abril 20, 2012

El verdadero cambio

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

La semana pasada comentaba con usted que el discurso de cambio que ha enarbolado el candidato del PRI no parece tener sentido. No ofrece nada diferente de lo que ya está haciendo el gobierno de Felipe Calderón, salvo aprobar reformas legislativas que el mismo PRI obstaculizó en los últimos dos sexenios. Sin embargo, este punto puede ser el verdadero cambio que ofrece el PRI.

Hace ya un par de años (16 marzo 2010), en estas páginas, Peña Nieto defendía la necesidad de contar con una mayoría legislativa, aunque para ello fuese necesario otorgar una sobrerrepresentación significativa a un partido. En su opinión, bastaría con que un partido alcanzase 35% del voto para que pudiera tener mayoría en el Congreso. Su texto se titulaba “Mayorías en el Congreso para un Estado eficaz”. Es decir, que Peña necesita tener la mayoría en el Congreso para poder ser eficaz. Por eso la única aportación que ofrece a lo que ya hoy se hace es aprobar reformas en el Congreso, porque parte de la idea de que tendrá mayoría. Y es que sin ella no podría hacer sino lo que el PAN ha hecho en la Presidencia. Cuando mucho.

La petición de principio que hace Peña es de la mayor importancia. Si efectivamente tuviese la mayoría, ¿qué impediría que gobernase como el PRI lo hizo siempre? ¿O como lo hacen en los estados? Vuelvo a insistir en que no estamos dando el justo valor al cambio que hemos vivido en estos últimos 15 años, es decir, desde que nadie tiene mayoría (en particular el PRI). En estos tres lustros hemos logrado: la autonomía de la Corte (que impide expropiaciones como la de Cristina Kirchner en Argentina), la autonomía del Banco de México (que impide que se manipule el dinero), la creación y sobrevivencia (aunque sea con dificultades) del IFE, el IFAI y la CNDH. Muy importante, tenemos prensa libre, incluso para suicidarse. No le recito la letanía de las diferencias económicas entre estos 15 años y los anteriores porque es innecesario: no hay ninguna variable que haya estado mejor antes que ahora, aunque las de ahora no nos gusten.

Pero como hay quien no recuerda, vale la pena insistir en que antes de 1997 no había en México más ley que la palabra presidencial, que igual podía expropiar la banca que privatizarla, que igual podía agotar las reservas del Banco de México que defender el peso “como un perro”.

Aunque no es necesario irse al pasado, basta con ir a los estados. Los gobernadores reproducen ese poder absoluto: controlan a su congreso local y a su tribunal, a su órgano electoral y de transparencia, a su comisión de derechos humanos y, sobre todo, controlan a los medios de comunicación. Insisto mucho en ello porque no hay democracia viable sin libertad de expresión y prensa, y en México no la hubo por décadas y no la hay hoy en los estados.

Muchos colegas me insisten en que no hay marcha atrás en el proceso político de México. Afirman que no hay manera de volver a tener un régimen autoritario. Todavía no he escuchado un argumento sólido, sin embargo. Las instituciones con que contamos son muy débiles, como lo mostró el sainete contra el IFE en 2006, que terminó violando la autonomía de la institución, removiendo a parte del Consejo y estableciendo una ley que, sin duda alguna, es un retroceso. Y eso ocurrió sin que hubiesen ganado los restauradores del viejo régimen.

Si el PRI gana la elección presidencial y tiene la mayoría en el Congreso, no veo por qué no harán lo que saben hacer, según mostraron durante el siglo XX a nivel nacional y muestran hoy, todos los días, en los gobiernos estatales: aplastar. Ejemplos de esta actitud sobran en América Latina, aunque tal vez el caso argentino sea hoy el más ilustrativo: por la vía democrática llega al poder un grupo que va destruyendo los contrapesos hasta que puede ejercer el autoritarismo pleno. En muy poco tiempo, destruyen todo.

¿Cuál es el contrapeso para un presidente priísta con mayoría en el Congreso? Ni la Corte ni el Banco de México pueden enfrentar a los dos poderes juntos. Mucho menos los gobernadores. Ningún órgano de Estado. Los medios de comunicación ya optaron por el suicidio. No en balde fue la televisión la que impuso a Peña Nieto. Los demás se han sumado, como las ranas que eligieron rey en la fábula de Esopo: una garza que después se las fue comiendo.

Éste es el cambio verdadero que ofrecen Peña Nieto y el PRI: la restauración del viejo régimen. Lo llaman Estado Eficaz para no espantar.

A lo mejor sólo vivimos 15 años de tregua.

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