mayo 29, 2012

Las respuestas

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Comentábamos el jueves pasado acerca de las causas de la crisis global, porque aunque ha pasado ya tiempo, no parece convencerse todo mundo de que el origen de todo es un exceso de gasto. Pero una vez ocurrida la crisis, tampoco crea usted que todo mundo tiene la misma respuesta preparada

En una cosa, creo, sí había acuerdo. Inmediatamente, lo que había que hacer era evitar una quiebra generalizada del sistema financiero, o lo que es lo mismo, había que aportar los recursos necesarios para respaldar deudas que muy probablemente serían impagables. Eso hicieron los bancos centrales de todos los países desarrollados, empezando por la Fed, que inventó un par de billones de dólares (de doce ceros) para cubrir los huecos. Así como lo lee, se inventó dinero de la nada, igual que en México se inventó Fobaproa. Así se hacen los rescates bancarios.

Una vez evitada la catástrofe (algo que no se hizo bien en 1929), viene la segunda parte del asunto, que es en donde no hay acuerdo. Según unos, lo que se debe hacer es inyectar a la economía dinero para reducir en lo posible la caída de la demanda. Esta postura es la que se llama genéricamente “keynesiana” y que ha defendido todas las semanas Paul Krugman. La otra solución propone que los gobiernos vayan reduciendo su déficit para evitar más problemas, aunque eso pueda causar algunas dificultades en el corto plazo. Es la solución “austriaca”, que han defendido otros economistas menos famosos que Krugman.

La solución keynesiana, que el gobierno entre a sostener la demanda, incurriendo en un déficit, tiene su origen en un concepto de Keynes que se llama “multiplicador”. De acuerdo con esta idea, cada peso que el gobierno mete a la economía se convierte en varios pesos a través del consumo. Por ejemplo, digamos que el gobierno regala cien pesos a una persona que va pasando por la calle (no se ría, es una de las posibilidades). Esta persona va a usar esos cien pesos para, digamos, ir a comer. Va a comer y gasta 80 pesos, se queda con veinte. La señora de la fonda en la que comió tiene ahora 80 pesos, con los cuales va a comprar su recaudo para el día siguiente. Gasta 65 pesos, y se queda con quince. El señor de la tienda de abarrotes tiene ahora 65 pesos que no tenía, y puede con ellos pagar la luz, que no había pagado. Gasta 55 pesos y se queda con 10. La empresa de electricidad puede contratar ahora a alguien que vaya a limpiar las oficinas, a la que le paga 45 pesos, y así seguimos. Vea usted lo que ocurrió, los cien pesos son ahora 80 de la comida, 65 del recaudo, 55 de la luz, 45 de la limpieza, más lo que se quedó cada quien: 20 del primero, 15 de la señora, 10 del abarrotero, 10 de la compañía. La suma es grande: 80+65+55+45+20+15+10+10=300. Los cien pesos del gobierno se han multiplicado por tres, y eso que nada más los seguimos durante cuatro operaciones. Con los datos que le presentaba, el multiplicador es de 5, es decir, los cien pesos del gobierno acabarán convertidos en 500 pesos.

Por eso la propuesta de Keynes es tan popular con los gobiernos, porque les da un argumento para poder tener déficit. Si el gobierno tiene un déficit, digamos, de 1% del PIB, el efecto multiplicador lo convertirá en un crecimiento de la economía de 5%. Es tan atractivo este argumento que uno se pregunta por qué no los gobiernos tienen déficit de 20% anual y con ello duplican su economía cada año, ¿o no?

El problema es que este argumento no es correcto. Los cálculos que se han hecho en Estados Unidos para estimar el tamaño real del multiplicador concluyen que es, cuando mucho, de uno. Es decir, con suerte la economía recupera el dinero que el gobierno gastó de más, pero no siempre se logra.

Una de las razones por las que esto ocurre la planteó David Ricardo más de cien años antes de Keynes: cuando las personas ven que el gobierno se endeuda, se imaginan que tarde o temprano van a subir los impuestos, y al prevenirse de ello, el efecto del déficit en la economía desaparece. Esta idea de Ricardo fue replanteada en los años ochenta por Robert Barro (por eso se conoce como la hipótesis Ricardo-Barro). De acuerdo con esta versión, el efecto del déficit será de muy corto plazo, y rápidamente desparecerá. Hace unos días, el 10 de mayo, Barro publicó un artículo en The Wall Street Journal explicando por qué el estímulo económico en Estados Unidos no está teniendo resultado.

Para dejarlo más claro, déjeme regresar al famoso multiplicador. Le decía que, con los datos que planteaba, el multiplicador era de cinco. La razón es que este multiplicador es el inverso del porcentaje que ahorran las personas en la economía. Puesto que en mi ejemplo cada persona ahorraba 20%, el inverso de este número es precisamente 5. Si las personas ahorraran 50%, entonces el multiplicador sería de 2. Y aquí viene el problema. Si usted tiene una economía en donde las personas tienen deudas inmensas, que no van a poder pagar, y usted le regala dinero a estas personas, ¿qué van a hacer con él? Claro, pagar sus deudas, o ahorrar para hacerlo. Es decir, es muy probable que 100% de este dinero adicional que obtienen se quede detenido en la primera persona. En nuestro ejemplo, en lugar de ir a comer con los cien pesos recibidos, el señor corre al banco y adelanta un pago de su tarjeta de crédito. Si el ahorro de las personas es 100%, el multiplicador es 1.

La hipótesis de Ricardo-Barro no depende de la deuda, sino de que la población, cuando ve que el déficit se incrementa, supone que le van a cobrar más impuestos, y empieza a guardar para ello, con el mismo resultado del párrafo anterior. Así, el “estímulo fiscal” tiene un impacto durante unos meses, y luego deja de tenerlo. En pocas palabras, la idea de que el gobierno puede impulsar la economía mediante un déficit es equivocada. Pero es una idea atractiva, y por eso no desaparece.

Cuando los opinadores insisten en que para recuperar las economías hay que olvidarse de la austeridad, son apoyados por millones de personas que quisieran tener más dinero. Pero es una idea equivocada, que sólo aumenta el sufrimiento, conforme las deudas crecen, y por lo mismo se encarecen. Pero decirle a la población que no hay otra solución que trabajar más y comer menos, es indudablemente poco popular. Ni modo.

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