junio 15, 2012

El merenguero

Juan Villoro (@juanvilloro56)
Reforma

Ciertos oficios se ejercen para que exista la fortuna. El croupier que reparte barajas en un casino, el jockey que acicatea un caballo o el entrenador de perros de pelea trabajan para estimular las supersticiosas ambiciones de los otros.

También hay apostadores profesionales, personas que viven de negociar con el azar y desconocen el salario fijo.

El más extraño oficio vinculado con la suerte es el de vendedor de merengues. De niño, me encandilaba la llegada de ese hombre a mi colonia. Sostenía una tabla de madera, cubierta de plástico para alejar las moscas, que dejaba ver el brillo rosáceo de las golosinas.

Nunca conocí a nadie con auténtico apetito de merengue. Se trata de un dulce que empalaga demasiado pronto. Aunque hay merengues de alta escuela, que se disuelven en la lengua y saben a aire sutil encapsulado en cáscara crocante, los que se ofrecen en la calle tienen la chiclosa consistencia de lo que se hace con descuidada prisa. Su color -blanco o rosa, a veces azul pálido- no destaca en un país enamorado de los vértigos visuales, donde las pepitorias integran un cromático abanico, como si posaran para ser pintadas por Tamayo, y la combinación de la panadería industrial y los dibujos animados llegó a producir el transitorio pero inolvidable Tuinky Dálmata.

Lo singular del vendedor de merengues es que está obligado a rifar sus productos. Una pregunta ritual inicia el trámite: "¿De a cómo el merengue?". Esto no significa que el cliente vaya a comprarlo. Desea saber con qué moneda apostará.

Una arraigada costumbre obliga al hombre de la tabla a rifar sus mercancías. No se puede hacer lo mismo con el que ofrece gelatinas en una vistosa caja de cristal. Tampoco el panadero detiene su bicicleta para entregar a la suerte las
conchas que decoran su canasta. Sólo el merengue se cotiza en nombre del azar.

¿Cómo surgió esta tradición? Es posible que su origen se deba a la dudosa condición de esos dulces que salen al mundo para competir con el virtuosismo de las cocadas de fleco incendiado, los jamoncillos de leche y las peritas de anís.

Ni siquiera sus defectos son supremos. Para alguien en verdad afecto a lo pegajoso, el merengue resulta soso. ¡Cuán preferible es el muégano, que impregna los dedos, las encías y la conciencia!

Incluso los caramelos de fábrica han encontrado formas de ser más originales. El Pelón Pelo Rico demuestra lo que el delirio puede hacer a favor de los dulces. ¿Qué Salvador Dalí de la confitería ideó esa criatura a la que le brotan pelos de tamarindo?

El merengue es tedioso pero tiene un destino sorprendente. Su vida es la de un burócrata que acaba como aventurero.

No estamos ante el caprichoso vicio de un vendedor. El gremio entero está dispuesto a trocar sus dulces por apuestas. En un país donde la ley no se cumple, los merengueros respetan el severo contrato que jamás firmaron.

Una tarde imposible de olvidar fui testigo de un drama singular. Carlos Induráin, a quien decíamos La Cebolla porque en los días de frío usaban tres camisas, fue un niño sin gracia hasta que descubrimos que también era un ludópata. Le ganó tres volados al merenguero y los ojos le brillaron, animados por un poder desconocido. Quiso seguir tirando la moneda. Fiel a su código ético, el vendedor aceptó.

Los dulces fueron cedidos uno a uno. Hubo un momento en que pedimos que suspendiera la tortura, pero el merenguero dijo que ése era su trabajo. Su voz suave, mesurada, tenía tal dignidad que nos redujo al silencio. El desconocido soportó la mala suerte como si no le afectara. Mientras tanto, La Cebolla celebraba el triunfo como un imbécil. Daba saltitos, alzando los puños, convencido de que la chiripa es un mérito personal. Debíamos detenerlo, decirle que no tenía derecho a presumir, que no era más que un maniático que usaba tres camisas. Pero la integridad del merenguero impedía otra reacción. Había llegado ante nosotros para dar ejemplo. Su superioridad paralizó nuestras conciencias de doce años. Lo vimos como se ve a un santo o a un héroe, o alguien tal vez más misterioso: un merenguero.

Cuando la tabla quedó desierta (los merengues fueron a dar a una cubeta absurda), aquel hombre de pelo negrísimo, peinado obsesivamente hacia atrás, continuó su camino. Al cabo de unos pasos se detuvo y regresó hacia Carlos. Temimos un altercado, pero recibimos otra enseñanza. El merenguero había olvidado devolver la moneda, que pertenecía a su adversario.

Acaso sin saberlo, los apostadores del merengue integran una secta dispersa en la Ciudad de México. Recorren las calles para permitir que el mudable destino se asocie con la suerte. Su significado más profundo es el siguiente: aceptan la pérdida como una sencilla posibilidad del alma y exhiben a los que se consideran merecedores de la fortuna.

En una época de competencias, donde triunfar es una celebrada impostura y pocos reconocen la derrota, los hombres del merengue ofrecen una lección moral. Sabios, silenciosos, predican con el ejemplo y demuestran que nadie es dueño de su suerte.

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