mayo 21, 2012

La última utopía

Héctor Aguilar Camín (@aguilarcamin)
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

La crisis europea, con el inminente hundimiento de Grecia fuera de las aguas comunes de la Unión, se lleva a golpes cada día una de las últimas certidumbres utópicas que quedaban en muchos.

Esa certidumbre es que los países de la Europa Occidental de fines del siglo XX parecían haber dado con una forma capaz de mezclar en dosis adecuadas los demonios del capitalismo con los sueños de la igualdad social.

El “siglo socialdemócrata” europeo, como lo llamó, con acento crítico, Ralph Dahrendorf, parecía haber encontrado la forma de que sus sociedades crearan riqueza a la manera capitalista, bajo el ethos de la competencia y el triunfo de unos sobre otros en talento y fortuna, a la vez que construía instituciones cuyo espíritu era disminuir las diferencias.

La social democracia europea, lo más parecido que hay en el mundo moderno a un equilibrio razonable de riqueza e igualdad, lleva años dando tumbos, emitiendo advertencias de fracaso, indignación y desengaño.

La diferencia del estrago en cada país indica quizá que no asistimos al fracaso del modelo mismo, como en la historia del socialismo real, parejo en su diseminación de opresiones, pobreza y burocracia, sino al ejercicio abusivo de sus reglas, la mayor de las cuales es una alta redistribución de la riqueza mediante altos impuestos y alto gasto en diversas modalidades del Estado benefactor.

El modelo socialdemócrata es un desastre en Grecia, una amenaza de desastre en España y Portugal, un riesgo mayor en Italia o Francia, pero sigue siendo ejemplar en Alemania.

Las diferencias de lengua, cultura, estilo de vida, disciplina social y modales políticos entre esos países son notables. Pero la diferencia en el tamaño de sus crisis podrían explicarse siguiendo solo dos variables: excesiva deuda y excesivo déficit fiscal.

Han gastado por encima de sus posibilidades nacionales girando contra los fondos de la Unión, engañando a veces a la Unión con sus gastos, y engañándose a sí mismos y a sus ciudadanos sobre las capacidades de su economía y de su estado de bienestar.

El sobregiro ha sido enorme y el sacrificio para pagarlo ha de serlo también, pero es inmanejable políticamente. Tanto que, como bien apunta Vargas Llosa en su artículo de ayer, uno de los miembros de la Unión que ha sorteado con bien la crisis, la Alemania de Angela Merkel, parece hoy el villano que exige a otros lo imposible y no el virtuoso que corrigió a tiempo sus excesos.

La terrenal utopía socialdemócrata será de disciplina alemana o no será. ¿Hay utopía mayor?

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