mayo 28, 2012

País deslindado

Gabriel Guerra Castellanos (@gabrielguerrac)
Internacionalista
gguerra@gcya.net
El Universal

Yo me deslindo, tú te deslindas, ellos y ellas se deslindan… Todo México parece cautivado por esta palabrita que tenía hasta hace poco más usos agrícolas. Pero es tal el estado de nuestras campañas que candidatos y partidos se preocupan más por separarse de sus militantes incómodos y menos por buscar adherentes, muchos de ellos, hay que decirlo, igual de espinosos.

No hay partido que no tenga en sus filas o entre sus candidatos a personajes no aptos para todo público. El PRI lleva por supuesto la delantera, pero no sé si por los años que lleva en el poder o porque tenga alguna predilección por ese tipo de individuos. Yo hace mucho tiempo dejé de creer en que un solo partido en México tenga el monopolio de la corrupción o la ineficiencia, y más bien me inclino a pensar que todos comparten las características del sistema que los parió. Y no hay más que verlos: desde el negocio farmacéutico familiar de uno a la propiedad privada de otro, en lo que a los pequeños toca, pasando por los grandes pecados de los otros dos grandes partidos, o partidos grandes: no hay a cuál irle.

Yo comparto la indignación de muchísimos ciudadanos que ven todos los días nuevos ejemplos de cinismo político, y cuya única arma de defensa, el voto, puede ser esgrimida apenas cada tres o seis años, según sea el caso. Nos indignan por igual los casos flagrantes de corrupción que los de ineptitud o ineficiencia, de dolo o pereza en el quehacer público.

Lejos de mi pensar, como Kant, que todos los males son moralmente iguales, obviamente no hay comparación entre la negligencia criminal que lleva a una tragedia como la de la guardería ABC —y a la impunidad que la ha acompañado que, por decir algo— a la ineptitud de quien debería ver por las fugas de agua o la recolección de basura. Pero tienen algo en común: indiferencia, irresponsabilidad y la más absoluta falta de consecuencias: un país donde las probabilidades de pagar por una falta u omisión en el servicio público, o por un delito, son mínimas y las penas casi siempre irrisorias.

Con todas las críticas que se puedan enderezar a la mal llamada “guerra” contra el crimen organizado, yo vi en ese intento por enfrentar a las bandas criminales un acierto, el de tratar de acabar de una vez por todas con la impunidad rampante que tanto afecta a México. Mi idea no era tan ingenua como hoy podría parecer: si el gobierno estaba dispuesto a encarar a los cárteles todopoderosos, la señal para el resto del país, de la sociedad, de los políticos sería inconfundible. No más impunidad, para nadie.

Lamentablemente el mensaje cayó en oídos sordos, en parte porque así les convenía y en parte porque los supuestos aliados del Presidente en su propio partido decidieron que era buena idea politizar el combate al narcotráfico para sacar ventaja electoral. Con eso, la decisión más valiente tomada en Los Pinos se volvió para algunos herramienta de campaña y para sus opositores en blanco legítimo de sus contraataques. Más allá de los muchos tinos y yerros, cuando se le juzgue objetivamente se verá que volverlo instrumento propagandístico resultó contraproducente, agraviante para la sociedad y para quienes están metidos hasta las rodillas en las trincheras.

Pero me desvío del tema original, que es el de los deslindes. Está hoy de moda el verbo porque los candidatos a la Presidencia lo practican a diario: el del PRI tiene para aventar para arriba con Moreira, Romero Deschamps o Yarrington, pero en el PAN no cantan mal las rancheras, trátese del alcalde de los quesos o de los hijos de Marta Sahagún, por sólo mencionar dos casos “frescos”. En la izquierda no conozco a nadie serio que cuestione la integridad personal de su candidato, pero sí la de muchos de sus compañeros de viaje, siendo Agúndez y Bejarano los dos primeros en el abecedario. De los pequeños para qué hablar: a los anuncios de uno les toca rechifla en los cines, al del otro los agobia la maestra sin cariño.

Todos creen que deslindarse es fácil, pero no se dan cuenta de que sin consecuencias gana la impunidad. Ya pasó, hace mucho, el tiempo de los discursos. Quien quiera deslindarse que lo haga en el sentido original de la palabra: que pinte su raya, ponga su cerca, y deje del otro lado, fuera, a los malandrines y a los pillos.

Todo lo demás es puro rollo.

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