abril 11, 2012

Los siete pecados capitales de México

Mauricio Merino
Investigador del CIDE
El Universal

Según la tradición medieval, los pecados capitales son siete: lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia y soberbia. Son capitales, dice esa tradición, porque de ellos se deriva el resto de los defectos humanos que contradicen la doctrina cristiana; de modo que eliminando éstos, también se conjurarían los otros. Si esta misma idea se llevara al territorio de la política mexicana creo que también habría siete pecados que estarían dando origen a casi todos nuestros problemas: la corrupción, la desigualdad, la discriminación, la ignorancia, la injusticia, la negligencia y la violencia —en estricto orden alfabético—.

Nuestra tragedia es que no tenemos ningún papa Gregorio ni mucho menos un Dante Alighieri para otorgarles a esos otros pecados políticos la densidad y la trascendencia que se merecen. En el mejor de los casos, nuestros dirigentes los abordan de manera parcial, con definiciones propicias para sus intereses electorales y tropezando con ellos a cada paso. Como si la violencia, por ejemplo, tuviera que resolverse a costa de la injusticia; o la ignorancia, pagando el precio de la corrupción; o la desigualdad, a cambio de la negligencia y la discriminación. Ninguno de los programas que están en disputa alcanza para atajar esos siete males de manera integral, ni hay a la vista una oferta completa para salir de ellos.

Ni siquiera hay definiciones exactas y compartidas por la clase política, a pesar de que todos sabemos que esos problemas fundamentales no podrán resolverse si no cuentan con el mayor consenso posible. Pero eso no significa que no haya diagnósticos claros ni propuestas bien formuladas para afrontar cada uno de ellos con éxito, generadas por grupos y organizaciones cada vez más conscientes y más numerosas de la academia y la sociedad civil. No ignoro que la clave de las contiendas electorales estriba en las diferencias que distinguen a los candidatos y sus partidos. Pero una cosa son esas diferencias y otra distinta es la hechura de visiones a modo que no sólo se excluyen unas de otras, sino que también traban las que se están gestando fuera del régimen de partidos.

Contra las mejores expectativas que había despertado la democracia, los partidos están dejando de ser el conducto más importante para imaginar y producir las mejores soluciones posibles, para volverse parte de los problemas. Las propuestas formuladas por la sociedad civil no están siendo escuchadas con seriedad por la clase política. Como si hubiera un muro insalvable cimentado en la desconfianza, los políticos profesionales prefieren enarbolar e imponer sus propias banderas aun a costa de ignorar las ideas de las organizaciones civiles, mientras que éstas siguen actuando en la vida pública como si pudieran prescindir de las decisiones políticas. No hay puentes que no pasen por la afiliación partidaria inequívoca o por la renuncia a las ideas propias.

Apremiados por la necesidad de ganar votos, los partidos políticos están cometiendo el error de imponer sus puntos de vista particulares a golpe de propaganda política, en lugar de escuchar los diagnósticos, las propuestas y las salidas que está construyendo la sociedad. Los partidos que compiten en la selecciones del 2012 no han salido a ganarse la representación de las mejores ideas frente a los problemas más graves, sino a persuadirnos de que ya cuentan con las respuestas perfectas.

Pero lo cierto es que a pesar de la campaña-espectáculo que estamos sufriendo, los pecados capitales de México no podrán resolverse sin un verdadero compromiso democrático, abierto y plural de la clase política, para escuchar y atender las voces de quienes los han venido planteando por años con mayor seriedad y profundidad analítica, aunque esas voces prefieran mantenerse al margen de la contienda y de la identidad partidaria. Desperdiciado el momento electoral, habrá que esperar hasta la siguiente estación para intentar el diálogo razonable que no estamos teniendo.

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