junio 18, 2012

La Farsa

Ezra Shabot
Línea directa
El Universal

La idea de que un conflicto poselectoral se está gestando al interior de algunas formaciones políticas, se origina del antecedente inmediato del 2006. Cuando López Obrador mandó al diablo a las instituciones y denunció el “fraude electoral” jamás comprobado, pero existente en el imaginario colectivo de la izquierda lópezobradorista, fue construyendo durante los últimos seis años un arma disponible para su utilización en caso de ser necesario. Del activista rijoso que mandó a la izquierda a un lejano tercer lugar en la elección intermedia del 2009, al amoroso del inicio de la campaña presidencial, López Obrador mantiene viva la posibilidad de descalificar el proceso si, a su entender, se cometen irregularidades que signifiquen su derrota.

Pero hoy de nuevo la cita de Carlos Marx en el 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte tiene vigencia: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar una vez como tragedia y otra vez como farsa”. En el 2006 el liderazgo carismático del tabasqueño arrasó con cualquier oposición interna que intentara evitar la caída de la izquierda al abismo, impulsada por la aventura de AMLO denominada “resistencia civil pacífica”. El resultado es conocido. El PRD perdió prácticamente todas las gubernaturas en su poder, y donde mantiene influencia como Oaxaca y Guerrero, lo hace en alianzas con otras fuerzas alejadas de López Obrador y su grupo.

El rechazo de López a mayores alianzas con el PAN para evitar el triunfo priísta derivó de una lógica muy simple. Cada triunfo aliancista era un punto en favor de Marcelo Ebrard y una marca en contra suya. La decisión de Ebrard de entregar la candidatura a AMLO partió de un análisis simple. Dejar al tabasqueño ir solo en el camino de la derrota y garantizar el último bastión de la izquierda en el país con un candidato ebrardista como Mancera, que arrasara en la elección para hacer de la capital la catapulta del futuro político de Marcelo.

Y es aquí donde la historia de 2006 sólo se puede repetir como una farsa. Ni Ebrard ni los Chuchos están en posición de ir nuevamente al suicidio colectivo en otra aventura de “resistencia civil” que dañe severamente a la aplanadora perredista en la ciudad de México, y con ello el futuro de Marcelo Ebrard al frente del partido para los próximos años. De hecho el propio Andrés Manuel ha tenido que moverse entre las dos aguas para evitar una catástrofe. En un momento descalifica al IFE y a las instituciones que hay que refundar de origen, y en otro acepta las condiciones de civilidad planteadas por los empresarios como forma de reconciliarse con la institucionalidad democrática.

La única posibilidad de que López Obrador intente reproducir escenarios similares a los del 2006 está ligada a un resultado tan cerrado como el de entonces, lo que hoy no se ve probable de acuerdo con la mayoría de las encuestas. Perder por más de cinco puntos porcentuales eliminaría el potencial de la movilización, independientemente de los intentos manipuladores de los grupos de profesionales de la protesta ligados a López, y que a partir de una rebelión juvenil cooptada están dispuestos a lanzar a cientos de ellos a las calles en nombre del rechazo a la “imposición”.

En esta ocasión Marcelo no le permitirá cerrar la avenida Reforma, ni el PRD descalificar todo un proceso electoral a nivel nacional, lo que volvería a situar al partido en la marginalidad política en el corto plazo, y a Miguel Ángel Mancera en una posición endeble frente al nuevo gobierno. Si Andrés Manuel desconoce el resultado de las urnas, la tragedia de 2006 sería la farsa de 2012, donde sus compañeros de viaje de la izquierda se reducirían significativamente en aras de empezar a construir desde el liderazgo de Ebrard la opción de izquierda socialdemócrata que requiere el país.

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