marzo 01, 2012

Sin casa

Blanca Heredia (@BlancaHerediaR)
La Razón


Miro a mi alrededor, me fijo; trato de entender lo que dicen. Escudriño sus gestos, la posición de sus hombros y el movimiento de sus brazos. No queda duda: son caras, cuerpos, palabras de políticos y políticas. Vislumbro las certezas, los nudos y los vacíos que habitan las etiquetas que les dan piso y cobijo: PRD, PAN, PRI. Veo colores y ademanes inconfundibles, que, sin embargo, terminan confundiéndose unos con otros.

Los panistas suelen llegar a tiempo a las citas; los perredistas, no. Los priistas tienden a avisar que vienen retrasados y tienen por costumbre moverse y desplazarse en enjambres, siempre nutridos y bien jerarquizados. El baile de los panistas es un fox-trot o un vals; el de los priistas es cualquiera, pero siempre circular. El de los perredistas es cumbia, onda grupera, rock o lo que sea, siempre que se baile revolviendo intensidad con desparpajo.

Los priistas saben mentir con elegancia, sin saltarse comas ni acentos. La mayoría de los panistas sienten que deberían creer eso que te están diciendo. Los perredistas ven en la mentira parte del arsenal de la lucha y el cinismo completo con el que mienten es cada vez más estridente. Los priistas te miran a los ojos y te hacen sentir importante. Los panistas suelen mirar de lado y dan la impresión de estar, casi siempre, en otra parte. Los perredistas están y no, nunca se sabe.

Cada uno de esos grupos se cuenta historias para dormir bien en la noche. Partes de esas historias que se cuentan y nos cuentan me resuenan. La pasión por la igualdad de la izquierda que imagino me conmueve. El ahínco libertario de la derecha liberal, también. El deleite cierto que a los priistas les produce lograr las cosas también puede moverme. Lo que me toca de lo que cuentan, sin embargo, son pedazos sueltos de un cuadro cada día más despostillado, borroso y roto.

No me reconozco en ninguno de esos membretes. Las casas que nos ofrecen desde las cuales mirar y actuar en el ámbito de lo público me resultan profundamente inhóspitas. No me gustan sus modos y sus formas; tampoco me gustan sus discursos ni los hechos concretos que producen. En cada una de esas casas posibles encuentro hebras sueltas de la que soy. Ninguna de ellas, sin embargo, me resulta mínimamente habitable.

Tiene, sin duda, cosas muy buenas no sentirse parte de ninguna casa de las que se nos ofertan desde la política como trincheras para vivirla. La libertad que da es deliciosa y tiene la ventaja adicional de evitarte el tener que andar justificando el membrete elegido. Pero sentirse tan lejos de todas las casas políticas posibles también tiene costos. Pertenecer a cualquier tribu impone concesiones y sacrificios, pero hay cosas, especialmente en política, que sólo pueden hacerse con y desde una manada.

Alguna parte de mí querría ser capaz de reconocerse en el imaginario colectivo asociado a algún membrete partidario. Pero lo que nos venden los partidos políticos hoy por hoy, desde todas las estaciones de radio, las calles, los puentes y los espectaculares gigantes, sólo me irrita o me aburre. No me dice nada de lo que quiero oír, no me dice nada que me interese oír. Algo así como querer comprar una casa y encontrarte con un vendedor que no tiene la que quieres, pero que insiste en venderte otra casa o alguna otra cosa que no te interesa y que, sobre todo, no tiene absolutamente nada que ver con esa casa aireada, luminosa, tibia y grande en la que te gustaría vivir.

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