mayo 21, 2012

La protesta inusitada

Rafael Cardona (@cardonarafael)
racarsa@hotmail.com
El cristalazo
La Crónica de Hoy

Más allá de la naturaleza, el origen, las dimensiones o la paternidad de la manifestación del sábado en contra de Enrique Peña Nieto, la marcha ha sido la primera de estas características contra un candidato en tiempos de campaña.

Expresar rechazo contra alguien sin responsabilidades públicas (por lo general se combate a un político por sus hechos, no por sus promesas) es, al menos, un fenómeno nuevo, cuya aparición debe inscribirse en el catálogo de novedades políticas entre las cuales sobresalen, sin duda alguna, las redes sociales (una inocente diversión de adolescentes melancólicas, convertida en un arsenal atómico al alcance de cualquier dedo), pero sobre todo la utilización de esas mismas cadenas de comunicación y dispersión de actitudes, puntos de vista, ocurrencias, chistes, chismes y confesiones trascendentes para la movilización masiva.

Todo eso y muchas cosas más son las redes.

Pero en estos días han sido el vehículo anárquico (en sentido estricto pues no tienen gobierno) cuya múltiple metralla ha descascarado la cubierta de los viejos acorazados con cuyo tonelaje y blindaje la política tradicional soltaba amarras en su forma de comunicar.

La guerra de videos entre el PRI y su largo “infomercial” para disminuir el efecto negativo del viernes negro en la Ibero y los escopetazos de los tuiteros del grupo 132, son una muestra no sólo del choque de dos formas de hacer política y sembrar con su utilización distintas percepciones. Pero también son expresiones del enfrentamiento de dos formas de comunicar, el cual a su vez se fortalece con la crítica absoluta a quien usa los medios “en contra” del opositor. Como si fuera una novedad.

Pero quizá lo sea en el mundo del ciberespacio donde opera una nueva lógica: los medios tradicionales se venden; las redes sociales son funcionales y creíbles no por sus contenidos sino por la pureza, autonomía y libertad de quienes las utilizan sin ataduras ni compromisos. Ellos son jueces y parte. La red no tiene moral; no la necesita. Le basta con la ética de quien la usa; es decir, de quien no se juzga ni se exige, nada más “tuitea”.

Pero aun cuando eso puede ser cierto o no, el hecho en sí está por encima de la etiología: una presentación de campaña en una universidad aparentemente sin riesgo, adherida al sistema educativo jesuítico, mal manejada (haber desatendido las advertencias no tiene perdón) y peor operada (confrontarse con la masa) se convierte dentro y fuera en una pesadilla persecutoria de la cual no sólo no se han repuesto el equipo de campaña ni el candidato, sino algo peor –como ahora vemos— han logrado su propagación, como el fuego con el viento en una pradera seca.

A estas alturas tampoco debería sorprender cómo la candidata del Partido Acción Nacional, Josefina Vázquez deja sus hilos de seda y saca el alambre de púas, y arenga radiofónicamente para tomar las calles contra Peña, casualmente horas antes de la marcha para rechazar a su adversario en esta y otras ciudades.

La relación de estos dos fenómenos no es todavía muy visible, como tampoco lo es el reverso de la moneda: una manifestación de respaldo en favor de Andrés Manuel. Una cosa es un mitin y otra una marcha de apoyo cuya calidez colectiva recuerda la tarde del desafuero, momento estelar en la vida del tabasqueño y origen, quizá, del amor en la república o la república del amor.

Pero una cosa es la invisibilidad y otra la inexistencia.

En el primer caso no se sabe aún si la candidata estimula o nada más propone. Como sea, su discurso se mete en la coyuntura del rechazo. No importa si lo genera o nada más lo aprovecha. En el segundo caso las cosas son diferentes: Andrés Manuel apuesta desde hace mucho tiempo por al voto juvenil.

Pero lo conveniente, al menos para quienes se dedican al estudio de la política, la democracia y los medios de comunicación, es percibir la velocidad con la cual las cosas se han movido gracias al uso de las redes.

Alguien diría, es la misma velocidad de un teléfono, pero no es cierto. El teléfono no visibiliza los mensajes, no los escribe, no los deja con todo y huellas digitales ni los convierte en “links” desde donde se puede saltar a imágenes en movimiento, fotografías o documentos.

Por eso en estas actuales condiciones, vale la pena releer a Sartori:

“…No podemos impedir de modo alguno que la libertad de pensamiento y de expresión se transformen en libertad para propagar lo falso; no obstante tenemos el derecho, y el deber, de pensar mal.”

En esas pocas líneas se condensa la valoración de la propaganda política. De toda la propaganda política.

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