marzo 02, 2012

Un Chevrolet para Obama

Fran Ruiz (@perea_fran)
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

El presidente Barack Obama dijo el martes en Detroit, ante trabajadores de la General Motors, que cuando deje la Casa Blanca dentro de cinco años —o sea, en enero de 2017— se comprará un Chevrolet. El anuncio lo hizo el mismo día en que, no muy lejos de allí, Mitt Romney (nacido en Detroit) luchaba angustiado para evitar que su rival, Rick Santorum, le humillase con una victoria en su estado natal, Michigan, donde se celebraron primaras republicanas.

Al final, se impuso Romney, aunque por poco; pero regresemos de nuevo al Chevrolet de Obama. Se le podrá criticar de arrogante y en exceso confiado en su victoria este noviembre, pero tal y como está la carrera republicana por la candidatura presidencial, la reelección del demócrata nunca ha estado tan cerca.

A seis meses para la Convención Nacional de Tampa (Florida), los republicanos están más divididos que nunca y la incertidumbre sobre quién será en agosto ungido como candidato presidencial es total. Ninguna de las dos corrientes dominantes es capaz de imponerse a la otra: por un lado pelea el oficialismo, que apoya al candidato más pragmático, Mitt Romney; y por el otro pelea el sector rebelde, dominado por el Tea Party, que apoya al radical Rick Santorum.

La ironía en la actual batalla republicana es que el Tea Party, que hundió a los demócratas en la elecciones legislativas de 2010, podría ser ahora el principal responsable de la reelección de Obama dentro de nueve meses. ¿Y cómo acabaría sucediendo esta tragedia para ellos? Fácil: espantando al voto moderado, mediante la imposición en campaña de un candidato radical —Santorum—, quien a su vez ha forzado a su más directo rival —Romney— a radicalizar también su discurso.

La clase media estadunidense, que al principio vio con simpatía la ruidosa aparición del Tea Party, como reacción a la victoria del “radical” Obama en 2008, se está ahora alejando de los republicanos al comprobar que, en realidad, el radical no es el presidente demócrata, sino la oposición republicana. ¿Se acuerdan de lo que le ocurrió a López Obrador en 2006, cuando espantó a miles de potenciales votantes con su discurso radical? Pues algo parecido es lo que está ocurriendo ahora en EU, para alegría de los demócratas.

Un ejemplo de cómo el radicalismo perjudicó seriamente las aspiraciones de Santorum esta misma semana. Ya vimos que si el candidato del Tea Party hubiera ganado en Michigan habría asestado un golpe casi mortal a Romney, pero no fue así por muy poco, por 3.2 puntos de diferencia. Si vemos con lupa el escrutinio resulta que el grueso del voto femenino republicano abandonó a Santorum y apoyó a Romney, lo que pudo ser decisivo para que la balanza se inclinase a favor del menos radical de los dos.

¿Qué grave error cometió Santorum? Dijo, ni más ni menos, que los anticonceptivos “son un peligro para la mujer y para la sociedad”. ¿Se puede decir mayor estupidez que esta? ¿Qué pretende Santorum, que las estadunidenses se olviden del sexo y se pongan a parir como conejas?

Ahí les va otro error del candidato ultracatólico. En un mitin el sábado pasado en Michigan declaró lo siguiente: “Entiendo por qué Obama quiere que los jóvenes vayan a la universidad. Los quiere hacer a su semejanza; quiere adoctrinarlos en recintos progresistas”. ¿Cuántos universitarios en todo el país se habrán quedado estupefactos con esta declaración? ¿Cuántos votos habrá sumado Obama gracias a Santorum?

Y Romney no se queda atrás. No sólo ha perdido para siempre el favor de los hispanos, tras apoyar de manera entusiasta la deportación de indocumentados (o la “autodeportación”, como propone), sino que desprecia a la clase media obrera, golpeada duramente por la crisis, con declaraciones como “tampoco es para tanto”, cuando se le preguntó si creía un exceso ganar 374 mil dólares por ocho discursos que dio el año pasado.

Su resistencia a reconocer que paga en proporción al fisco mucho menos que la mayoría de los estadunidenses, pese a contar con una considerable fortuna, ha irritado a la clase media, que defiende la intención de Obama de que los ricos paguen mucho más.

Cuanto más se resista Romney (y como él todos los republicanos) a que sean los ricos los que paguen la dureza de la crisis, y no la clase media, más cerca estará Obama de acariciar una nueva victoria.

Así que, tal como están las cosas, que nadie se extrañe si en enero de 2017 vemos a Romney paseando con su lujoso Cadillac y soñando con lo que un día pudo ser y no fue, mientras rebasa a gran velocidad a un canoso Obama, distraído al volante de su Chevrolet, al recordar la gloria de haber dormido ocho años en la Casa Blanca.

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