marzo 06, 2012

RHR

Federico Reyes Heroles
Reforma

Para Sergio S.

Supongamos que hay un hombre muy rico para los estándares de un país muy injusto. Supongamos que ese hombre desde hace décadas ha venido conjuntando esfuerzos personales e institucionales a favor del rescate de sitios arqueológicos, monumentos coloniales, casas señoriales amenazadas por el tiempo, piezas de arte, igual esculturas que pinturas, que textiles, que artesanías. Supongamos que su energía le permite agregar a la lista acciones para impedir la degradación ambiental -no sólo en su país sino internacionalmente- y acudir al llamado de especies y áreas en peligro. Supongamos que el desarrollo sustentable de las comunidades es parte de sus inquietudes y que por ello organiza, junto a su apasionada y emprendedora pareja, programas imaginativos para que los niños crezcan con mayor conocimiento de su entorno y de la riqueza y la responsabilidad que ella supone. Supongamos que en su agenda incluye a su pueblo natal, sumido en el olvido.

Supongamos que, con los años, la lista de acciones en que ha intervenido, con dinero propio hoy incuantificable y con aportaciones producto de su convocatoria, suman centenas. Que igual se le reconoce geográficamente en el sureste que en el noreste o en el altiplano. Se le reconoce en patronatos de museos y universidades y por las importantes publicaciones y exhibiciones en las que ha estado detrás. Y esas son las acciones de las que se sabe, porque la lista incluye otras totalmente privadas de las cuales pocos tienen noticia. Supongamos que un día las principales instituciones culturales de ese país -en el cual las labores filantrópicas y el apoyo a la cultura no son lo común- deciden hacerle un homenaje y reconocer públicamente la larga lista de beneficios que en muchos ámbitos ha procurado el personaje. ¿Cuál debiera ser la reacción natural?

Lo normal hubiera sido la aprobación generalizada y un aplauso interno a quien ha invertido no sólo mucho dinero sino sobre todo algo que es irrecuperable: tiempo, vida. Viene la sorpresa. Surgen algunas voces escépticas y críticas soterradas, dudas sobre la justeza del acto o sobre el involucramiento de las autoridades. ¿Por qué la mezquindad es la pregunta obligada? Quizá la primera respuesta se encuentra en lo atípico de la actividad pionera en muchos sentidos del homenajeado. A diferencia de lo que ocurre en otros países, en México el involucramiento de las empresas y sobre todo de los empresarios en actividades -del género que sea- de beneficio comunitario sigue siendo excepcional. Por eso la simple existencia del homenajeado incomoda. Quizá también porque el ejemplo eleva los estándares de lo mucho que se puede hacer. Quizá porque si tomamos el rasero del monto de las fortunas de los muy pocos muy ricos de nuestro país, desnudaríamos que algunos de los que más tienen no han hecho tanto como otros que tienen menos. Pero quizá lo más molesto es desnudar a los muchos que no hacen nada.

La historia de las naciones está ligada indefectiblemente con la actitud que se tiene frente a la generación de la riqueza, hacia los grandes ricos de todas las épocas. Pero el círculo se cierra con la contraparte, es decir con la actitud de los ricos hacia su sociedad. Basta con recordar el papel de los grandes mecenas en la Italia renacentista y contrastarla con la locura y frivolidad de Berlusconi. Buena parte del Renacimiento sería inexplicable sin esos mecenas que, a partir de su fortuna personal, pudieron apostar e impulsar las artes y las ciencias. En la música culta los patrocinios privados han jugado un papel insustituible. El origen de la Universidad de Chicago es la familia Rockefeller.

Cuando los ricos asumen su responsabilidad el resentimiento y en ocasiones odio hacia la riqueza disminuye. En contraste surge la admiración al exitoso. Ha habido burguesías discretas y visionarias como las de los Países Bajos. Simon Schama lo documenta en The Embarrassment of Riches y otras ostentosas y frívolas. La nuestra más bien caería en la segunda categoría. Basta con ver los desplantes públicos de las nuevas generaciones para quedar aterrado. La falta de educación, ya no digamos de cultura, es monstruosa. La ostentación y majadería es lo común. La percepción popular es que la riqueza surge de la corrupción y por desgracia con frecuencia corresponde a la realidad. Pero también hay otro México en el cual la riqueza es producto del esfuerzo, del trabajo, de la imaginación, del arrojo, del riesgo. Ese México paga hoy los costos de la bien ganada mala fama de algunos colegas.

En ese contexto nuestro personaje incomoda. Hay muchos que pueden hacer algo. Hay muchos que pueden hacer mucho más. También en esto viva la competencia. Su principal herencia, con la que convivirán sus descendientes, no será contabilizada en pesos sino en la estela que dejen tras de sí. Incentivar una riqueza responsable y comprometida es el reto. Hay país para todos y muchas necesidades. Por cierto, RHR está por Roberto Hernández Ramírez.

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