abril 27, 2012

El cuento de los toros, otra vez

Salvador Camarena (@SalCamarena)
salvador.camarena@razon.mx
La Razón

En un comportamiento que raya en lo esquizoide, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal tenía ayer entre manos dos iniciativas que, aunque en apariencia similares, son excluyentes. Por un lado el dictamen que prohíbe las corridas de toros y, por el otro, un pliego de modificaciones al Código Penal para tipificar el maltrato a los animales.

¿Que dónde está la contradicción? En que el primer documento nació muerto, inviable merced a vayan a saber ustedes qué presiones, mientras que la reforma a la ley para la protección a los animales (menos los toros) tenía más posibilidades de avanzar, según enterados, precisamente como moneda de cambio para tratar de que defensores de los derechos de los animales quedaran con la idea de que algo habían ganado al perder la posibilidad de discutir la cancelación de los festejos taurinos.

La legítima demanda de un sector de la población para que se discuta la vigencia de un espectáculo centenario, pero de crueldad innegable, se ha frustrado una vez más, pero la primera pregunta es si había realmente interés en que avanzara. Hay que recordar que el dictamen aprobado en la Comisión de Administración Pública Local corresponde a una iniciativa presentada por el singular diputado Christian Vargas, mejor conocido por sus lances a golpes, quien sin embargo abandonó el proyecto en octubre pasado luego de entrevistarse con el empresario de la plaza de toros, Rafael Herrerías. A pesar de ello la iniciativa siguió su curso parlamentario hasta que murió cuando lo que tocaba era llegar al pleno (el asunto fue festejado ayer como una victoria por portales taurinos de España: “La Asamblea del DF vota a favor de los toros”, titulaba mundotoro.com, portal que remataba con la frase: “la primera batalla se ha ganado”).

Más que una posibilidad, en el DF el asunto de la prohibición de las corridas de toros es un cuento que resulta útil a diversos intereses. Veamos por ejemplo al llamado Partido Verde Ecologista de México, que acompañó algunas de las protestas antitaurinas. No voy a cuestionar la congruencia de esta organización “verde” que promueve la pena de muerte y hace candidatos a cazadores, sino que dado que son buenos para encontrar temas que les den votos, es imposible no pensar que apoyarían protestas a sabiendas de que no tendrían costos —la iniciativa difícilmente avanzaría, pues ni de lejos es la primera que se presenta— y sí obtendrían eventuales rendimientos en época electoral. Habrían quedado bien con Dios y con el Diablo, como se dice popularmente.

Pero este tema de las corridas de toros ha dejado sobre todo un saldo negativo. Los asambleístas dieron la espalda a un requisito indispensable en una vida democrática plena: que se garantice el debate, en el foro diseñado para ello, de un tema que enfrenta a sectores de la sociedad. No llevar al pleno el dictamen parece más bien una chicanada, pues estos diputados ya se van y el tema se perderá en el cambio de legislatura.

Los taurinos podríamos decir que “ganamos”, qué bueno que siga habiendo fiesta en la ciudad de México. Sin embargo, si algo echaron de menos los “prohibicionistas” fue el escuchar los argumentos de quienes se oponen a la abolición. Ganar sin debatir sabe a poco y no augura nada bueno para una fiesta de gente que se juega la vida ante un toro.

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