junio 30, 2012

El fraude

Jaime Sánchez Susarrey (@SanchezSusarrey)
Reforma

Los rumores y la descalificación del proceso electoral resuenan de nuevo. En los círculos cercanos a AMLO se habla no del fraude que vendrá, sino del fraude que ya está en marcha

El 19 de mayo de 1974, Valery Giscard d'Estaing se impuso sobre François Mitterrand por una mínima diferencia: 1.26 por ciento. El candidato del Partido Socialista Francés aceptó la derrota y jamás denunció la existencia de un fraude electoral. Siete años después, Mitterrand derrotó a Giscard d'Estaing y se convirtió en el primer presidente socialista de la posguerra.

El 18 de septiembre de 2005, Angela Merkel venció a su contrincante socialdemócrata por un solo punto (35.2 por ciento versus 34.2 por ciento). Los integrantes del Partido Socialdemócrata no sólo no impugnaron los resultados, sino acordaron formar gobierno con la Unión Demócrata Cristiana y la Unión Social Cristiana, y Merkel fue elegida canciller.

El pasado 17 de junio, los griegos fueron a las urnas para decidir si continuaban o no en la Comunidad Económica Europea. Alexis Tsipras, candi- dato de la izquierda (Syriza), obtuvo 26.89 por ciento versus 29.66 por ciento de Antonis Samaras, de Nueva Democracia. La diferencia fue de 2.77 por ciento. No hubo impugnaciones ni denuncia de fraude.

La mañana del 2 de julio de 2006 nadie hablaba de fraude electoral. Horacio Duarte, representante ante el IFE de la coalición que apoyaba a López Obrador, manifestó: "Estamos convencidos de que el día de hoy a las 8 de la noche, cuando cierre la última casilla de nuestro país, los ciudadanos habrán de estar levantando la V, la V de la victoria, la victoria de los ciudadanos. Es la hora de México, es la hora de los ciudadanos y a eso nos atenemos en la Coalición por el Bien de Todos".

No hubo en su discurso ninguna queja ni denuncia de irregularidades. No habló de inequidad en la contienda ni se refirió a la compra o coacción del voto. Y no tenía razones para hacerlo. Porque Televisa, durante cinco largos años, había dado una cobertura sin precedente a López Obrador. Todas las mañanas las conferencias del jefe de Gobierno eran transmitidas y fijaban la agenda del día.

La denuncia de un gran fraude empezó hasta la tarde del 3 de julio. López Obrador denunció la pérdida de 3 millones de votos. La mentira era mayúscula. Pero había sido precedida por otra cifra igualmente falsa: los conteos rápidos le otorgaban, según él, una ventaja de 500 mil votos.

Lo que vino después fue una feria de delirios y disparates. Se habló de un algoritmo (una fórmula en la computadora) que alteraba el conteo del PREP a favor de Felipe Calderón. Y luego se denunció un fraude a la antigüita mostrando un solo video que resultó completamente falso.

Ahora, a seis años de distancia, los rumores y la descalificación del proceso electoral resuenan de nuevo. En los círculos cercanos a AMLO se habla no del fraude que vendrá, sino del fraude que ya está en marcha. Un académico "de altos vuelos" presenta pruebas tan contundentes como la confabulación de Peña, Televisa y los gobernadores priistas.

Y esto sin mencionar la consigna del sector más cercano al perredismo del movimiento #YoSoy132: "si hay imposición, habrá revolución", que se traduce en una tesis muy simple: si pierde AMLO y gana Peña, hay imposición. ¿La prueba? El hecho mismo. Para ellos es una verdad evidente que no necesita demostración. Pero, ¿qué es lo que está fallando? ¿El andamiaje democrático? ¿Las leyes y las instituciones de Francia, Alemania y Grecia son infinitamente superiores a las mexicanas? ¿Es por eso que estamos atrapados y nos encaminamos hacia otro conflicto poselectoral?

No, no es el caso. El andamiaje democrático es muy sólido. Enumero: un IFE autónomo. Ciudadanización de las elecciones: personas comunes y corrientes organizan y cuentan los votos en las casillas. Un padrón confiable. Credencial con fotografía. Presencia de los partidos en todas las casillas e instancias electorales. Equidad en la contienda, tanto en recursos como tiempo en medios electrónicos.

Y añado la prueba de fuego: la alternancia. En 1997, el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y reconoció la victoria de Cárdenas en el DF. En 2000, Vicente Fox obtuvo la victoria y el PRI reconoció sin chistar su derrota. En 2003, el PAN no obtuvo la mayoría en la elección intermedia. Y en 2009 volvió a ocurrir lo mismo.

Pero además, todo indica que mañana el PAN perderá la elección presidencial y algunos estados donde lleva sexenios gobernando. Y no hay ni la más remota sospecha o evidencia de que el gobierno de la República o los gobernadores panistas vayan a desconocer los resultados de las elecciones.

Así que no hay que hacerse bolas. La prueba de fuego del temple democrático de un partido, político o gobierno está en reconocer la derrota y ajustarse al resultado de las urnas. Esto es lo que pasa en todos los países democráticos. Por eso no hay conflictos poselectorales.

En México, el PRI y el PAN han acreditado fehacientemente su apego a este principio. Porque de no haber sido así, el PAN no habría alcanzado la Presidencia de la República democráticamente y ahora intentaría mantenerse en el poder por cualquier medio.

El conflicto poselectoral que se avecina, como el de 2006, no es consecuencia de la falta de cultura cívica de la ciudadanía. Es consecuencia de una "izquierda" que es incapaz de reconocer sus derrotas. Pero sobre todo es consecuencia de Andrés Manuel López Obrador.

A final de cuentas, él ha sido el principal instigador y promotor del conflicto poselectoral. Lo fue en 2006 y lo está siendo otra vez. De ahí que cause risa que los perredistas espanten con el petate del muerto del autoritarismo priista, cuando tienen a su Ilustrísima en su propia casa.

La prueba de fuego de un demócrata está en reconocer la derrota y AMLO jamás la ha pasado.

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