abril 12, 2012

Otro nombre

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Vamos a tener que buscar otro nombre para las crisis, porque ese ya no sirve mucho. Muchos creen que la crisis económica continúa (en Estados Unidos) porque el desempleo sigue en niveles muy superiores a lo que se tenía antes de 2008

Sin embargo, cuando uno ve otros indicadores, resulta que la crisis hace rato que terminó, o en el peor de los casos, está ya terminando. Así ocurre con el ingreso de las personas, con las ventas al menudeo o con la actividad industrial, las otras tres series que usa la National Bureau of Economic Research para decretar inicios y fines de recesión.

La actividad industrial en el país vecino está creciendo a un ritmo superior al 4% anual. Va a ser el tercer año en que lo logre, de manera consecutiva, borrando la gran caída de 2009, de poco más de 11%, y quedando ya muy cerca de compensar incluso la caída de 2008, de poco más de 3%. Pero, mientras esta recuperación es casi completa, el desempleo está en niveles muy elevados, como decíamos. Antes de esta crisis, y durante 25 años, el desempleo se movía entre 4 y 6% de la población económicamente activa, aunque de noviembre de 1990 a agosto de 1994 estuvo entre 6 y 8%.

Pero ahora lleva ya mucho tiempo por encima incluso de ese nivel. Desde enero de 2009 la tasa de desempleo en Estados Unidos es superior al 8%. Pero el desempleo no es igual para todos. Quienes tienen título universitario enfrentan una tasa de desempleo de 4%. Los que tienen la preparatoria completa, en cambio, alcanzan 9% de desempleo. Y quienes no completaron la prepa rondan el 14%. Cabe aclarar que la proporción en la tasa de desempleo no ha variado mucho en los últimos veinte años, que es para los que hay datos. Desde los noventa, el desempleo entre personas sin preparatoria es entre 3 y 4 veces mayor, y el de quienes tienen preparatoria completa, dos veces mayor que el de los universitarios. Sí hay variaciones, aparentemente relacionadas al ciclo económico: cuando la economía crece, contratan proporcionalmente más personas con universidad, de forma que los otros dos grupos se vuelven “relativamente” más desempleados.

Sin embargo, cuando a la tasa de desempleo añadimos el ingreso, la situación es muy diferente. De manera casi sostenida, el ingreso de quienes tienen título universitario se ha separado de quienes no lo tienen. Comparando entre quienes tienen título y quienes sólo terminaron preparatoria, hasta fines de los setenta la diferencia era de 40% a favor de los primeros. Pero desde entonces ha venido creciendo, y en el último dato (2010) era un poco mayor al 100%.

Desde hace algunos años hemos insistido en estas páginas en que la forma de producir es cada vez menos intensiva en mano de obra, especialmente en los países desarrollados. Si sumamos a ello la incorporación de 2 mil millones de personas al mercado, que antes no estaban (China e India), es claro el por qué de la mayor disparidad, asociada al nivel educativo. Por un lado, se requiere menos mano de obra con baja calificación por unidad producida; por otro, hay más mano de obra con ese nivel de calificación.

Me parece que no hemos aquilatado el impacto que tiene la mayor intensidad tecnológica en la producción. Cada día se requiere menos participación humana por unidad producida. Esto puede ser una gran noticia, puesto que podremos tener más bienes y servicios con menor trabajo. Pero es también un problema, porque significa que muchas personas van a tener serias dificultades para obtener un ingreso.

Déjeme ir a España por un momento, en donde la mitad de los jóvenes no tiene empleo. Buena parte de ellos, con alto nivel educativo. El mercado no abre espacio para ellos, al menos en parte por lo que comentamos: cada vez se requiere menos trabajo humano para obtener una unidad producida. No dudo que haya muchos otros factores, incluyendo una legislación laboral rígida, que se sumen.

El punto relevante es que necesitamos entender que la transformación económica en que estamos es muy profunda, y que buena parte de lo que vivimos durante el siglo XX ya no tiene sentido, incluyendo el empleo, aunque suene muy extraño. Déjeme darle dos ejemplos de estos cambios, como ilustración. Hasta inicios del siglo XIX, no existía el empleo. Había artesanos con sus ayudantes, y había muchos peones en los campos. Había ya una burocracia creciente, y también cada vez más trabajo asociado a la educación. Durante el siglo XIX, el empleo como hoy lo conocemos empezó a crecer, pero fundamentalmente en la industria. La clase obrera, pues.

Durante el siglo XX esa clase obrera fue reduciéndose, y en su lugar crecía la “clase empleada”, los de cuello blanco como les dicen en Estados Unidos. Esa clase empleada es la que hoy desaparece. Walter Russel Mead, a quien hemos citado en otras ocasiones, le llama a ese arreglo del siglo XX el “modelo azul” porque se trasladaron los beneficios de la clase obrera, ganados en la primera mitad del siglo, a la clase empleada. Lo que las crisis financieras recientes nos muestran es que ese modelo ha terminado. Y el enojo de los indignados, y de griegos, italianos y españoles, es que lo que ellos creyeron que siempre funcionaría, para lo que se prepararon, no existe más. No hay empleo vitalicio, no hay prestaciones, no hay jubilación temprana bien pagada. Ya no más.

Pero eso no es una crisis, y por eso digo que hay que buscar otro nombre. No es una crisis porque no es un asunto pasajero, ni tiene que ver con los villanos de siempre, los financieros, como muchos creen. Es una transformación profunda, que nos encamina a nuevos arreglos sociales. Nada fáciles de imaginar, por cierto. Pero vamos a intentarlo en estas páginas, a ver qué logramos.

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