abril 05, 2012

El "gabinete" de AMLO

Alfonso Zárate Flores (@alfonsozarate)
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC
El Universal

Son dos, al menos, los datos novedosos de la campaña de Andrés Manuel López Obrador. El primero, su reinvención; esa mutación “milagrosa” (así la definió el obispo de Jalapa, Hipólito Reyes) que tiene como objetivo suplantar al líder confrontador y antiinstitucional por otro reflexivo, amoroso y prudente. El segundo, la prefiguración de un equipo de gobierno que, de ganar, lo acompañaría en posiciones clave.

El candidato de las llamadas izquierdas entendió, quizá tardíamente, que no habría forma de disputar seriamente la Presidencia desde una postura rupturista y que su reacción ante el resultado en 2006 (bloquear Paseo de la Reforma, intentar impedir la toma de posesión de Calderón y declararse “presidente legítimo”, principalmente) le había restado el apoyo de importantes sectores.

“La república amorosa” es el epítome del nuevo AMLO, un político de tintes místicos, incluso religiosos. ¿Cómo habría que tomar eso de que ya perdonó a Calderón? Por allí se ubica el nombre con el que bautizó a su movimiento: Morena que se asocia en el inconsciente con “la morenita del Tepeyac”.

Frente a los dichos —más con ánimo burlón que de análisis— que ubicarían en su gabinete a personajes del talante de René Bejarano o Gerardo Fernández Noroña, el tabasqueño ha convocado a algunos profesionales prestigiados, pero también a otros mediocres o verdaderas incógnitas.

El equipo es determinante en el desempeño de una administración. Si la designación responde al análisis de sólidas trayectorias, ricas experiencias y oficio político, la gestión puede ser eficaz incluso en un entorno desfavorable. Pero si en vez de racionalidad político-administrativa prevalece la cercanía, los resultados suelen ser mediocres. Qué bueno que López Obrador le exija honestidad a sus colaboradores, pero creer que esa condición basta para hacer un buen funcionario, es por lo menos ingenuo.

A cuentagotas, para ir administrando la difusión, López Obrador ha venido anunciando los nombres de quienes se integrarían a su gobierno. Hoy el gabinete está casi completo, sólo faltan los titulares de Defensa Nacional y de Marina que, tradicionalmente, provienen de las propuestas de altos mandos de las Fuerzas Armadas. Algunos de los nombrados tienen capital político: Marcelo Ebrard, que ocuparía Gobernación, y Juan Ramón de la Fuente, en la SEP; otros, como Javier Jiménez Espriú, que iría a Comunicaciones y Transportes; Rogelio Ramírez de la O, Hacienda; René Drucker, para encabezar una nueva secretaría de Ciencia y Tecnología, y el embajador Jorge Eduardo Navarrete, a Relaciones Exteriores, ostentan una trayectoria ejemplar en sus materias.

Pero no faltan las propuestas endebles. En Nuevo León, Andrés Manuel anticipó que Bernardo Bátiz sería procurador porque es “una persona íntegra, incapaz de cometer una injusticia, de falsificar la realidad”. Quizás lo sea, pero durante su paso por la Procuraduría del DF fue decepcionante.

A Manuel Mondragón y Kalb, actual secretario de Seguridad Pública del Gobierno del Distrito Federal, le encomienda un milagro: crear una Policía Federal que permita “retirar en un plazo de seis meses al Ejército mexicano de las calles”.

Están también los nuevos aliados, como los empresarios Fernando Turner (presidente de la compañía fabricante de partes de automóvil Katcon y de la Asociación Nacional de Empresarios Independientes) para Economía; Adolfo Hellmund López para Energía y Miguel Torruco Marqués, ex rector de la Universidad de Turismo y Ciencias Administrativas y ex presidente de la Confederación Nacional Turística (CNT), para la secretaría del ramo.

Un gabinete de claroscuros que, en su esencia, parece muy distante de las nuevas generaciones. Y esto, quizá, sea sólo un signo de las dificultades que enfrenta López Obrador para generar interés en un electorado mayoritariamente joven, sin memoria de antiguas glorias o viejos autoritarismos.

Eso explicaría que el hombre que hace seis años encabezaba todas las encuestas hoy aparezca en tercer lugar. Si en 2006 hubiera aceptado los resultados y asumido el liderazgo cívico, constructivo, propositivo, de millones de mexicanos lastimados por tantos años de maltrato, hoy sería el candidato a vencer. Pero, ni modo, como dicen: el hubiera no existe.

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