junio 15, 2012

Moscú, tenemos un problema

Fran Ruiz (@perea_fran)
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, llegará a México el martes para participar en la cumbre del G-20 en Los Cabos. Si, para matar el tiempo en el avión, se le ocurre agarrar un periódico occidental con noticias atrasadas —precisamente de esta semana— se encontrará con fotos muy impactantes de Moscú: policías con pasamontañas asaltando casas de disidentes, y en otras, rusos sin miedo (repito, rusos sin miedo) manifestándose en su contra, muchos de ellos con carteles en los que aparecía su foto con bigote y flequillo hitlerianos.

Imaginen el rostro hierático de Putin descomponiéndose y, al mismo tiempo, tratando de aparentar control, algo que sin duda aprendió de sus años al frente del KGB. De ocurrir esta hipotética escena a bordo del avión presidencial, me atrevería a decir que la causa de su ira no radicaría en el hecho de verse asociado a la persecución de disidentes, como hacía Stalin, o que lo caricaturicen como a Hitler —por cierto, los dos personajes que más rusos asesinaron en la historia—; lo que realmente irritaría a Putin es que sus súbditos le estén perdiendo el miedo. Pese a las maniobras intimidatorias de Putin, por no hablar de abierta represión, los opositores están desafiando su autoridad, están saliendo a la calle a protestar y están organizándose a sus espaldas en las redes sociales.

Pero, ¿cómo se ha llegado a esta situación en Rusia? ¿se trata de otro gobernante en la diana de los indignados?

Todo indica que sí y que esta creciente indignación rusa contra Putin se debe básicamente a dos razones: una, que regresa al poder deslegitimado, en medio de graves denuncias de fraude electoral; y dos, que no soporta que lo critiquen y que desafíen su autoridad. Todo esto es consecuencia de un pecado original que arrastra desde que se enroló como espía al servicio de la Unión Soviética: no tiene fe ciega en la democracia; para ser más exactos, acepta las reglas democráticas, pero sólo cuando éstas le benefician; de lo contrario, tratará de torcerlas hasta lograr su objetivo, que no es otro que mantenerse en el poder.

En este club de manipuladores de la democracia se encuentran aliados cercanos a Putin, como el venezolano Hugo Chávez, experto en gastar recursos del Estado para intimidar a sus rivales, acosar a la prensa independiente, mantener permanentemente la propaganda antiimperialista y denunciar periódicamente una inminente invasión del enemigo, ante la que, por supuesto, se presenta como el único salvador de la patria. Fruto de esta alianza Moscú-Caracas ha sido el anuncio esta semana del ensamblaje de los primeros 3,000 fusiles AK103, salidos de la fábrica montada en Venezuela por los rusos, a los que Chávez ya compró otros 300 mil fusiles Kalashnikov en 2004, precisamente el año en que Putin lograba la reelección presidencial. En estos ocho años, por cierto, el índice de asesinatos en la capital venezolana se disparó y pasó a ser de los más altos del mundo.

Pero el presidente ruso cultiva unas amistades mucho más peligrosas: el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, y el presidente sirio, Bachar al Asad. Con el primero acaba de reunirse en China esta semana para asegurarle que Rusia vetará el uso de la fuerza contra Irán y también la aprobación de nuevas sanciones, como amenazan las potencias occidentales, si Teherán no frena su carrera hacia la fabricación de la bomba nuclear. Esta misma estrategia es la que está aplicando el Kremlin en Damasco, solo que con resultados al día de hoy mucho más dramáticos. Putin ha dejado claro al resto de potencias del Consejo de Seguridad de la ONU que Asad no es Gadafi y que Rusia nunca permitirá que Siria sea la nueva Libia, y no lo hará porque el régimen de Damasco es su aliado, que le permite tener una base militar rusa en el Mediterráneo. En otras palabras, advierte que Asad es intocable.

Esta licencia para matar que otorga Putin a su aliado sirio choca dramáticamente con lo expresado en febrero, cuando era todavía primer ministro ruso. Ante un grupo de líderes religiosos mostró su vena pacifista declarando que condena “cualquier forma de violencia, venga de donde venga”; llegó incluso a denunciar el “culto a la violencia” que se ha instalado en el mundo y, sobre el caso sirio, declaró: “Limitemos su capacidad para usar armas, pero no interfiramos en sus asuntos bajo ninguna circunstancia”.

Pues bien, el momento pacifista se le pasó nada más llegar al poder. Ahora se parece más a aquel que ordenó aplastar a los separatistas chechenos. Esta misma semana Hillary Clinton denunció el envío de helicópteros militares rusos a Siria, los mismos que vemos bombardeando ciudades rebeldes, y culpó, por ello a Rusia de empujar a Siria a una guerra civil.

Y el mandato de seis años de Putin no ha hecho sino empezar. No sólo corren malos tiempos para los opositores rusos y sirios, sino para las relaciones entre las dos antiguas superpotencias. Así que, efectivamente, en Moscú tenemos un problema.

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