marzo 13, 2012

Propaganda vs. politización

Francisco Báez Rodríguez (@franciscobaezr)
fabaez@gmail.com
La Crónica de Hoy

La SIEDO dio a conocer una casi noticia. Las autoridades federales casi capturan al Chapo Guzmán en Los Cabos. Pues sí, uno dice, pero, si no lo capturaron ¿a qué viene la revelación? En mi caso, por lo menos, sirve para dar pie a una reflexión sobre el exceso de propaganda que cubre nuestras vidas.

Si algo ha cambiado poco en México a lo largo del último medio siglo es la presencia constante y machacona de propaganda política. Es algo que varios extranjeros, en distintos momentos de mi vida, me han hecho notar, porque lo que a nosotros nos parece natural, a ellos les parece asombroso.

Durante la época del monopolio priista, la propaganda oficial cubría todo, y era parte de un mecanismo que quería hacer creer que había unanimidad en torno de la figura del Presidente en turno —“líder nato de la Revolución”—, de las instituciones gubernamentales y del partido.

La sobreabundancia de propaganda tenía por lo menos otros dos objetivos. Uno era identificar toda la política con el sistema; el otro, correlacionado, era alejar de la política al ciudadano no identificado con el sistema.

Hubo en el país una breve primavera de pluralismo ideológico y politización (muy relativa), que de todos modos estuvo acompañada por una carga importante de propaganda, casi siempre desigual y con los dados cargados a las acciones de gobierno.

Pasamos después, de plano, a la era en la que la mercadotecnia terminó por sustituir a la discusión política. Vivimos la era en la que la pantalla sustituye a la escuela, la encuesta a la plaza pública y la seducción al convencimiento.

Lo que no cambia es la gran cantidad de propaganda. Sound bites, frases publicitarias disfrazadas de ideas-fuerza, y una serie de estratagemas hechas para no provocar el pensamiento, sino la exaltación de los sentimientos, ocupan la mayor parte de las pautas publicitarias de los gobiernos y los partidos, particularmente en los medios electrónicos.

Esto ha tenido un reflejo muy negativo en la comunicación institucional. Ha habido en muchas partes, pero de manera muy notoria en el gobierno federal, un viraje en las prioridades. Ya no se trata de informar de los logros de tal o cual administración. Tampoco se trata de guiar a la población para que acceda de mejor manera a tal o cual servicio público. Se trata de crear un ánimo, de enviar una sensación: la de un gobierno bueno, que se preocupa, que genera felicidad, que es reconocido por la población y que merece agradecimiento.

Si en el pasado lo que se buscaba era generar una ilusión de consenso que legitimara gobiernos poco democráticos, en la actualidad se busca generar una ilusión de bienestar —o de gobiernos auténticamente preocupados por la gente— para que esa sensación se perciba a la hora de las elecciones y se refleje en votos para los partidos en el (respectivo) poder.

Las cosas se ponen más densas cuando la búsqueda de sensaciones positivas no se reduce a la propaganda pautada, sino que permea toda la comunicación del gobierno. Así ha sido el caso, durante el sexenio de Felipe Calderón, de muchos de los operativos de combate al crimen organizado. Pero el método no fue inaugurado en tiempos de FCH.

Ése es el sentido del “casi” atrapamos al Chapo. Ése ha sido el de la presentación de una muy larga lista de “número 2” de diferentes cárteles de la droga en manos de fuertes militares encapuchados. Va junto con pegado con las imágenes de señoras felices que dicen que con más educación vamos a alejar a nuestros hijos de las drogas. Uff.

En cualquiera de los casos, el efecto neto de la sobreabundancia publicitaria sigue siendo el mismo: la despolitización, la pasividad enfadada. Si en el pasado ésta servía para legitimar un sistema poco democrático, actualmente sirve para legitimar una clase política que ha hecho de lado proyectos e ideologías, y ha convertido el transformismo en una forma de vida.

De ahí que deba entenderse el exceso de propaganda —y su inserción reciente como suero vital del proceso de comunicación institucional— como un mecanismo antipolítico. Como una forma más de vaciar la política de contenidos y convertirla en un simple juego de poder. Como un método de desciudadanización, con los ciudadanos reducidos al juego de meros consumidores, no de partícipes de la cosa pública.

Para decirlo en otras palabras. Tal vez el exceso de promocionales no logre que creamos que el gobierno hace cosas tan maravillosas o que los diferentes partidos —cada vez más embebidos en cursilerías— vayan a mejorar nuestra existencia si votamos por ellos, pero sí logra hartarnos. Y ese hartazgo del ciudadano crítico es una joya para quienes detentan el poder.

Luego pasa que, en su afán por convertir en telenovela espectacular lo que se supondría que debe ser información, las autoridades se meten en bretes que son espectaculares en la vida real. Para botón de muestra, el caso Cassez: un montaje propagandístico, que trajo como resultado un desencuentro internacional y quizás termine en un chasco fenomenal para la policía y la justicia mexicanas —una enorme raya más al tigre—. Cosas que pasan cuando se creen los grandes mercadólogos de la política y no son más que aprendices de brujos.

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