marzo 20, 2012

De mitos y prisioneros

Federico Reyes Heroles
Reforma

En México cualquier pequeño pueblo que se respete a sí mismo cuenta con al menos una calle llamada Revolución. Sin embargo los mexicanos somos muy conservadores. Ante el dilema más vale malo por conocido que bueno por conocer nos inclinamos por la primera opción. Con todas las deficiencias de nuestro país cuando se plantea "el cambio" muchos mexicanos lo rechazan. Un asesor muy cercano a Cuauhtémoc Cárdenas regresó convencido de que el michoacano debía utilizar esa expresión -cambio- como eje de su campaña, tal y como lo hizo Clinton. El resultado fue un fracaso. No somos lo que aparentamos o lo que decimos de nosotros mismos. Algo de esquizofrenia nos visita.

Cualquiera diría que México es un país muy católico. Poco menos del 90% se declara seguidor de esa fe. Sin embargo esos mismos católicos admiten no seguir los mandatos del Vaticano, aceptar las relaciones sexuales premaritales y el uso del condón. Bautizar, hacer la primera comunión, casarse por la iglesia son rituales muy populares. Pero leer la biblia o estudiar una encíclica es algo muy diferente. Las visitas de Juan Pablo II paralizaban al país. Pero el "México siempre fiel" pierde católicos cada año. Si los católicos mexicanos fueran a misa los domingos al menos dos veces al mes, se necesitaría construir varias veces el número de iglesias existentes. Somos ritualistas, guadalupanos, mitoteros, pero la práctica de la fe católica no empata con la vida cotidiana, sobre todo entre los jóvenes. Es un catolicismo mexican style.

Y ya que en inglés andamos, otro mito muy común es el del lobo feroz de Estados Unidos. Los malos de la película siempre son ellos. Nos quitaron la mitad de nuestro territorio, somos víctimas de su imperialismo, son la explicación de nuestros males. Eso decimos y eso se publica como explicación que garantiza aplauso. Pero resulta que cuando se le pregunta a los mexicanos cuál es el país que más admiran, ¡sorpresa!, Estados Unidos ocupa el primer lugar. Somos muy pragmáticos, nos gusta su riqueza antes que su democracia. Preferimos hacer negocios con ellos antes que con otras naciones. Muchas de las colonias nuevas en las ciudades mexicanas están construidas a semejanza de las zonas suburbanas de aquel país. Es curioso ver techos de dos aguas ideados para soportar toneladas de nieve que nunca verán. O sea que el nacionalismo estridente no soporta la menor confrontación con la realidad.

Y qué decir del México de los brazos abiertos, ese que con Lázaro Cárdenas a la cabeza recibió al exilio español. La imagen no podría ser más conmovedora. Pero resulta que los mexicanos somos bastante xenófobos. De hecho la única inmigración que consideramos benéfica es la europea. Hacia nuestros "hermanos centroamericanos" tenemos niveles de rechazo cercanos al 80%. Hace poco Daniela Gleizer publicó una sólida investigación -El exilio incómodo- que muestra las inconsistencias del gobierno mexicano hacia el exilio judío durante el Holocausto. Ni siquiera en los ámbitos académicos se permite que los puestos directivos recaigan en personas no nacidas en México. Rodolfo Tuirán no pudo sustituir a Alonso Lujambio en la SEP por no haber nacido en el país. Aquí no podría haber un Henry Kissinger o una Madeleine Albright. Todavía hay estados que exigen ius sanguini para poder ocupar una presidencia municipal. ¿Abiertos? Otro mito.

Y qué decir del país de campesinos y obreros, el de Zapata, el de los murales de Rivera con un alto contenido indígena, nuestro gran orgullo decimos. Pues resulta que la gran mayoría de los mexicanos hoy viven de los servicios, ni siquiera sumando al sector primario y al secundario se alcanza al terciario. La población indígena disminuye proporcionalmente de manera acelerada y, lo más doloroso de todo, los mexicanos discriminamos a los indígenas todos los días. ¿Orgullo? Sólo en el discurso de lo políticamente correcto. La gran mayoría de los mexicanos se autodefinen hoy como miembros de las clases medias (Ver ENVUD, BANAMEX-FUNDACIÓN ESTE PAÍS) y además inclinados al centro derecha. ¿Obreros, campesinos, revolucionarios?

Leyendo mitos es muy difícil entender al México contemporáneo. La idea de alternancia como algo benéfico para México se ha venido extendiendo desde hace décadas. Alternancia en cualquier sentido. Primero los municipios, después estados y finalmente en el Ejecutivo federal. La alternancia se instaló. Hace 12 años se inventó el cuento de los 70 años de oscuridad que tanto daño nos ha hecho. Pero resulta que el PRI ha recuperado muchas posiciones y podría regresar a la Presidencia. ¿Cómo explicarlo? ¿Acaso somos suicidas? Ese cuento es una bofetada al sentido común que no prendió. La mayoría de los mexicanos siente que vive mejor que la generación previa. No ven en el pasado esa oscuridad. Una gran mayoría está segura que sus hijos vivirán mejor. Los inventores del mito de la oscuridad hoy no entienden el 48%, 30%, 22%. Son prisioneros de su propio mito.

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