abril 20, 2012

Matando un elefante

Héctor Aguilar Camín (@aguilarcamin)
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Dice el poeta Luis Miguel Aguilar que George Orwell tiene un ensayo autobiográfico llamado “Matar un elefante”. Narra ahí cómo tuvo que matar uno cuando era comisario de policía en un pueblo de Birmania.

El elefante había enloquecido, como suelen enloquecer los elefantes, normalmente por razones territoriales, y se había zafado de la cadena que lo retenía, pues era un elefante domesticado, causando luego estropicios en la aldea y la muerte de un coolie al que había pisado y hundido medio metro en el fango, pues era tiempo de lluvias.

El dueño del elefante no estaba y alguien debía encontrar y matar al elefante como se mata a un perro rabioso. Ese alguien era el comisario Orwell. No tenía sino un rifle Winchester de dudosa potencia, por lo que mandó pedir otro, alemán, del calibre adecuado, y salió a buscar al elefante.

Fue preguntando por la aldea dónde se le había visto por última vez. Y conforme preguntaba, corría por el pueblo la noticia de que un blanco con un rifle iba a matar al elefante, por lo cual Orwell empezó a ser seguido por una muchedumbre de nativos curiosos. Todos amarillos.

Luego de varias pistas falsas encontró al elefante comiendo en santa paz en un paraje. Bajaba con la trompa ramas de un arbusto y las golpeaba contra sus rodillas para desbrozarlas antes de ponérselas en la boca. No había ya necesidad de matar al elefante, podía esperarse que llegara su dueño.

Pero la excitación de la muchedumbre hizo sentir a Orwell que no podía dejar de matar al elefante sin renunciar a su papel en el juego de máscaras de la civilización.

Orwell era en ese momento y en ese lugar la representación del hombre blanco y en defensa del prestigio del hombre blanco, a su vez encarnación del prestigio del Occidente, debía matar al elefante.

Se dispuso a matarlo con las cinco cargas del rifle que llevaba. No sabía entonces que a los elefantes hay que dispararles en la frente, entre los dos ojos, y disparó a un punto junto a la oreja, buscando el cerebro. El elefante se dobló, hincando las patas delanteras, pero no murió. Orwell disparó otra vez al mismo punto. La admirable enorme bestia cayó entonces por completo, panza arriba, pero al acercarse Orwell descubrió que seguía respirando. Vació lo que quedaba de carga del rifle, buscándole el corazón. Pero el elefante siguió respirando. Tardó media hora en morir.

De todo esto sacó Orwell una de las mayores vergüenzas morales de su vida y un rechazo absoluto al papel del hombre blanco en sus distintas representaciones, empezando por el imperio británico y terminando por la mismísima Corona.

No hay comentarios.: