marzo 30, 2012

Más castrista que Castro

Fran Ruiz (@perea_fran)
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Han visto la foto del encuentro de Fidel Castro y Benedicto XVI? Probablemente sí. Me recordó, no sé por qué, al fresco más famoso de Michelangelo en la Capilla Sixtina, ese en el que Dios extiende su dedo índice hasta casi tocar el dedo índice de Adán.

En mi imaginación, Dios era, por supuesto, Fidel Castro, aunque también podría reclamar este privilegio el Papa alemán, que por algo es el representante de Dios en la Tierra. Para ser justos, cada uno tiene su lado divino, puesto que nadie me negará que los dos son idolatrados por las masas (eso sí, con la misma pasión que son aborrecidos por otras masas).

En cualquier caso, lo ocurrido esta semana en La Habana es que dos líderes de fama mundial y octogenarios escenificaron el encuentro de dos polos opuestos, que sin embargo se atraen; no buscaron entrar en colisión, sino todo lo contrario, se miraron con curiosidad e incluso con admiración.

Catorce años después de que Juan Pablo II pidiera a Fidel Castro que Cuba se abra al mundo, llega Benedicto XVI sin que el país se haya abierto al mundo, entre otras cosas porque en este tiempo casi nadie se ha molestado en pedírselo y el único que lo pide insistentemente, Estados Unidos, lo hace de la manera más estúpida posible: manteniendo un embargo económico del que se aprovecha el castrismo para presentarse ante su pueblo y ante el mundo como una víctima inocente del imperialismo. El propio Ratzinger dijo antes de abandonar la isla que en Cuba “la falta de libertades se ve agravada cuando medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera del país pesan negativamente sobre la población”. La satisfacción de los hermanos Castro no podía ser mayor.

Así pues, dos viejos enemigos se dieron la mano en Cuba, el catolicismo y el comunismo. ¿Pero, qué pueden tener en común estas dos formas de ver el mundo antagónicas? Probablemente la respuesta habría que buscarla en otro modelo que se ha vuelto más agresivo con el tiempo: el capitalismo.

El castrismo lo odia y lo teme porque, si se implantase en la isla, destruiría un régimen que persiste desde hace medio siglo. Cuba no tiene la fuerza ni el tamaño de China, cuyo gigantesco aparato político represor le ha permitido implantar una economía capitalista basada en trabajos y sueldos casi de esclavos, lo que sin duda ha impedido que el régimen comunista asiático colapsara, como ocurrió con la Unión Soviética.

Por su parte, el catolicismo aborrece la deriva consumista en la que ha caído el capitalismo, porque asegura que aleja a los fieles de las iglesias y crea nuevos cultos, como Internet. Benedicto XVI cree que el libre pensamiento llevado a su extremo pone en duda la verdad absoluta, que es la existencia de Dios, y relativiza todos los dogmas establecidos por la Iglesia. Es lo que llama despectivamente la “dictadura del relativismo”, el materialismo laicista donde todo se vale.

Visto así, se comprende que Ratzinger y Castro se hayan mirado con respeto e incluso con complicidad. Sin embargo, los dos olvidan que, en paralelo a ese capitalismo de libre mercado y pese a todos sus grandes defectos, creció un modelo de gobierno y de sociedades democráticas, donde el afán de superación personal permitió avances científicos y leyes progresistas que crearon un mundo mucho mejor que el que vivieron cualquiera de nuestros antepasados.

Nunca tantos habíamos sido tan libres como lo somos ahora, aunque no es este, desde luego, el caso de Cuba. El Papa no podía irse de la isla sin pedir por la libertad, pero lo condicionó, eso sí, a un “diálogo sereno y paciente” entre todos los cubanos.

Paciencia está pidiendo el Papa a la población cubana. ¿Qué estarán pensando los disidentes de esta petición de Benedicto XVI, que ni siquiera se atrevió a concederles un minuto de su tiempo? Paciencia y esperar, a lo mejor otros 15 o 20 años, hasta que llegue otro Papa a la isla y se encuentre con el sucesor de los dos hermanos Castro, si es que para entonces han muerto.

De momento, lo que tenemos es la peor combinación para la disidencia cubana: unos hermanos Castro más papistas que el Papa y un Papa más castrista que Castro. Así no llega Cuba a ninguna parte.

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