abril 26, 2012

El cártel de los encuestadores

Juan Manuel Asai
jasaicamacho@yahoo.com
Códice
La Crónica de Hoy

Ver para creer. Los encuestadores son las verdaderas estrellas de la campaña presidencial 2012. A pesar de que en la contienda participan políticos que tienen empaque nacional, conocidos en todo el país, como Enrique Peña y Andrés Manuel López Obrador, los actores políticos más prominentes de la última década, las irrupciones de los encuestadores tienen más impacto que las apariciones de los candidatos. Las encuestas son herramientas, más que eso, son armas de la lucha política. Si somos exigentes, la fama de los encuestadores es bastante injusta, pues suelen equivocarse más de lo que aciertan. Algunos se equivocan de manera flagrante y nunca pagan el precio. Los encuestadores que pronosticaron un triunfo cómodo del PAN en las elecciones de Michoacán, que como sabemos ganó el PRI, deberían tener prohibido participar en la actual elección presidencial, pero no. En el mundo de los encuestadores impera, como en el de la delincuencia organizada, la impunidad.

¿Pueden considerarse las casas encuestadoras una forma de crimen organizado? Reconozco que suena a disparate, pero la respuesta podría ser positiva. Se trata, después de todo, de un grupo de individuos que se confabulan para obtener pingues beneficios económicos por difundir información falsa, maquillada, manipulada, al gusto del cliente y la hacen pasar a la sociedad, a través de los medios, como verdadera. Se asemejan a esas calificadoras de los mercados bursátiles que manejan datos que significan fortunas. En el caso de esta campaña presidencial hemos llegado a extremos nauseabuendos. Una casa de encuestas, contratada por Los Pinos, sostuvo que la distancia entre el primer y segundo lugar de la competencia era de 4 puntos, casi un empate técnico. Días después otras sostuvieron que la diferencia era de 30 puntos. ¿Puede pasar algo así siguiendo procedimientos científicos? Eso de los “procedimientos científicos” lo dicen, claro, los mismos encuestadores. Un margen de error superior a 20 puntos es para pedir que la policía tome cartas en el asunto.

Pongamos otro ejemplo. Un grupo de individuos aprovecha vendiendo un producto que hace que la gente adelgace de manera milagrosa. Saben que están mintiendo, pero de cualquier manera lo anuncian y lo venden y si la gente sigue gorda es problema de la gente, no de ellos. Los encuestadores difunden información que saben que es falsa, si sus pronósticos no se cumplen es lo de menos porque ellos ya cobraron; además, después de todo, no los contrataron para acertar en el resultado, sino como arma política de coyuntura.

Las casas encuestadoras que contratan periódicos nacionales no pueden desligarse de los intereses políticos y económicos de los dueños de esos diarios. Si los resultados del ejercicio no son útiles para los dueños de los diarios se guardan en un cajón, o pasan al archivo muerto y nunca son publicadas. Pueden sostener una barbaridad que la realidad corrige, como lo han hecho muchas veces, pero a la siguiente elección ya están de nuevo ahí, vendiendo sus numeritos. ¿Es culpa de ellos o del periódico que los contrata?

Los encuestadores están en vías de convertirse en un grupo de presión. En un poder fáctico que vive en buena medida del dinero público. Los recursos que les dan los partidos los ponemos los ciudadanos. De manera que la gente común y corriente paga sus impuestos y ese dinero termina en los bolsillos de los dueños de las casas encuestadoras que al menos durante las campañas ganan más dinero que las casas de bolsa y las de apuestas. De hecho las casas de juego y las de encuestas deberían pertenecer a la misma cámara comercial.

Se dirá que el impacto de las encuestas es proporcional a nuestra falta de cultura democrática. Se dirá también que una democracia incipiente, que apenas gatea, que está aprendiendo sus primeras palabras, se deslumbra con facilidad ante los actuarios que dieron con un nicho de mercado plagado de bobos ansiosos, me refiero a los candidatos, con muchas ganas de gastarse dinero ajeno. Los piensan exprimir. Lo están haciendo. Ojalá sea eso de la inmadurez y se nos quite con el paso de los años, cuando seamos grandes.

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