marzo 06, 2012

Paranoia

Marcelino Perelló
Matemático
bruixa@prodigy.net.mx
Excélsior

¿Será que el proceso electoral que se nos viene encima va a transcurrir sin mayores sobresaltos? Y cuando digo “mayores” no me refiero a las inevitables impugnaciones —“voto por voto, casilla por casilla”—, plantones, bloqueos y tomas, a las cuales ya nos vamos acostumbrando y vamos empezando a incorporarlas a nuestro patrimonio histórico-folklórico-cultural.

“Cada vez se muere más gente que no se había muerto antes” es uno de los apotegmas más célebres del no menos célebre Filósofo de Güémez, del que ya tuve la ocasión y el placer de hablar no hace mucho en mi columna de los miércoles.

Güémez es una pequeña población de Tamaulipas, a medio camino entre Ciudad Victoria y el triste y recientemente renombrado San Fernando, cerca de la ribera del lago Vicente Guerrero. Ahí habitó en la primera mitad del siglo pasado el pintoresco personaje al que vuelvo a aludir hoy, autor de la ocurrencia con la que encabezo estas líneas, y que como toda ocurrencia legítima, esconde detrás de la sonrisa una inquietud.

Como suele acontecer con los personajes legendarios, la personalidad exacta del filósofo no está bien establecida, se le atribuye al menos a tres prohombres distinguidos del poblado: José Calderón, Darío Guerrero y Juan Mansilla Ríos. Lo más probable es que la imagen actual sea una síntesis de, por lo menos, estos tres ilustres.

Pero no es un recorrido por las innumerables sentencias memorables del filósofo lo que intento hoy. Me quedo y me centro en la que quise convertir en el pie forzado de estas líneas. Y de ella me fijo en primer lugar en el hecho indiscutible de que, a medida que envejece uno, en efecto, cada vez hay más huecos entre aquellos que acostumbraban rodearlo a uno.

Esto, sin dejar de ser lamentable y escalofriantemente cierto, no es aquello sobre lo que ahora yo quiero poner el énfasis. Sino en el hecho, en absoluto trivial, que anuncia y denuncia el enunciado: a saber, de que no porque algo no haya ocurrido antes no puede ocurrir después.

En torpe paráfrasis a nuestro hombre, diré que nada pasa antes de que pase por primera vez. Verdad que no por obvia deja de ser sorprendente.

Me lleva a esta reflexión infantil y sin duda paranoica el vodevil armado en torno a este personaje entre cómico y siniestro que es el tal Coqueto, su fuga rocambolesca y su novelesca e intragable recaptura.

¿Será que el proceso electoral que se nos viene encima va a transcurrir sin mayores sobresaltos? Y cuando digo “mayores” no me refiero a las inevitables impugnaciones —“voto por voto, casilla por casilla”—, plantones, bloqueos y tomas, a las cuales ya nos vamos acostumbrando y vamos empezando a incorporarlas a nuestro patrimonio histórico-folklórico-cultural.

No. Hablo de cuestiones mayores, hasta ahora inéditas en nuestro país, al menos desde el asesinato de Álvaro Obregón en 1928, incluido el de Luis Donaldo Colosio en el 94. ¿Se plantea usted, audaz lector, la posibilidad de que las elecciones federales previstas para inicios de julio de este año sean “aplazadas” sine die, debido al “clima de inseguridad” y a la “injerencia de los narcotraficantes en el proceso electoral”?

¿Suena descabellado? ¿Algo así no puede suceder por la simple razón de que nunca ha sucedido? ¿Sería incapaz el gobierno de los que creen en Dios de armar tamañas artimañas? ¿Ante un impasse de esa magnitud, surgirían en la sociedad mexicana fuerzas sociales, ajenas a los “partidos” que se enfrentaran a tal autogolpe de Estado.

¿El gobierno de Estados Unidos lo permitiría? ¿Ese gobierno presidido por ese pobre hombre que tantas esperanzas despertó y que ahora se apresta, sin enrojecer, a bombardear al pueblo sirio? (Obama no puede enrojecer, a lo más, ponerse moradito, pero ni eso).

¿Es realmente difícil organizar un par de atentados de suficiente magnitud para que la población, nerviosa, amedrentada, indefensa, acepte ver vulneradas las más caras conquistas de nuestra historia no tan reciente?

La historia del tal Coqueto ya me hace creer en cualquier cosa.

En fin, no me haga mucho caso. Estoy enfermo y de mal humor. Y digo tonterías. Paranoia.

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