marzo 17, 2012

El camino del infierno...

Jaime Sánchez Susarrey (@SanchezSusarrey)
Reforma

La detención de El Chapo podría tener un efecto similar a la de El 85 pero a escala nacional: romper los equilibrios y abrir las puertas para el predominio de un solo cártel

El viernes 9 de marzo ardió Guadalajara. Se registraron 25 vehículos quemados y bloqueos en 16 puntos -11 de ellos en la capital del estado. Por la tarde hubo tiroteos, los helicópteros sobrevolaban diferentes zonas de la ciudad y las sirenas de las patrullas ululaban. Las escuelas cerraron y la gente se recluyó en sus casas. En la noche la ciudad estaba casi desierta. Nunca antes había ocurrido algo así. Súbitamente los tapatíos experimentaron el sentimiento y el temor que los regios llevan años padeciendo.

Ahora sabemos la razón. En un operativo de la Secretaría de la Defensa Nacional se detuvo a Erick Valencia Salazar, líder del cártel de Jalisco. El ascenso de El 85, seudónimo de Valencia, fue consecuencia directa de la muerte de Nacho Coronel, el 29 de julio de 2010, quien era lugarteniente de El Chapo Guzmán en Jalisco. El capo murió en otro operativo de la Sedena.

En aquel momento algunos advertimos que la consecuencia de la muerte de Coronel sería el incremento de la violencia. No era una premonición. Eduardo Guerrero, especialista en cuestiones de seguridad, ha documentado ampliamente que la detención o el abatimiento de un capo se traduce en mayor violencia. La razón es simple. El vacío genera una lucha interna por la conquista del liderazgo y se desatan enfrentamientos entre las distintas facciones.

Frente a estos señalamientos, desde el gobierno federal se hilaron una serie de argumentos y datos para demostrar que eso no era cierto. En esa misma tesitura, ahora se afirma que Jalisco no se va a dejar y que no se tolerará que los ciudadanos sean amenazados ni intimidados por el crimen organizado.

La advertencia y admonición del gobierno no puede ocurrir en un peor momento. Hasta ahora, la Federación ha sido incapaz de recuperar y someter al imperio de la ley los territorios que el crimen organizado controlaba hace 5 o 6 años. Antes al contrario, la violencia se ha expandido a otros estados. Baste mencionar ciudades como Monterrey y Acapulco.

Y voy directamente al grano. Si la violencia que se vivió en Guadalajara el viernes 9 por la tarde fuera un episodio aislado, que no volverá a repetirse, no habría nada de que preocuparse. Sería, en todo caso, un precio mínimo a pagar por la detención del jefe del cártel Nueva Generación. Sin embargo, la realidad es otra. Ya mencioné la experiencia, ampliamente documentada por Eduardo Guerrero, de que la muerte o la detención de un capo generan una espiral de violencia más virulenta.

Pero además, en el caso de Jalisco la situación es mucho más complicada y delicada. El enfrentamiento entre el cártel Nueva Generación y los Zetas está a la vista. El 20 de septiembre de 2011 aparecieron ejecutados frente al centro comercial Boca del Río, en Veracruz, 35 presuntos Zetas. La respuesta no se hizo esperar: el 24 de noviembre se dejaron en las inmediaciones de los Arcos del Milenio, en Guadalajara, 26 cadáveres. Los primeros fueron liquidados por el cártel Nueva Generación; los segundos, en represalia, por los Zetas.

No sólo eso. Lejos de tratarse de un asunto local, el enfrentamiento tiene una dimensión nacional. Cuitláhuac Salinas, titular de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO), expuso a principios de enero que el cártel de Sinaloa ha perdido terreno -ya sólo tiene presencia en 16 estados- frente a los Zetas -que han expandido su influencia en 17 entidades.

Dado ese contexto, las consecuencias de la detención de Erick Valencia, El 85, son más que evidentes. Por una parte, desatarán una pugna interna por el liderazgo en el cártel Nueva Generación. Por la otra, abrirán las puertas a los Zetas para disputar la hegemonía en el estado de Jalisco.

Los Zetas tienen una fuerte presencia en Nayarit y Zacatecas. Desde allí han emprendido ofensivas, hasta el momento infructuosas, para incursionar y sentar sus reales en Jalisco. Pero la detención de Valencia, más allá de las buenas intenciones que haya tenido, puede -muy probablemente- modificar la correlación de fuerzas. Y eso podría traducirse en el desplazamiento de los aliados de El Chapo y la entronización de los Zetas.

Jalisco está, además, en periodo electoral. Este año se celebrarán elecciones para gobernador. Imposible pensar un momento más complicado y delicado para la entidad. Porque, independientemente de las fallas y los errores del gobernador Emilio González, es un hecho que, tanto Guadalajara, como el resto del estado, estaban relativamente tranquilos -sobre todo si se les compara con Nuevo León, Tamaulipas, Nayarit u otros estados.

A estas alturas, nadie -en sus cabales- discute la necesidad de enfrentar al crimen organizado. Por eso la reflexión debe girar en torno a la estrategia y las fallas de la misma. La espiral de la violencia y los 50 mil muertos son la mejor prueba de que algo no funciona.

La reciente declaración del general Charles Jacoby, jefe del Comando Norte de Estados Unidos, es contundente: la captura de 22 de los 37 narcos más buscados en México "no ha tenido efectos palpables... La violencia continúa aumentando. No ha sido un incremento tremendo este año, pero son cifras inaceptables...".

Y en efecto, son cifras inaceptables, amén de que los territorios fuera de control se han multiplicado.

Una reflexión final: la detención de El Chapo podría tener un efecto similar a la de El 85 pero a escala nacional: romper los equilibrios y abrir las puertas para el predominio de un solo cártel... y no precisamente el menos violento.

Ya lo decía Lenin: el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.

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