junio 13, 2012

Naranjas

Héctor Aguilar Camín (@aguilarcamin)
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

La Naranja Mecánica le dicen al equipo de Holanda desde los tiempos en que era una máquina de hacer un futbol de precisión y belleza deslumbrantes.

Traducían, no sé si sabiendo o sin saber, el título de una película famosa de Stanley Kubrick, Clockwork orange, adaptación, inspiradamente literal, de la novela del mismo nombre escrita por Anthony Burguess.

Acabo de leer en The New Yorker la exhumación de un texto de Burguess recordando la escena que le dio el nombre de su libro, tan célebre y repetido hoy, hasta en los micrófonos del futbol, que ha perdido su carácter enigmático, en cierto modo metafísico, y sobre todo su poder insólito, el que tienen al nacer todas las metáforas fundamentales, esas que se vuelven lugar común de la lengua. La aurora rosada, por ejemplo. O la aurora de dedos rosados, para ponernos homéricos.

No hay nada obvio en esa asociación de lo rosado con el amanecer. Nos parece obvio porque alguien lo dijo genialmente por primera vez y lo acabamos repitiendo todos como si fuera lógico, natural, inevitable. No hago sino repetir a Borges para traerlo al hallazgo de Burguess: clockwork orange.

Dice Burguess que oyó esta expresión en un pub de Londres. Alguien dijo: “He is as queer as a clockwork orange”. (“Es tan raro como una naranja reloj”, o lo que diga el traductor de turno).

Una traducción imposible e interminable pero quizá precisa y adecuada sería: Es tan loco como un reloj viejo metido en una naranja.

La dificultad de la traducción indica la originalidad metafórica del hallazgo de Burguess: que en un organismo vivo y natural como una naranja pueda haber un mecanismo tan artificial como un reloj de pared.

La novela de Burguess es sobre un joven que posee en extremo las condiciones de la naturaleza humana: una proclividad a la violencia, una proclividad a la belleza y una proclividad al lenguaje.

Al personaje de Burguess lo detienen por su actividad delincuencial y deciden curarlo, meterle un reloj de control en el alma, en su desviante alma humana.

Lo que expresa la imposible y maravillosa metáfora de Burguess es algo que tiene que ver con el sentido más profundo de la doma de los instintos o las pulsiones fundamentales de la naturaleza humana, esas cosas que hay que domar para convivir pero no tanto como para secar el invencible jugo natural de la naranja.

¿Qué tiene que ver esto con el momento democrático de México? No sé, algo. La democracia es también una doma de pasiones, siendo las pasiones el jugo inevitable de la democracia.

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