mayo 07, 2012

Punto muerto

Roberto Zamarripa
tolvanera06@yahoo.com.mx
Tolvanera
Reforma

Inoculado por los desplantes de quienes reiteradamente han retado al Estado y sus leyes, el primer debate presidencial del 2012 ha colocado la campaña electoral en un punto muerto. Ataques sin sorpresa, candidatos en deuda, sabor a decepción.

Por primera vez, el candidato puntero Enrique Peña fue exigido y exhibido. Asumió su defensa, a su modo y con sus limitaciones. Ensayó, estudió, y sometido a una disciplina de la que sus propios correligionarios se han sorprendido, logró memorizar frases simples y conceptos básicos. ¿Fue suficiente para librar el debate? Sí para aguantar pegado a las cuerdas las andanadas a cuatro manos muy a pesar de su ayudante Quadri, empeñado en quitar los golpes al priista.

No para convencer de la solidez de su candidatura y de su perspectiva como estadista. Peña sigue siendo limitado, apegado a la imagen y despegado de la palabra articulada cuando es mayor al tiempo de duración de un spot. No preocupa tanto un debate televisado para el que tuvo tiempo de entrenamiento, maquillaje y una asesora agresiva para el entrenamiento mediático. Preocupa por su posible desempeño como estadista, obligado a encuentros cara a cara con otros mandatarios o para no ir tan lejos, preocupa por la falta de destreza, capacidad de respuesta y conocimiento para discutir con los jefes de los poderes fácticos tan dados ahora a intentar controlar y/o descarrilar los procesos democráticos.

Peña decidió bajarse al terreno de los golpes. Dio y recibió. Pasar lista de asistencia a la diputada Josefina o aventar el bejaranazo no es suficiente. Puede jactarse, sin duda, que libró el episodio más importante de la campaña. Perdió menos de lo que se esperaba.

Josefina Vázquez Mota tuvo un aceptable desempeño en la articulación de propuestas y la combinación de críticas. Emparejó con ello sus dificultades para superar su rigidez de facciones, su monotonía en la voz, su sonrisa congelada. Pero, a pesar de todo, no superó la pose, la artificialidad de su imagen.

La confianza en que no sería atacada dada su condición de mujer no contaba con la decisión de Peña de atizarle insistentemente por sus inasistencias en la Cámara de Diputados, asunto este menor si se compara con el universo de la indisciplina, la impuntualidad y la displicencia que reina entre los legisladores.

Golpeó incesante sobre el mal gobierno de Peña en el Estado de México y quedó a la mitad en el caso Paulette. Josefina tiene el lastre de la desolación por la violencia y de la inatacada corrupción en los gobiernos panistas. No tomó distancia, ni un ápice, de ello. Su desempeño le alcanzó para no caerse pero no necesariamente para catapultarse.

Andrés Manuel López Obrador, fiel a su estilo, decidió mandar al diablo las preguntas y tomó su ruta, su discurso, su tozudez. Cambio la plaza por el set televisivo siempre con el mismo discurso. Lo que dice en la calle lo repite en la televisión.

Dedicó la segunda ronda a colocar a Peña al lado de Montiel, de Salinas y de Diego Fernández de Cevallos. Dio su mejor estacazo cuando Peña le lanzó una recta floja al reclamarle la corrupción de Bejarano. AMLO bateó con soltura al decir que él sí llevó a la cárcel a Ponce y Bejarano y Peña tiene a Montiel todavía como acompañante.

El tabasqueño confió en su discurso y desdeñó el formato. Llevó el álbum fotográfico y la carga de la ira. No antepuso el discurso de reconciliación que algunos puntos le ha otorgado y de pronto el amoroso pareció rencoroso.

Cumplió su objetivo: se diferenció. ¿Le alcanza eso para convencer más allá de los suyos? Quizás los televidentes esperaban de López Obrador la certeza de su nuevo discurso acompañado de respuestas directas a las preguntas pactadas.

Gabriel Quadri decidió ir por las migajas y salió con una caja de pan. Actuó como niño sabio, como patiño y como porro, en estricto orden de aparición. Era previsible que tuviera un desempeño articulado, de cifras exactas, de propuestas armadas. Su vida de académico, combinada con su aspecto desenfadado y su discurso antipolítico granjeó simpatías. Sabe y critica. Pide respeto a los políticos aunque se comporte igual -o peor- que ellos. Fue patiño y masajista. También porro. Le puso la vaselina en las cejas a Peña, se aventó de las cuerdas para dar los botellazos a López Obrador y fue el único que no tocó al mexiquense. Confirmación de la intocabilidad de la Maestra y de la alianza superviviente entre Peña y Elba Esther. Con Peña no te metas.

Habló de su simpatía porque los segundos pisos los construyan empresas privadas. Obviamente, no habló de cómo, hace unos años, sus allegados realizaban estudios de impacto ecológico para beneficiar a empresas interesadas en la inversión de la supervía del Periférico en el DF, en los típicos arreglos corruptos de los políticos con la IP que tanto desdeña. Quadri ganó con su presentación en cámaras como ganan siempre los "pequeños" en estas comparecencias.

Un debate en punto muerto que estimula la duda y la decepción.

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