junio 09, 2012

El Humala mexicano

Andrés Pascoe Rippey (@Andrespascoe)
apascoe@cronica.com.mx
Invasión retrofutura
La Crónica de Hoy

Les digo la verdad: hoy quiero escribir sobre zombies. Digo, no hay como negarlo: están surgiendo. Estados Unidos está lentamente siendo invadido por caníbales, al parecer afectados por una droga llamada Cloud nine; en Brasil, un niño que había muerto de un paro respiratorio despertó durante su velorio, se sacó el algodón de la boca, pidió un vaso de agua y volvió a morir. Está pasando.

Pero no, en lugar de aspirar al sano descanso que es hablar de zombies, todos quieren discutir sobre las elecciones, sobre los votos, sobre los dramas. Vale. Hágase su voluntad. En primer lugar, la primicia: tengo en mis manos mi boleta electoral.

Para aquellos que no estén al tanto, escribo desde Santiago de Chile, y soy por tanto un votante desde el extranjero. Recibí mi boleta electoral en un paquete muy bonito hace una semana, y desde entonces estoy rumiando en torno a ella, tratando de decidir qué voy a hacer.

Enfrentando ese conflicto, veo las elecciones mexicanas y me recuerdan enormemente a las no muy antiguas votaciones en Perú, en las que Ollanta Humala derrotó a Keiko Fujimori. Y los paralelismos me parecen increíbles.

Humala hizo su primera campaña electoral en 2006. Todas las encuestas lo daban de favorito. Mario Vargas Llosa hizo en aquella época un alarmante discurso alertando a los peruanos sobre el peligro de un triunfo del militar. Y con él, grandes sectores de la sociedad se angustiaron con su discurso beligerante, ultra nacionalista y radical.

Al final, perdió en segunda vuelta contra Alan García, a la postre el candidato de la restauración. García había sido presidente antes —–previo a la cuasi dictadura de Alberto Fujimori— y lo había hecho pésimo. Fue un gobierno marcado por la ineficacia y la corrupción. Pero, con todo, los peruanos optaron por creerle a García que ahora lo haría mejor sobre el “tiro al aire” que, para algunos, Humala representaba.

Algo clave que colocó a Humala: aceptó su derrota. No es para nada menor.

En su segunda elección, Ollanta aprendió la lección. Hizo una campaña moderada, pacifista, controlada. Como dije antes, derrotó a la mini Fujimori —¡con el apoyo rabioso de Vargas Llosa!— gracias a que integró a todo el voto anti-restauración del autoritarismo que Keiko representaba, exactamente como lo hace Enrique Peña Nieto en México.

El paralelismo es nítido: Andrés Manuel, entendiendo que su discurso incendiario de la primera elección lo condenó, hizo un giro en la dirección contraria, adoptando la lógica de la República Amorosa. El discurso “amoroso” es igual de radical y —en mi sincera opinión— demencial que el anterior, pero al menos es conciliador.

Josefina Vázquez Mota tenía —o tiene, veremos— la oportunidad de ser la aglomeradora de la integración del voto anti-PRI y moderado, en el sentido de que tiene la enorme ventaja —y inexplicablemente inutilizada— de poder ponerse en el papel de madre, amiga, confidente.

AMLO está aún lejos de Peña, pero no representan cosas demasiado diferentes. Por un lado, tenemos el regreso a un oscuro pasado; por otro, el misterio de la incertidumbre. Pero, como sea, los seguidores de AMLO —tan increíblemente apasionados como son— deben tener algo claro: los va a decepcionar.

Sonará mal, pero eso es exactamente lo que está pasando con Humala. Hoy, diputados están renunciando a su bancada en protesta por la represión del gobierno contra movilizaciones sociales; antes de eso, sectores de izquierda denunciaron al presidente peruano por “doblegarse” ante los poderes económicos. No tengan dudas, camaradas: eso sucedería, exactamente, con AMLO en el poder.

La ventaja inconmensurable que tiene Perú sobre México es así de sencilla: segunda vuelta. Sigo, y seguiré, sin comprender por qué los políticos mexicanos piensan que conviene más la fragmentación que la conciliación. Pero nada que hacer.

Como sea, México decidirá y tendrá que hacerlo con responsabilidad. En una vuelta y con una sola idea. Y sigo mirando mi boleta.

Y sigo mirando mi boleta.

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