marzo 26, 2012

Treinta y cinco años

Víctor Beltri (@vbeltri)
Analista político
contacto@victorbeltri.com
Excélsior

Para Silvana, la más maja de las madrileñas.

En 1521, y tras cruzar el mundo en busca de fama y fortuna, un puñado de valientes libró una batalla decisiva contra un pueblo magnífico que estuvo dispuesto a luchar hasta la muerte por defender una pequeña isla, en medio de un lago salobre, en donde había sido construida la ciudad más hermosa del mundo.

Hay una placa que conmemora esta batalla, en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. El mensaje resume a la perfección esta historia de arrojo y valentía: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota; fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

La placa no podría estar en un lugar más adecuado. No sólo por el hecho histórico de que la batalla haya sido librada precisamente ahí, sino por lo que Tlatelolco significa para México. En algún momento sede del mercado más grande de Mesoamérica, Tlatelolco fue también el lugar en donde ocurrió la terrible matanza de estudiantes en 1968, despertando la consciencia nacional sobre el autoritarismo y la represión que se vivía en aquellos tiempos. En Tlatelolco, también, se firmó el tratado que libró a América Latina de armas nucleares, mismo que representó un Premio Nobel de la Paz para la diplomacia mexicana. Tlatelolco es, así mismo, el lugar emblemático del terremoto que devastó a la Ciudad de México en 1985. Fecha tras fecha. Sufrimientos y alegrías. Resurgimientos continuos.

México, como lo asienta la placa citada anteriormente, es un pueblo eminentemente mestizo. Las tradiciones, la cultura, el sincretismo religioso. Mezcla perfecta de dos pueblos que, sin saberlo, crearon con su encuentro una historia completamente diferente y que, abrevando de ambos, encontró su propio camino. México no podría comprenderse sin la influencia de aztecas y españoles, así como España no podría entenderse sin México.

En la primera mitad del siglo veinte, ante la llegada de la dictadura de Francisco Franco, México decidió cerrar la puerta al autoritarismo al tiempo que la abría a los ciudadanos españoles, quienes llegaron a hacer las américas sin darse cuenta de que terminarían hechos por las mismas. El aporte de esa generación de españoles en México fue formidable en términos no sólo comerciales, sino de industria y sobre todo de conocimiento. México estaría en deuda con España por lo que sus hijos han dejado en nuestra tierra, si no fuera porque la deuda fue saldada con la hospitalidad y el cariño que propició que aquellos españoles terminaran integrándose en la sociedad mexicana, inculcando a sus descendientes el amor y el compromiso con su nueva patria. Los hijos y nietos de aquellos españoles son tan mexicanos como el que más, aunque sigan comiendo fabes y morcilla los domingos mientras despotrican contra el Florentino Pérez de turno.

Dos pueblos tan unidos no podían seguir separados y, así, el 28 de marzo de 1977, se reanudaron las relaciones diplomáticas entre ambos tras la muerte del dictador. Es, indudablemente, una ocasión gozosa celebrar en esta semana los 35 años de una relación que no podría encontrarse en mejor momento: los resultados de una atinada gestión de los temas económicos entre ambas naciones; la cooperación técnica y científica; el intercambio cultural creciente y el grado de entendimiento que permite un discurso político fluido, no son sino el marco de referencia para evidenciar el interés mutuo y el cariño de dos pueblos que reconocen su cercanía y demandan lazos más estrechos, historias entrelazadas y condiciones propicias para que la relación entre ambos sea cada vez más cercana.

Esta cercanía, éste intercambio, éstos resultados, no son sino el reflejo de la dedicación de la cancillería mexicana por cuidar la que debe de ser su puerta a Europa y socio más que natural. Hay mucho que aprender, sin embargo, de los dos lados. La experiencia española en la transición democrática, en el momento en que México trata de consolidar sus propias instituciones, es poco menos que invaluable. La proyección de las empresas españolas a nivel internacional, el desarrollo de una marca-país para atraer el turismo: lecciones indispensables para México. España, por su parte, puede aprender de las soluciones que los economistas mexicanos han desarrollado para enfrentar crisis tan graves como la que los ibéricos atraviesan en estos momentos, así como de la manera de conciliar intereses, favorablemente, de vecinos que se encuentran en una relación asimétrica, lo cual es indudablemente, en nuestro caso, un logro más de la cancillería mexicana.

México y España están de plácemes, ésta semana. Treinta y cinco años, de iure, de una relación de facto que se remonta a más de cinco siglos y no ha hecho sino enriquecer, en todos los sentidos, a las dos naciones. Una relación que se enfrenta, cada día, a nuevos retos por resolver, en diferentes arenas. Económicas, comerciales, políticas, culturales, asignaturas para dos países que comparten no sólo raíces sino frutos, y cuyas historias se entreveran y proyectan a futuro en una relación que en estos momentos se antoja inmejorable. Dos naciones que siguen tejiendo, entre sí, un tejido incomparable en el que las semejanzas los acercan mientras que sus diferencias, indiscutiblemente, los enriquecen. Así, ésta semana, no digamos simplemente ¡viva México! o ¡viva España! Más bien, celebremos la amistad incomparable entre dos pueblos que se reconocen y quieren ser cada vez más cercanos. Y que los 35 sigan contando, sin detenerse.

No hay comentarios.: