junio 05, 2012

Hacia el 1 de julio

Rodrigo Morales Manzanares
Consultor, presidente de Concertar
Excélsior

A 25 días de la jornada electoral, el clima político se torna cada vez más volátil. Ello, sin duda, es natural: conforme se acercan las definiciones, las pasiones se encienden. Advierto, sin embargo, la gestación de un clima de intolerancia que excede ciertos parámetros democráticos. Me explico.

En el debate público, pero de manera destacada en el debate que tiene lugar en las redes sociales, aquel espacio en el que delibera el movimiento juvenil #YoSoy132 se está edificando un discurso ominoso: si hay imposición, habrá revolución (en su acepción radical) o si gana Peña Nieto será muestra ineludible del engaño y el fraude.

Para sustentar dichas afirmaciones se alude, desde la ignorancia o la mala leche, a los viejos mitos del “fraude” de 2006. Que si se perpetuó un fraude a la antigüita (suplantación de electores, relleno de urnas, padrón rasurado, etcétera), que si más bien fue un fraude cibernético (algoritmos mágicos en las tripas del PREP o del conteo rápido), y todo ello actualizado para denunciar desde ahora la existencia de un operativo que reeditará y superará el “fraude” cometido en 2006.

Se trata, en primer lugar, de una derrota cultural: todo aquello que fue cimentando certidumbre en los procesos electorales hoy es despreciado desde la ignorancia. Pensar que algún fraude puede ocurrir en la casilla es ignorar, no sólo la conformación de la misma, sino los procedimientos que en ella ocurren y los canales que existen para remediar alguna irregularidad; imaginar que es posible la existencia de un algoritmo en los sistemas de información del IFE es ignorar la naturaleza de los mismos, cuáles son sus fuentes de información y qué mecanismos de seguridad ofrecen. Es desconocer también el prestigio de los expertos externos que soportan el trabajo del IFE.

Pero, además de la derrota cultural, hay también un emplazamiento político extremadamente irresponsable: el único resultado electoral aceptable será aquel en el que AMLO resulte ganador; cualquier otra cosa estará contaminada de fraude y manipulación. Por supuesto que no sé (nadie lo sabe) quién ganará la elección el próximo primero de julio, pero es preocupante que, desde ahora, se esté gestando en una porción importante del electorado la inaceptabilidad del resultado.

Algo que ilustra ese ánimo es la nueva embestida contra las encuestas. Si no reportan lo que yo creo que pasa, es porque están manipuladas, controladas; no son instrumentos de medición de la opinión pública confiables si no reportan lo que yo creo. La intolerancia está llegando demasiado pronto. En 2006 la pesadilla para el IFE hizo su arribo el día de la jornada electoral, hoy parece que se adelantan la desinformación y la mala fe.

Frente a ello, hacia el primero de julio, me parece que hay que insistir en la pedagogía: hay que reiterar puntualmente cuáles son los procedimientos y las garantías que el entramado electoral ofrece, desmentir todas y cada una de las fantasías que se están tejiendo en torno a la posible burla de la voluntad de los electores, en fin, apostar a que los datos duros, las evidencias, le den un piso más firme al debate. Al final del día, hay que elevar el nivel de exigencia a quienes desde hoy anuncian el fraude: que prueben sus dichos. Ojalá seamos capaces todos de evitar la intransigencia y la polarización que vivimos en 2006.

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