mayo 15, 2012

Poda

Federico Reyes Heroles
Reforma

La palabra pluralidad es muy seductora. Una sociedad plural es en esencia superior a una que no lo es. La pluralidad -en teoría- nos habla de las diversas interpretaciones de la vida y ello enriquece a toda sociedad. La democracia es el hogar de la pluralidad. Las autocracias, las dictaduras y los regímenes autoritarios están reñidos con la pluralidad. En ellos, desde el poder se impone una lectura de la vida: de la raza superior al Hombre Nuevo o la Revolución Cultural China. La pluralidad es garantía de sana confrontación, de equilibrio de fuerzas, de libertad. Hasta ahí todo suena muy bien.

En teoría, de nuevo, una sociedad plural se expresa en muy diversos niveles. Debe haber pluralidad en la opinión pública, periódicos, radio y televisión. Una sociedad plural incluye organizaciones ciudadanas diferenciadas, iglesias de distintos credos y por supuesto expresiones artísticas muy diversas. Incluso en la ciencia -que siempre carga con una falsa connotación de versión única- debe haber la convivencia -como advirtiera Tomas Kuhn- de paradigmas distintos. Sólo así la ciencia se renueva y cumple con su función de indagar con ojos severos. Si el bloque soviético hubiera permitido el florecimiento de los críticos a sus disfuncionalidades quizá hubiéramos visto otra historia. Una sociedad que se cierra a la pluralidad cava su propia tumba. La sangre nueva surge de la confrontación en libertad, de la pluralidad.

La vida política debe ser un templo de la pluralidad. Suena bien. En teoría -por tercera ocasión- la diversidad de partidos debe representar a la pluralidad social. Pero resulta que en política -además de la doctrina- también se debe mirar a los resultados. La arena política conduce a la capacidad de gobierno y ella no tolera excesivas dosis de pluralidad, por lo menos no en sus estructuras básicas. Una de ellas son los partidos políticos. Hay sociedades cuya pluralidad no está en duda -los Estados Unidos o Gran Bretaña- una con régimen presidencial y la otra, parlamentario- que no presumen por el número de partidos que los gobiernan. De hecho han sido dos partidos divididos durante siglos por principios doctrinales muy claros, los predominantes. Por supuesto que ha habido reclamos minoritarios y surgimiento momentáneo de nuevas fuerzas pero, al final del día, son dos organizaciones las que encauzan a esas sociedades. Se trata de las democracias más antiguas. Alemania es otro caso en el cual dos partidos concentran históricamente el poder.

Conclusión: no hay absolutos. En los extremos una sociedad sin alternativas políticas está enferma. Pero una sociedad con excesiva proliferación de partidos o, peor aún, con falsos representantes- tampoco es en sí misma más sana. En Argentina a principios de los setenta llegó a haber más de 50 partidos políticos registrados. Eso no le trajo mejor gobernabilidad. En Italia, una de las cunas de la concepción democrática, en la misma época, los partidos se multiplicaron. Fue un desastre. ¿Cuál es el número ideal? Difícil decirlo. Giovanni Sartori sostiene que los regímenes presidenciales no digieren bien la proliferación de partidos. En los parlamentarios, buena parte de la pluralidad se expresa al interior de ellos a través de corrientes y posiciones. Por supuesto que hay pluralidad pero ella no necesariamente conduce a nuevos partidos.

México tiene una historia particular. Durante décadas el predominio de un partido hegemónico -como se dice ahora- impidió el nacimiento de otros partidos. El aparato autoritario-corporativo oprimió las expresiones externas. Pero los estudiosos -tanto nacionales como extranjeros- reconocieron que una de las explicaciones de la permanencia del PRI fue el permitir en su interior distintas posturas. Ese fue su origen. Había sin embargo un carácter autoritario innegable. Cuando se dio la apertura a finales de los años setenta, la aparición de nuevos partidos parecía un objetivo en sí mismo. Se trataba de reconocer a las fuerzas políticas, sobre todo a la izquierda, que estaban fuera. Tres décadas después la historia se mira diferente. Esa proliferación se convirtió en un elemento de prostitución. Lo digo en sentido estricto: dinero por servicios.

De 1979 a la fecha (J. Alcocer, Enfoque 940) surgieron más de 20 partidos. Todos recibieron dineros públicos. De ahí cuatro o cinco -los de la izquierda original- pueden ver a la historia con la frente en alto: evolucionaron. Los otros son una vergüenza. Hoy sólo tres son nacionales y auténticos (PAN, PRI y PRD) y deben ser plurales en su interior. Una de las pocas cualidades de la actual ley electoral es que el elector podrá en julio distinguir entre partidos. ¿Qué han aportado el PVEM, el PT, el MC (ex Convergencia) y el PANAL? Negociaciones confusas, ordeña de recursos públicos. No propongo cerrar las puertas a nuevas formaciones, pero quizá ha llegado el momento de una poda. De mi parte ningún voto a la farsa. Hay tres fuerzas nacionales reales, lo demás es negocio.

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