junio 08, 2012

Enterrar el pasado

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Las campañas, cada vez más emotivas, se llevan la atención y no nos dejan ver lo que ocurre en el resto del mundo. Es un terrible paradoja, porque de lo que se trata es de elegir el próximo gobierno, que tendrá que enfrentar ese mundo que hoy ignoramos.

Por ello, me parece que no está nada mal dar una revisada a lo que está pasando y que será de la mayor importancia para ese nuevo gobierno, es decir, es determinante para nuestra decisión.

Primero, recordar que la transformación tecnológica que vive el mundo es equivalente a la ocurrida al inicio de los dos siglos anteriores. Transformaciones que no se quedaron en la esfera económica, sino que modificaron por completo la sociedad y la política. De ese tamaño es el proceso que no vemos. No le hago un recuento entero de lo que está pasando, nada más le comento un par de temas. Gracias a avances tecnológicos, estamos en el inicio de una revolución energética. A diferencia de lo que se suele creer, ahora tenemos disponible energía en abundancia, mucho más barata y más limpia. El gas de lutitas (shale gas) nos abre tres siglos de energía, que muchos pensaban ya agotada. Por otro lado, y también en contra de las creencias, hay hoy muchos más alimentos por ser humano que en cualquier momento previo de la historia. Hoy, de acuerdo con la FAO, tenemos 30% más comida para cada uno de los 7 mil millones de seres humanos de la que había hace 50 años para la mitad de esa población.

Segundo, hay una recomposición de la producción mundial, que no debemos dejar de lado porque nos afecta directamente. En los últimos 10 años, China dio el gran salto (en buena medida deteniéndonos) y arrastró con ella a otras economías emergentes. Eso llegó a su fin. Hoy China difícilmente podrá mantener el crecimiento mínimo aceptable para sostener su modelo funcionando. Por ello, ya dejó de comprar, y países como Argentina y Brasil están hoy en serias dificultades. Argentina al borde de una crisis, otra vez, y el segundo con su economía detenida y sus manufacturas en contracción. Mientras, México crece al 5%. Como bien lo reseña la prensa extranjera, ahora la producción se mueve de regreso, de China a Norteamérica, especialmente a México.

Lo que veremos en los próximos años es una etapa totalmente diferente de la economía mundial, y por lo tanto de la geopolítica. El crecimiento acelerado de China, que a muchos les pareció el nacimiento de una potencia global, parece más bien seguir los pasos de Japón en 1990. Esto no quiere decir que esas economías no funcionen, es sólo que no tienen posibilidad de convertirse en potencias globales en las próximas décadas. Europa, a pesar de sus dificultades, va a salir adelante, pero seguirá siendo una economía lenta, envejecida. Otra vez, el motor será Estados Unidos. O, si entendemos nosotros, Norteamérica.

El futuro de Estados Unidos depende, en buena medida, de complementar su economía en el marco del TLCAN. La aportación energética de Canadá y de mano de obra de México es lo que le falta a Estados Unidos para establecerse en una trayectoria de crecimiento estable. Es algo que también se nos escapa, pero Canadá produce ya más petróleo que nosotros y tiene más reservas.

A pesar de las visiones catastrofistas tan comunes, hay altas posibilidades de que México entre en una dinámica que, por fin, permita romper la maldición del “ingreso medio” en que hemos estado por décadas. Para lograrlo, lo que necesitamos es resolver dos cosas. Primero, construir en verdad un Estado de derecho, cumplir las leyes. Segundo, transformar nuestra forma de ver el mundo, de una visión colectivista y pobrista, a una orientación a la generación de riqueza.

Durante todo el siglo XX no hubo en México ley, había poder. El presidente decidía, o sus subordinados, sin hacer jamás caso alguno de las leyes. Esto ha empezado a cambiar. Desde 1997 en México la ley se empieza a cumplir. Necesitamos no sólo fortalecer este cambio, sino convertirlo en la naturaleza de los mexicanos. Sin ley no hay democracia, y sin ley no hay defensa de los débiles.

De la misma manera, durante casi todo el siglo pasado México apostó por ser una economía colectivista, dirigida desde el Estado. Apostamos, como muchos otros, por un camino que resultó un fracaso. Tenemos que dejarlo atrás. Tenemos que dejar de regodearnos en la pobreza y tenemos que festejar la creación de riqueza. Tenemos que enterrar definitivamente la Revolución Mexicana.

Ésa, no otra, es la decisión del primero de julio.

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