abril 29, 2012

El discurso apocalíptico de López Obrador

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
La Semana de Román Revueltas Retes
Milenio

Circulan en la Internet muchas conjeturas sobre el futuro desempeño de los candidatos en caso de que lleguen a la presidencia de la República. Son predicciones que determinan, desde ya, las catastróficas consecuencias de que vuelva el PRI al poder o de que las “cosas sigan como están” si triunfa el PAN o de que se instaure el nefasto populismo del aspirante perredista.

Cada uno de los trasmisores de los mensajes, desde su trinchera, viene siendo la representación misma de un México irremediablemente dividido en facciones irreconciliables, en bandos de adversarios que no se pondrán nunca de acuerdo y que, por ello mismo, se sospecharía que no van a participar jamás en la construcción de un proyecto común. Es grave, en este sentido, que el triunfo fatal e inevitable de una de las facciones (y, sí, en efecto, alguien —es decir, uno de los tres y nadie más— terminará por ganar las elecciones el 1º de julio, con perdón de la perogrullada) vaya a infundir, en los perdedores, un sentimiento de no pertenencia al mismo espacio público como si creyeran, por el mero hecho de ya no sentirse representados políticamente, que el país —su país, ni más ni menos— les ha sido secuestrado, quitado de las manos y puesto bajo el mando de un grupo con el que no se identifican en lo absoluto.

Pero, más allá de las futuras inconformidades y frustraciones ciudadanas, eso ya ocurre. Estamos hablando de un fenómeno que se agudizó con la derrota de López Obrador en 2006 y que había comenzado anteriormente, en el escenario de una contienda electoral, desde el instante en que Fox proclamó que había que “sacar a patadas al PRI de Los Pinos”. Lo que en su momento fue una refrescante gracejada de un candidato peleón se volvió, con el tiempo, una inquietante manifestación colectiva de intolerancia y ferocidad. El episodio de “cállate chachalaca” hubiera sido una simple anécdota en el camino de un candidato que, contrapuesto a la realidad de la derrota e incapaz de reconocer sus propios yerros, se dedicó entonces a promover un clima de rabioso enfrentamiento sembrando, entre sus seguidores, la especie de que la presidencia de México les había sido robada. Y ocurrió, ahí, la eclosión final. ¿Quién no se indigna, con toda justicia, al sentirse despojado?

Hoy, vivimos todos los días ese clima de encono y malquerencia a pesar de que uno de los candidatos, Enrique Peña Nieto, ha dicho expresamente que “no desea que la política divida a los mexicanos” y de que otro, el antiguo provocador, se ha reciclado en el artífice de una república tan “amorosa” como poco probable. Sin embargo, seguimos encontrando, en el discurso pretendidamente renovado de este último, elementos del tremendismo de siempre. Nos envía, justamente, una carta por Internet para instigarnos a que votemos por él. No es un asunto menor porque solamente así, eligiéndolo para que se aúpe a la silla presidencial, “podremos salvar a México y a nuestro desdichado pueblo”. Un país que necesita ser “salvado”, si entiendo bien, no se encuentra en una situación de mediana normalidad (de la misma manera, las almas que requieren “salvación” afrontan, por ese mero hecho, una disyuntiva colosal, trascendente y determinante, algo de dimensiones en verdad apocalípticas). Y, bueno, la circunstancia exige, a su vez, la intervención de un “salvador”. Pero, no hace falta recorrer mucho trecho para saber que ya lo tenemos a la mano, a nuestro hombre, aunque requiera, para la faena, de los votos de muchos ciudadanos que no se encuentran, con su permiso, en situaciones de emergencia extrema. Ah, y como en toda promesa de redención debe existir un castigo divino, pues ahí está también la gran amenaza del infierno que nos aguarda: “Como comprenderás, en esta contienda está en juego el destino de México y de todo el pueblo. Te aseguro que si se imponen por dinero, engaño o manipulación quienes no quieren un cambio de fondo, continuará la degradación económica, política, social, cultural, moral y espiritual, y heredaremos a las nuevas generaciones un país envilecido, decadente y destruido por completo”.

La destrucción completa de México, señoras y señoras, si votan por Peña o por Josefina. Digo, ¿vivimos todos en el mismo país? Creo, desafortunadamente, que no.

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