junio 13, 2012

La fantasía electoral

Mauricio Merino
Investigador del CIDE
El Universal

Ninguno de los cuatro candidatos a la Presidencia podría hacer siquiera la mitad de lo que ofrece, porque bajo ninguna hipótesis —que no sea la erradicación violenta del régimen en que vivimos— podrían prescindir de los demás, ni de buscar consensos políticos con muchos otros actores relevantes que también tienen fuerza propia para restringir cualquier locura. Contra la fantasía que han construido, según la cual el próximo presidente del país será todopoderoso, obrará la dura realidad.

Lo que produce angustia es la construcción misma de esa fantasía, porque al desencanto por la calidad de las campañas se añade la falta de responsabilidad y compromiso de los contendientes con el desarrollo democrático de México. No me refiero solamente al riesgo de que los dos punteros se declaren vencedores al término de la jornada y se reproduzca así —agravada por la repetición y por el hartazgo— la violencia política que trajo el 2006, sino al hecho mismo de la confrontación entre proyectos diametralmente distintos que, a pesar de todo, tendrán que convivir después del 1 de diciembre. Con el ánimo de ganarle puntos al contrario, los partidos y los candidatos nos han montado una gran farsa: la del vencedor inapelable, capaz de prescindir tranquilamente de sus adversarios.

Es obvio que el escenario en el que están actuando es falso, pues la única vía para que alguno de los tres (o de los cuatro, pues) pudiera avanzar siquiera un milímetro en sus ambiciones, dependería del favor de los demás. Desde que México dejó atrás la hegemonía del PRI, los gobiernos no han podido actuar sino a partir del acuerdo con los adversarios. Y desde hace ya tres lustros —contados a partir de las elecciones intermedias de 1997— la Presidencia mexicana dejó de ser la presidencia imperial de otros tiempos, para someterse al rejuego de las cámaras legislativas, de los gobernadores y de las decisiones judiciales, además de los controles no institucionales de los medios, las empresas y de la sociedad civil organizada —a lo que se han sumado, por si fuera poco, los poderosos criminales—. Y nada de eso cambiará con la jornada electoral.

Es obvio que la fantasía que nos han vendido los partidos y los candidatos aumenta su color en la medida en que se incrementan los porcentajes favorables de las encuestas agregadas. En algún momento, el candidato Peña Nieto jugó en serio con la idea de que podría llegar a gobernar solito: con mayorías cómodas en ambas cámaras y con el respaldo de los gobernadores de casi toda la federación. Le encanta la idea de la eficacia, que contrapone todo el tiempo a la vigencia de la pluralidad. Pero ese argumento —que es una afrenta a las expectativas democráticas— ya es insostenible en estos días. Y lo es todavía más para los otros aspirantes a la Presidencia: más allá de la viabilidad técnica de sus ideas, la primera restricción que enfrentarían estaría en los contrapesos múltiples del régimen político vigente. De modo que mientras más quisieran “cumplir sus compromisos”, al margen de todos los demás, más conflictos sobrevendrían y más caro le saldría al país este nuevo ensayo electoral.

Es lamentable que ninguno de los candidatos se haya tomado en serio las circunstancias que ahora les rodean y que, encarrilados por sus estrategas de campaña, no sólo estén vendiendo cuentas alegres que seguramente saben falsas, sino que además hayan borrado con su protagonismo la oportunidad de conocer al resto de los candidatos que conformarán el Poder Legislativo y se haya perdido, para siempre, la magnífica ocasión de definir políticas comunes para —entre otras— combatir al crimen, enfrentar la crisis económica global, rendir cuentas, rescatar el sistema judicial y para salvar la educación. Todos estos temas son vitales para no ahogarnos entre las primeras aguas del próximo sexenio y todos han quedado empantanados por las fantasías excluyentes de nuestros candidatos. Yo ya no tengo duda: nos espera a todos un verano horrible.

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