marzo 16, 2012

¿Qué nos está pasando?

Juan José Rodríguez Prats
Excélsior

Hace algunos años, platicando sobre lo mal que estaban la clase política y los partidos políticos, Carlos Castillo Peraza me escribió en una tarjeta: Pessima corruptio optimis. Esto es, lo peor es la corrupción de los mejores, de quienes la gente espera más, de aquellos que asumen tareas delicadas, de quienes toman decisiones que repercuten en el futuro de los pueblos y de las instituciones, de los políticos.

El escenario nacional ofrece hoy un espectáculo que no ayuda a nadie. Una lucha política descarnada en medio de noticias de violencia y con una ciudadanía un tanto desanimada. No debemos sorprendernos, las democracias siempre producen inconformidad y al develarse muchas verdades sobreviene desasosiego en el ánimo social.

En esta semana abundaron las críticas al PAN. Tal vez el párrafo más agresivo sea el de Héctor Aguilar Camín: “…división, imprudencia, impericia y más adrenalina puesta en las riñas internas del partido que en la imagen de su candidata presidencial. Como si la derrota de ésta no fuera a arrastrarlos a todos”.

Voy a cumplir 18 años de militar en ese partido. Le guardo enorme gratitud y lealtad y, precisamente por eso, con todos los riesgos, soy crítico. No puedo aceptar que un partido que se hizo en la denuncia, en el señalamiento a lo que creía que estaba incorrecto, ahora castigue la disidencia y frene la autocrítica.

En buena medida, el PAN es consecuencia de la capacidad de relaciones públicas de don Manuel Gómez Morin, sobran las anécdotas sobre su bonhomía, su preocupación por el prójimo, su facilidad para cuajar amistades en todo el país. Eso le dio la fuerza para convocar a mexicanos lúcidos a la creación de un partido político en condiciones totalmente adversas y sin posibilidades de triunfo en el breve plazo. Como él mismo sostenía, era una apuesta a largo plazo, sembrando en la conciencia de los mexicanos la necesidad de la democracia, el respeto a la dignidad del ciudadano y, desde luego, la convicción firme de la vinculación entre política y ética. Efraín González Luna, compañero de este esfuerzo, hablaba más del humanismo político y de la generosidad cristiana. El PAN surgió, pues, como ejemplo de una lucha abnegada, noble, y con una solidaridad de correligionarios sustentada en la bondad. El humanismo no era visto como una doctrina filosófica, constituida por una serie de preceptos, sino como una forma de ser, de sumar voluntades y de crear lazos afectivos en una nación caracterizada desde su origen por fuerzas centrífugas y centrípetas que la mantienen en un permanente desgarramiento.

El PAN se arriesgó a procesos democráticos internos, lo cual sacudió a toda su militancia. Como es natural, ha dejado heridos en el camino. Si no hay una operación política que permita una buena coordinación entre gobierno, partido y candidata presidencial, será difícil obtener el triunfo.

¿Qué entiendo por operación política? La que parte de un principio básico: tratar a los otros como nos gustaría ser tratados. González Luna y Vicencio Tovar hablaban de la regla de oro de los partidos políticos: hacerle sentir al militante el valor que cree merecer; que reciba reconocimiento y a su vez se sienta bien, que se sienta contento en el partido en el que milita.

Es algo muy difícil de realizar y el tiempo en política es escaso. Es preciso recuperar esa actitud básica del humanismo para alcanzar triunfos electorales y para que el PAN siga presumiendo de tener identidad. Parecería ingenuo requerir hoy a los militantes una dosis de la calidad humana de la que Acción Nacional hizo derroche a lo largo de su historia. ¿Será un reclamo demasiado riguroso? Puede ser, pero el PAN nació como un partido de exigencias máximas y de promesas óptimas.

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