marzo 21, 2012

El sismo en la memoria

Rafael Pérez Gay (@RPerezGay)
El Universal

Algunos terremotos ocurren una y otra vez en la memoria, su intensidad aumenta en el recuerdo y enloquece al presente con fuerza devastadora. A este linaje de sismo terrible pertenece el que remeció la ciudad de México en el umbral de la primavera. No recordaba un movimiento telúrico tan intenso desde el gran sismo de 1985. Apenas pude llegar a la puerta de la calle, caminé el largo de una planta baja en bandazos y con el corazón en la boca a latidos gigantes.

A todos los que tienen edad para recordar aquel año les habrá pasado lo mismo. Como si quisiera constatar la catástrofe de mi memoria, me fui a la calle a caminar. Los celulares no recibían señal, los transformadores de luz en lo alto de los postes reventaron en chispazos de cohetes como en feria de pueblo, los edificios no paraban de mecerse. Un miedo corto, raro, en la boca del estómago.

La avenida Reforma era un hormiguero desesperado. No hubo daños mayores en la ciudad de México, pero los empleados del gobierno salían por las puertas de los edificios públicos con el alma en un hilo, las caras desesperadas en calles paralizadas. Desde ese momento empezaron las bofetadas con las cifras, al parecer la cercanía de los números nos perturba: primero 6.5, luego algún sismológico dio 7.1 grados en la escala de Richter, otro más pujó desde Estados Unidos y presentó un aterrador 7.9. Si entendí bien, al final estuvimos metidos en la olla urbana a 7.8 grados Richter. Algunas fuentes periodísticas e informativas subieron el listón y afirmaron que los temblores de 1995 no fueron tan intensos. Caminé a lo largo de Reforma, me detuve frente a Cuauhtémoc y a Colón. Nada, todo en orden, pero el hormiguero en pánico.

Mientras camino por avenida Juárez y veo ríos de personas que van a ninguna parte, tengo la certeza de que los que habitamos el Distrito Federal esperamos algo grande y terrible. A las doce y dos minutos del día 20 de marzo de 2012 parecía la hora de esa cita, pero nadie conoce el destino. De eso hablan los rostros, la actividad nerviosa, la postergación, la ansiedad de lo que ocurrirá a la espera del desastre.

El científico Cinna Lomnitz dijo hace algún tiempo, no sin humor e ironía: “No recuerdo qué filósofo afirmó que predecir es especialmente difícil cuando se trata del futuro. Pero estoy cien por ciento seguro de que ocurrirá un gran sismo porque han ocurrido regularmente en el pasado. Un sismo como el de 1985 ocurre solamente dos o tres veces cada siglo”. Los temblores nos recuerdan que nuestra traza urbana se encuentra en el lugar menos indicado para construir una gran ciudad y que las medidas de precaución siempre serán pocas cuando se construye en el fango. Dice Lomnitz: “Somos muy necios, o muy audaces, hemos diseñado un ciudad sobre un lago flotante”. (Bermúdez y García: El desastre que viene. Debate. 2009)

En la esquina de Eje Central y Juárez cavilo una obviedad del tamaño de la Latinoamericana: en el centro de los poderes políticos y financieros del país tiembla y sobrevienen sismos monstruosos. En el último siglo hubo 150 sismos mayores de 6.5 grados en la escala de Richter. Hemos logrado récords extravagantes: en otros países, un temblor de 6.5 suele ser catastrófico; en México, un sismo se vuelve crítico a partir de los 7.5 grados. Somos paradójicos incluso a la hora de medir y enfrentar los terremotos.

Sobra, pero no sobra, preguntarse qué esperamos cuando nos mueve la tierra un temblor de magnitud excéntrica como el que se sintió ayer en la ciudad de México. Tiro un cordel con la mirada a los largo del Eje Central y veo en mi memoria una nube de polvo provocada por el derribo, los escombros, el polvo y el olor a gas y muerte. Volteo hacia atrás y veo un espacio vacío, un raro jardín donde vi el letrero de Hotel Regis a ras de suelo el 19 de septiembre de 1985, la mañana en que Zabludovsky narró la destrucción de una parte, las más antigua y emblemática, de la ciudad de México. Del mismo modo, mis padres pensaron que el final se acercaba una noche de julio del año de 1957, cuando el Ángel de la Independencia bajó a la tierra. La memoria de las ciudades descansa en gran parte en las aristas de sus desastres.

Una mañana excepcional. No exagero si digo que trascurrían horas de calor agradable bajo un extraño cielo azul en la ciudad. A los lejos se veían los volcanes en ese horizonte cuyo veneno diario puesto en el aire los oculta. Se cumplió entonces la intuición poética: la sorpresa y el estupor son elementos esenciales de la belleza.

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