marzo 22, 2012

Vida y conversión de Benedicto XVI

Carlos Tello Díaz
Carta de viaje
Milenio

El 19 de abril de 2005 el cardenal Joseph Ratzinger fue electo Papa con el nombre de Benedicto XVI. Sus palabras al aparecer en el balcón de la basílica de San Pedro fueron éstas: “Queridos hermanos y hermanas, luego del gran papa Juan Pablo II, los cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde labrador en la viña del señor”. ¿Quién era? ¿Cuál era la historia de Benedicto XVI?

Joseph Ratzinger nació el 16 de abril de 1927 en el pueblo de Marktl-am-Inn, en Bavaria. Su vida se confundió muy pronto con la historia trágica del siglo XX. En 1941, a los 14 años, presionado por su entorno, se vinculó a la Juventud Hitleriana; en 1943, reclutado con el resto de su clase, se incorporó al ejército alemán. Un año más tarde fue puesto a trabajar en la defensa de la frontera con Hungría, en preparación para la ofensiva del ejército rojo. Era miembro de la infantería, pero no fue nunca enviado a combatir al frente. Al término de la guerra fue internado en un campo de prisioneros, pero repatriado poco después. La experiencia de la guerra no parece haberlo transformado, a diferencia de lo que sucedió con Karol Wojtyla. Ratzinger estudió en el Seminario de San Miguel y la Universidad de Munich, donde escribió su tesis sobre San Agustín, y participó en el Concilio Vaticano Segundo como peritus (asesor teológico) del cardenal Joseph Frings, de Colonia. Era percibido entonces como un reformista por su apoyo a las posiciones del concilio, en particular a un documento que proclamaba la libertad religiosa y el respeto a las otras religiones, llamado Nostra Aetate. Publicó por esos días, también, un libro que criticaba la centralización de las decisiones de la Iglesia en Roma. En su opinión, el sumo pontífice, antes de tomar una decisión, tenía el deber de escuchar las diferentes voces de la Iglesia. Afirmaciones como ésta serían luego suprimidas de las reediciones de su libro, luego de que tuvo lugar su conversión.

La conversión sobrevino hacia principios de los 70. Sus opiniones eran muy distintas a las del concilio cuando en 1977 fue nombrado arzobispo de Munich. En 1981, el papa Juan Pablo II lo nombró prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Su misión fue mantener la pureza teológica en sintonía con la del Papa. Es decir, contra el sacerdocio femenino y el celibato opcional entre los sacerdotes; contra el feminismo y la homosexualidad; contra la clonación y la inseminación artificial; contra el aborto, desde luego, pero también contra el control natal y el uso del condón en los tiempos del sida. Y contra la teología de la liberación, que culminó en el juicio a Leonardo Boff. Ratzinger publicó esos días una instrucción para “llamar la atención de los pastores, de los teólogos y de los fieles sobre las desviaciones que dañan la fe y la vida cristiana y que han sido generadas por algunas formas de teología de la liberación que usan, de un modo poco crítico, conceptos prestados de varias corrientes del pensamiento marxista”.

La conversión era completa. Así, quien criticó en los 60 el centralismo de la Iglesia, con su libro Introducción al cristianismo, censuró en los 80 a su ex amigo, el teólogo Hans Küng, por cuestionar la infalibilidad del santo padre. Y quien defendió en 1965 el documento Nostra Aetate, que proclamaba la libertad religiosa y el respeto a otras religiones, publicó en 2000 el texto Dominus Iesus, que condenaba a todas “las teorías relativistas que buscan justificar el pluralismo religioso”. Pues ese era, decía, “el problema central de nuestra fe hoy en día: la dictadura del relativismo”. ¿Qué diálogo podía tener, en el mundo de hoy, un cristiano con un musulmán? Ninguno. El propio Benedicto XVI eliminó la Congregación para el Diálogo Interreligioso. No le interesaba mantener el diálogo con las otras religiones, en particular con el islam. Al defender su postura afirmó que el diálogo entre las religiones debía tener lugar sobre la base de la igualdad de la dignidad humana, pero que esta igualdad no debía implicar que cada lado tuviera igualmente la razón. Las religiones eran iguales, pero había una que era más igual que las otras.

Los mexicanos reciben sin entusiasmo a Benedicto XVI en el estado más católico de México: Guanajuato. A 55 por ciento de la población le emociona poco/nada su visita, según una encuesta de Covarrubias y Asociados. Los deja fríos un Papa sin carisma. Pero no solo eso. Muchos saben que entorpeció la investigación de los abusos cometidos por el padre Maciel y algunos incluso conocen la carta que, al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, escribió en 1985 a un obispo que pedía la expulsión de un sacerdote de su diócesis que había sido condenado por atar y violar niños en una iglesia de California. Joseph Ratzinger lo frenó: “A pesar de que esta corte considera especialmente graves y significativos los argumentos presentados a favor de la destitución, le parece sin embargo necesario considerar el bien de la Iglesia universal”.

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