junio 17, 2012

Gasolina barata, menos impuestos… por cortesía de Obrador

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
La semana de Román Revueltas Retes
Milenio

Obrador ha dicho que si llega a gobernar bajará los precios de la gasolina y de la electricidad. Ah, y los impuestos también los va a disminuir, junto con los costes de los alimentos. O sea, que va a instaurar, de un plumazo, un paraíso de recompensas crecientes y esfuerzos menguantes. Me parece una propuesta tremendamente atractiva: más por menos. Casi nadie te promete cosas así. En el banco, por ejemplo, para que te reduzcan la tasa de interés tienes que ser un cliente modélico durante años enteros; el descuento que te ofrecen cuando compras un coche es porque lo vas a pagar de un tirón; las ofertas de los grandes almacenes suelen aplicarse a los artículos descontinuados; las rebajas llegan por el fin de la temporada; en fin, todo cuesta y siempre hay que pagar para que se generen las ganancias que determina el mercado.

Tal vez aquí, en el concepto de “ganancia”, es donde está el problema. Y es que, con perdón, los mexicanos tenemos una cultura muy extraña y muy contradictoria. Somos, creo yo, un pueblo de comerciantes. Miren ustedes, para mayores señas, cómo han sido invadidas las calles de nuestras ciudades y cómo hemos privatizado unos espacios públicos que ahora están en poder de los llamados mercaderes ambulantes. Al mismo tiempo, tenemos una declarada aversión al individuo emprendedor y la riqueza (la ganancia) que haya podido atesorar siempre estará bajo sospecha. Pero, a la vez, el ideal de mucha gente es llegar a colocarse en un cargo gubernamental —es decir, conseguir una plaza en la burocracia— y, ahí, disponer, entre otras cosas, de la facultad de heredarle dicha plaza a un familiar en lo que viene siendo el más escandaloso acto de privatización del patrimonio común de los ciudadanos, a saber, la apropiación de un puesto que deja así de pertenecerle al Estado mexicano y se convierte en la posesión personalísima de un individuo particular. Y esto, mientras los políticos nos recetan un discurso exaltando lo público y defendiendo lo estatal: ¿no nos dicen que el petróleo, explotado y administrado por Pemex, es “patrimonio de todos los mexicanos”? ¿Y no defienden también una tal “rectoría” del Estado?

Nuestras contradicciones son colosales: en las ciudades del mundo desarrollado, el transporte público —que nunca es rentable— está administrado por las autoridades municipales. Pues bien, aquí vivimos bajo la dictadura del microbús todopoderoso, conducido por el troglodita de turno, en un esquema tan privado como ineficiente y peligroso para los usuarios. Y en todas las localidades de la República circulan buses humeantes, ruidosos y desvencijados operados por corporaciones cuyos dueños, por lo visto, son absolutamente intocables porque ninguna autoridad les pide cuentas ni se atreve a quitarles la concesión para, ahí sí, estatizar un servicio público. Por fin ¿somos estatistas de corazón (feroces defensores de Pemex) o promotores descarados de la iniciativa privada (valedores de las mafias y los monopolios particulares)?

Ah, pero si se trata de consumir ciertos productos, bienes o servicios, pues entonces exigimos que papá Gobierno aporte los dineros que nosotros deberíamos de apoquinar. Esos 300 mil millones de pesos que Obrador se va a sacar de la chistera, ¿dónde están? Pues, muy sencillo, los dilapida el Gobierno en subsidios para que la gasolina no nos resulte muy costosa. Nunca ha dicho el hombre, sin embargo, que vamos a tener que pagar un litro de Magna al precio que cuesta. Al contrario, nos avisa que van a bajar los precios. Y esto, mientras Obama se preocupa grandemente de no ser reelegido si es que sigue subiendo el galón de gasolina en su país. El hombre más poderoso del planeta no puede controlar en lo absoluto los mercados energéticos pero, miren ustedes, aquí Obrador nos promete, desde ya, las rebajas.

En esto, curiosamente, no opera el principio de la “ganancia” sino el de una pérdida colectiva que pareciera no quitarnos el sueño aunque la plata salga de nuestros bolsillos de contribuyentes. Tampoco nos inquieta demasiado el secuestro de lo público por los antedichos grupos corporativos y unas mafias (otras) de las que Obrador nunca ha siquiera hablado. Por lo que parece, esas ganancias, tan particulares como las de cualquier mercader, no le preocupan. Su cruzada es otra: la complacencia de los ciudadanos a punta de ofrecimientos populistas con cargo al erario, la denostación de la “ganancia mala” (la de los “ricos y los poderosos”, desde luego) y la permanente denuncia, deliberadamente selectiva, de ciertos “grupos” a los que nunca menciona por nombre y apellido. Hay que reconocer, eso sí, que el hombre conecta muy bien con nuestra contradictoria y confusa naturaleza.

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