mayo 28, 2012

No les creo

Víctor Beltri (@vbeltri)
Analista políticocontacto@victorbeltri.com
Excélsior

Todos los días podemos ver, en las noticias, la crónica de alguno de los eventos en los que participan los candidatos presidenciales. Es perfectamente natural, y signo de una democracia sana, que quienes aspiran a gobernar expliquen sus propuestas ante diferentes auditorios. Así, los hemos visto en una gran cantidad de foros, a los que llegan, dirigen un discurso, responden algunas preguntas y son aplaudidos o abucheados, según sea el caso. En el caso de que coincidan sus presentaciones en el mismo evento, unos minutos más tarde subirá al escenario el siguiente candidato y la rutina se repetirá.

La nota de prensa, normalmente, destaca algún comentario hecho por los candidatos, especialmente si hace alusiones a terceros. La respuesta, atinada o no, a una pregunta incómoda. El clima creado por la audiencia, sobre todo si hay muestras de repudio. Mientras más exacerbadas, mejor: el apoyo se da por sentado, y no es noticia. Ver al candidato perder la compostura siempre será más atractivo que publicar fotos llenas de sonrisas y actitudes triunfalistas.

Algunas veces se da cuenta, también, de lo que ocurre tras bambalinas. La logística de llegada y retirada de los candidatos, siempre entre un fuerte dispositivo de seguridad. Y más allá de lo anecdótico, hay una constante en estos eventos: los equipos de cada uno se coordinan con los organizadores para evitar, a toda costa, que los candidatos coincidan en algún momento. Los hacen esperar en salones separados, toman ascensores distintos, utilizan otras entradas. Los tiempos están perfectamente planeados para que no puedan cruzar una sola palabra.

Los candidatos no hablan entre sí. No intercambian ideas. Cuando coinciden, como tuvieron que hacerlo en el debate anterior, no tienen un diálogo real sino hasta que están obligados a hacerlo. Y entonces, como lo vimos, son discursos preparados, datos y cifras elegidos para hacer trastabillar al contrario, gráficos de estadísticas y fotografías que están planeados para sacar al oponente del punto de equilibrio, con la esperanza de que el impacto sea tal que pueda reflejarse en las encuestas al día siguiente.

Estos son los candidatos que, en el discurso, son incluyentes y proponen reconocer las ideas del otro, formar gobiernos de coalición o extender su mano franca. ¿Cómo podemos creerles, si no dialogan? ¿Cómo confiar en su disposición para gobernar para todos los mexicanos, si en los hechos se demuestran más enemigos que adversarios? ¿Cómo creer que van a reconocer el triunfo de quien ni siquiera están dispuestos a voltear a ver?

El encono, la rivalidad insana y desmedida, el afán de negar la existencia del otro, está entre nosotros. Lo demuestra la actitud de los contendientes y de sus seguidores. Desde las redes sociales, que de instrumento valiosísimo de comunicación se han convertido en una tribuna más, llena de insultos y descalificaciones, hasta los medios de comunicación en donde una narrativa llena de absolutismos y generalizaciones trata de hacer ver al ciudadano que no hay sino una opción, aquella con la que comulgue el opinador de turno. La arenga política llega hasta el ciudadano de la calle, que de elector reflexivo se convierte en creyente fervoroso e intransigente. Y poco a poco, la división sigue haciendo presa de la sociedad entera.

Es increíble que existan marchas y manifestaciones públicas en contra de personas determinadas. Increíble y preocupante. Lo vivimos ya cuando a López Obrador se le etiquetó, con toda ruindad, como un peligro para México. Cuando la lucha en contra del crimen organizado, y sus consecuentes víctimas, se convirtió en la guerra y los muertos de Calderón. Cuando se promueve una marcha antiPeña Nieto. Hemos pasado del debate de las ideas al señalamiento personal. Y esto, lamentablemente, puede ser el pretexto perfecto para señalar en el futuro a grupos que actúan de buena fe y con la mejor intención de transformar el país, como los estudiantes que en las últimas semanas se han manifestado y que, por lo demás, aportan un elemento valiosísimo de reflexión y acción por una causa justa.

México es un país enorme, en términos de población, de territorio, y de diversidad cultural. Enfrentamos problemas acuciantes que, como ha quedado demostrado, no pueden ser resueltos con una visión única y mucho menos centralista. Tenemos que ser capaces de dialogar, de encontrar las soluciones que puedan aplicarse, con una visión amplia y de conjunto, a las particularidades de cada región y grupo social.

¿Qué hace falta para que esto cambie? No mucho, en realidad, pero en términos prácticos es imposible, dadas las condiciones actuales. El primer paso es darnos cuenta, comenzando por los propios candidatos a la Presidencia, de que en democracia, como ha sido repetido hasta el hartazgo, nadie gana ni pierde de manera absoluta. Quien sea el ganador debe de ser capaz de sentarse a dialogar con los perdedores, e integrar lo valioso de las demás propuestas en sus propias políticas públicas. La elección está cada vez más cercana, y sería catastrófico que el primero de julio se encontraran cuatro enemigos en vez de cuatro contrincantes. Así, no sería de extrañar que el conflicto postelectoral, que muchos comenzamos a advertir, rebasara por mucho el de 2006, mismo que no acabamos de superar.

El juego de las no coincidencias en los actos públicos es extremadamente simbólico de lo que ocurre en el terreno de las ideas y de la disposición al diálogo. El día en que los contrincantes sean capaces de encontrarse en cualquier lado, estrecharse la mano y desearse mutuamente lo mejor, sabremos que nuestra democracia ha madurado y pasado de la lucha descarnada por el poder a un estado superior, de competencia leal. Y más aún, el día en que los contrincantes se procuren y dialoguen, buscando puntos de acuerdo y acordando políticas públicas para el futuro inmediato, podremos creer en la inclusión de las ideas, gobiernos de coalición y extensiones de mano franca. Mientras tanto, y según se sigan evitando en los ascensores, señores candidatos, en lo personal no les creo.

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