Pues bien, no he podido, por lo pronto, consultar el diccionario de sinónimos de Microsoft Word ni tampoco contar las palabras que llevo escritas. Pero, a ojo de bien cubero, creo que estoy a punto de completar la cuota de vocablos permitidos. Pase lo que pase, voy a adjuntar este texto a un correo y, ¡pum!, lo mando directo a la redacción. ¡Bendito iPad!

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