marzo 12, 2012

Impresentables

Ezra Shabot
Línea directa
El Universal

Los partidos políticos durante procesos electorales intentan presentar sus figuras más populares como mecanismo para atraer al mayor número de votantes. Incluso, en una supuesta estrategia de ciudadanización de la política, se invita a deportistas, artistas y toda figura que, sin tener idea de lo que significa el ejercicio legislativo o de gobierno, es presentada como cara “popular” del partido. Y aunque no hay medición de si estas personas aumentan la intención del voto a favor de un partido, la tentación por anunciar que un destacado ex futbolista o atleta se unen a una causa sigue siendo constante en el sistema mexicano.

Sin embargo, este fenómeno no es el más negativo en cuanto a la relación entre partido y ciudadano. Lo más grave es cuando figuras del poder, representativas del autoritarismo del pasado, o de una historia de corrupción no sancionada por el poder que dichos personajes poseen, son incluidas entre las propuestas de un partido para candidatos a diputados, senadores u otro puesto de elección popular. Es comprensible que la dinámica interna de los partidos y las negociaciones entre grupos de interés partidarios, obliguen a ubicar a estos “impresentables” en lugares visibles para acceder a puestos.

El problema radica en medir qué tanto daño ocasionan estas personalidades oscuras a la imagen partidaria, al grado de que el votante decida no optar por el partido. Y por lo pronto, los tres grandes partidos y sus aliados tienen políticos de este tipo entre sus candidatos. Para quienes el asunto se complica enormemente es para la izquierda al postular, a propuesta de López Obrador y su movimiento Morena, a Manuel Bartlett como candidato a senador por Puebla. No se trata de otro priísta que se une a la izquierda. Bartlett es símbolo del fraude electoral de 1988 y de otras cosas más, y a pesar de que en la campaña del 2006 apoyó abiertamente a AMLO, la resistencia de amplios sectores del PRD a su aceptación plena lo mantuvieron alejado del partido durante estos años.

Más allá de las razones que pudieran tener López Obrador y sus adeptos al impulsar a Bartlett, para gran parte del electorado de izquierda su figura es impresentable e incongruente con un proyecto democrático y progresista. También los priístas tienen figuras así: el líder petrolero Carlos Romero Deschamps para el Senado, y su tesorero sindical Ricardo Aldana para diputado, se ajustan a la lógica de poder interna del priísmo, pero son impresentables ante la gente a la que intentan convencer con lo de “un nuevo PRI”.

Y los panistas parecen no querer quedarse atrás. La designación hecha por el CEN del PAN de Fernando Larrazábal como candidato a diputado, y el rechazo generado por ello entre líderes del panismo regiomontano por supuestos ilícitos del alcalde de Monterrey, se conjugan con su rol ante el incendio en el Casino Royale y su negativa a pedir licencia para facilitar la investigación. Sostener la candidatura de Larrazábal es un signo de debilidad partidaria ante un político que desafió la solicitud del partido de retirarse temporalmente de su cargo para limpiar su propio nombre y evitar dañar a la institución. A cambio de ello se le premia con una candidatura impresentable ante la ciudadanía.

Son estos políticos dispuestos a todo con tal de obtener una posición de poder, los que dañan las posibilidades de triunfo de sus propios partidos, y a quienes por una u otra razón no se les puede sacar de la jugada. Son eso, impresentables en todo sentido.

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