junio 29, 2012

El voto de la estabilidad

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

Las campañas electorales han concluido. A los candidatos, a los partidos políticos y a la ciudadanía sólo nos cabe ejercer el voto, desear que sea lo más masivo posible y esperar los resultados. No creo ni en el voto razonado ni en el voto útil ni en el voto en blanco: creo en la decisión de votar, en tener la convicción de que debemos optar, cada uno en lo individual, por quien consideremos, en cada una de las instancias que estarán a decisión este domingo, el mejor. Obviamente mi voto será un voto cruzado: estoy convencido de que hay políticos y aspirantes mejores que otros, que el sistema de partidos no reemplaza, aún, esa capacidad que podemos tener para elegir a los mejores, independientemente de que sean candidatos del PRI, del PAN, del PRD, de cualquiera de los partidos pequeños. Yo, por lo pronto, votaré por quienes considere los mejores y esos se distribuyen en distintas fuerzas políticas.

Había tres fantasmas en esta campaña: el fantasma de la violencia, como ocurrió en varias oportunidades pero en forma notable en 1994; el fantasma de la crisis económica y el fantasma de la ingobernabilidad. Ninguno de los tres se presentó. Por supuesto que hay violencia en el país y ha habido casos en el ámbito local, donde ha habido desde presiones hasta secuestros y muerte de algunos aspirantes. También es verdad que la violencia se asomó en algunos actos de Peña Nieto y en menor medida de Josefina. También que los señores del SME cerraron, por decirlo de alguna manera, su peculiar campaña electoral montando toda una provocación frente a la Secretaría de Gobernación. Pero la violencia no estuvo en la campaña electoral: ninguno de sus candidatos o sus principales operadores la sufrieron o la ejercieron. La campaña, hasta hoy, ha tenido prácticamente un saldo blanco. Y de eso debemos felicitarnos todos.

Tampoco se presentó el fantasma de la crisis. El mundo, lo sabemos, está viviendo desde septiembre de 2008 una crisis económica y financiera de impredecibles consecuencias. En estos meses, sobre todo Europa, se ha visto azotada por una recesión con enormes costos sociales y políticos. Estados Unidos apenas comienza a recuperarse. Los llamados BRIC (Brasil, Rusia, India y China) no han podido mantener sus tasas de crecimiento y los alcanzó su propio fantasma: no se puede pensar en el desarrollo sin disminuir la enorme desigualdad en la que viven sus pueblos. México ante todo esto ha tenido un comportamiento económico ejemplar: llevamos 29 meses consecutivos de crecimiento económico; las reservas están en su nivel más alto en la historia; la inflación está controlada, como también el desempleo; las tasas de interés se encuentran en un nivel muy aceptable y, si bien no sobra el crédito, el mismo está accesible para quien lo necesite; el campo y el turismo, a pesar de lo que se dijo en algunos spots electorales, han tenido un superávit histórico. Hacer una campaña en la estabilidad económica es muy diferente a hacerla en medio de una crisis galopante. Que el precio del dólar tenga tendencia a la baja a unas horas de las elecciones y que en la Bolsa no haya habido un movimiento abrupto por causas políticas o electorales es una buena demostración de ello. Hay que votar por la estabilidad.

Eso es lo que ha permitido otro de los logros ignorados de esta campaña: por lo menos tres de los cuatro aspirantes (incluso podríamos decir tres y medio si nos basamos en las propuestas programáticas) están de acuerdo en que se debe implementar una reforma energética, una fiscal, una laboral, que permitan potenciar esa estabilidad con un programa de crecimiento. No descarte usted que, si no hay sorpresas electorales, esas reformas se puedan procesar, incluso, entre septiembre y el primero de diciembre, antes de que asuma el nuevo gobierno.

Tampoco tuvimos, en ningún sentido, ingobernabilidad. Ni la presencia del crimen organizado en varios estados ni las dificultades que plantea el proceso electoral distorsionaron el mismo. La reunión del G20 en Los Cabos, con la asistencia de jefes de Estado de todo el mundo, en la que México resultó ser un buen interlocutor e intermediario de muchas naciones, es otro buen ejemplo.

El presidente Felipe Calderón no estuvo en las campañas. Nadie puede decir, probándolo, que el presidente Calderón tuvo un intervencionismo público a lo largo de estos meses. En ese sentido me parece que la suya fue una actitud profesional y democrática. Y debe ser valorada como tal. Y en buena medida gracias a eso se pudo mantener la gobernabilidad.

Llegamos al 1 de julio sin violencia en las elecciones, sin crisis económica y con estabilidad, sin rasgos de ingobernabilidad. Es la primera vez que ello ocurre (quizás con la excepción, relativa, de 2000) desde que la democracia mexicana puede llamarse así. Deberíamos felicitarnos por ello. Y la mejor forma de hacerlo es ejercer nuestro derecho y nuestra obligación de votar el próximo domingo.

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