mayo 02, 2012

Ricardo Salinas tiene razón

Mario Campos (@mariocampos)
El Universal

Como tratar de apagar un incendio con gasolina, así cayó entre los tuiteros el mensaje de Ricardo Salinas Pliego, Presidente de Grupo Salinas, al anunciar su rechazo a cambiar de horario el partido de futbol entre su equipo, el Morelia, y los Tigres, que se transmitirá justo a la hora del primer debate entre los candidatos. "Si quieren debate, véanlo por Televisa, si no, vean el fútbol por Azteca. Yo les paso los ratings al día siguiente".

Bastaron esas palabras para cosechar cientos de menciones en su contra en una contundente muestra de rechazo. Y no es para menos. Porque al programar el encuentro a esa hora el empresario establece una postura editorial, que incluso hace explícita en el tweet: primero la comercialización y después la democracia. Y si bien es cierto que desde la perspectiva legal no está obligado a transmitirlo por los canales de mayor audiencia, desde la mirada de su propio discurso constituye un acto incongruente. Tratándose una empresa que se autodefine como impulsora de la democracia a través de diversas iniciativas, lo consecuente sería buscar las mejores condiciones para que la mayor parte de los votantes lo vea. No será el caso si además de colocar el partido a la misma hora, se envía la señal a Proyecto 40, el canal de menor cobertura de ese grupo empresarial. Mal por uno de los hombres más ricos de México y propietario de uno de los principales medios en el país que administra además una enorme cantidad de concesiones.

Pero hay algo en lo que tiene razón Ricardo Salinas: salvo que ocurriera una gran y grata sorpresa lo previsible es que el futbol o el programa de Pequeños Gigantes de Televisa obtengan mejores resultados en las mediciones de audiencia. Y en esa parte todos somos responsables.

Porque si bien me parece necesaria y con sustento la crítica a los medios y sus criterios editoriales también hace falta un ejercicio de autocrítica. ¿Qué vamos a hacer los ciudadanos, los que creemos que es importante que se vea, para que más mexicanos sintonicen alguno de los canales o estaciones de radio que transmitirán el debate?

Que quede claro, reconocer nuestra parte no implica desconocer el papel de los otros, y aquí no sólo los medios sino también los candidatos, verdaderos protagonistas del domingo, tienen que ser claros en cómo aprovecharán ese tiempo para comunicar sus mensajes y convencernos de otorgarles nuestro voto, pero hay una parte que nadie más puede resolver y es la convocatoria de boca en boca.

Ayer algunos ya hacían propuestas para boicotear la televisión. En mi experiencia esos llamados suelen resultar inútiles – como los exhortos a apagar tu celular un día para obtener mejores tarifas – porque la gente no suele hacer cosas que le afecte, en particular porque no cree que sirvan esos esfuerzos. En contraste, funciona mejor explicar los beneficios inmediatos de un acto. Y en este caso de lo que se trata es de ver de qué están hechos los aspirantes bajo la convicción de que aquel o aquella que gane la Presidencia incidirá directa o indirectamente en lo que será nuestra vida al menos por los próximos seis años.

Es decir que para que el debate sea efectivo necesitamos cambiar la manera en que entendemos la política y nos apropiamos de ella, en vez de verla como una maldición, un mal apenas necesario, una carga que tenemos que sobrellevar, cuando en realidad aunque uno no elija meterse con la política, la política si se mete con uno.

Si los medios, y muchas veces los ciudadanos, nos la pasamos desacreditando a la política, a los políticos y a los que se acercan y participan en ella, no nos sorprendamos después si le gente prefiere ver el futbol o un programa de espectáculos.

Queda pues la pregunta, ¿quién va a convocar a sus amigos a ver el debate cuál si fuera un partido? ¿quién pondrá la casa y la botana? Parece una burla pero si nos limitamos a descalificar a todo y a todos, a los medios, los candidatos, el formato y la elección en sí, entonces después no nos sorprendamos cuando no tengamos la vida pública que nos gustaría y que nos creemos merecer.

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